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Tribuna:TRIBUNA LIBRE

Un partido llamado deseo

JUAN G. DE MADARIAGASostiene el autor de este artículo que Unión de Centro Democrático no es un partido político sino el partido político sobre el que ha reposado la transición democrática, razón por la cual la grave situación que se ha producido en su seno repercute en el equilibrio de la sociedad española, necesitada, según el autor de este texto, de un centro que la estructure. Sin embargo el autor no deja de declarar que UCD se encuentra inmerso en un proceso disgregatorio del que, en su opinión, no pueden salvarlo ni Landelino Lavilla, ni Adolfo Súarez ni Leopoldo Calvo Sotelo.

Dar cuenta de la situación actual es tanto más difícil cuanto que los protagonistas del momento político son los primeros en dar muestras de confusión, y esto es así, en especial, si se aplica a quienes fueron parte del partido hoy en el poder. Se quiera o no, UCD ha demostrado ser una feria de vanidades a cuyo final cada cual ha pretendido poner a buen recaudo su peculio político con el fin, sin duda próximo, de volver a repetir la misma operación que dio origen al llamado Centro Democrático allá por el año 1976.Pero todos estos calificativos de orden moral son insuficientes para detectar los males reales que nos acucian como nación y, por tanto, enfrentarnos al futuro consistirá en definir de forma fidedigna, más allá del bien y del mal moral, en qué camino estamos y a dónde nos dirigimos. Ni Suárez, ni Lavilla, ni Calvo Sotelo, ni ninguno de los prohombres habidos o por haber en el apretado calendario hagiográfico de UCD tienen la dimensión nacional para reconducir el proceso disgregatorio en que está envuelto ese partido político. Y el asunto es importante, porque UCD no es sólo un partido político, es el partido político sobre el que ha reposado la transición democrática y sobre el que se han construido los cimientos y base del poder hoy establecido.

Los grupos que alegremente, desde la oposición o desde la mini oposición, intentan encaramar sus precarias o bien fundadas pretensiones en esta difícil empresa han de percatarse de que, desaparecida UCD, la estabilidad política del país queda seriamente amenazada. Se podrá ser de derechas o de izquierdas, pero la realidad insoslayable sería que de nuevo estaríamos ante lo que en franquismo se llamó el vacío político.

Si alguna característica pudiese recuperarse como significativa de las postrimerías de los regímenes autocráticos, sería esta del vacío por el efecto de succión que realizan las personalidades públicas y por la enajenación de responsabilidades que todo sistema dictatorial comporta, y UCD respondió durante un lustro a ese vacío, pero el vacío terminó devorándola.

La necesidad de UCD

Nunca fue preocupación fundamental de los responsables de UCD el elaborar un cuerpo de doctrina y el sentar las bases de un proceso coherente, articulado y bien construido para que la transición política se hiciese sobre cauces sólidos. Hubo, sin embargo, mucha precipitación en el liderazgo y mucho afán por el poder, en el que se confundían las estratagemas con la ideología y los objetivos con las ambiciones. Pero el hecho es que UCD ha muerto y que es necesario decir al tiempo: ¡Viva UCD!, porque sin ese espacio cubierto, sin esa zona de la vida pública española bien poblada, transitada y vertebrada, el cuerpo del país se irá deshaciendo hasta quedar como un azucarillo en un líquido inconsciente. Si algo, pues, debe servir para encauzar a UCD es esta necesidad, que se nos antoja imperiosa.

¿Cómo, pues, combinar la defección que de forma patente se nos muestra con la necesidad urgente de aunar esos núcleos políticos a los que, unido el pueblo español en repetidas ocasiones, le otorgó su confianza? A simple vista se diría que el sistema de desarrollo de UCD, como el de algunas plantas, es, por esporulación, por decantación de semillas dispersas que vuelven caprichosamente a generar nuevas entidades que, para subsistir, se necesitan mutuamente. De esta suerte, después de la diáspora vendrá la jerarquía interna y el proceso sincrético unificador. Y esta vez habrá de ser sobre nuevas bases, sobre unas bases sólidas, bien fundadas, bien orientadas y con el concurso de sus componentes libremente expresado. En fecha 13 de mayo de 1977 escribimos en el diario EL PAIS que el partido que entonces nacía con la esperanza de ser el vehículo de una transición democrática se había convertido en una ampliación de la Secretaría General del Movimiento. El tiempo ha demostrado la veracidad de aquella entonces atrevida afirmación y el tiempo también está demostrando que la necesidad dará, de nuevo, nacimiento a UCD porque los grupos que la configuran tienen en común con el pueblo español un mismo objetivo: el deseo de que exista.

El problema de los partidos bisagra

En este panorama, Alianza Popular puede ampliar su espectro y, de hecho, existen síntomas claros de que así está sucediendo. Pero, ¿qué ha de pasar con todo ese enjambre de partidos bisagra que han surgido desgajados del tronco centrista? Si estos partidos bisagra dejasen de serlo y se integrasen en cualquier formación del espectro electoral hoy vigente, habrá sido un gran engaño para el elector, que no puede estar sometido a ese cúmulo de peripecias con más o menos suspense para finalizar en un happy end. Parece que puede que dar claro que los que se van, se han ido, y que volver implicaría una gran falta de coherencia. Seguramente, también lo sería el que se integrasen en el PSOE. Si se opta por la libertad creativa, por la espontaneidad política, hay que afrontarla con todos sus riesgos.

En el horizonte quedaría, así pues, el viejo centro con una realidad más consistente de los que lo perciben tan sólo como un puro deseo.

Juan G. de Madariaga fue promotor del Movimiento Liberal del Partido Progresista.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 25 de agosto de 1982