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Las reglas del juego limpio

En una sociedad democrática las normas jurídicas, empezando por la Constitución, encierran un contenido de moralidad que es el reflejo de un depósito histórico, de experiencia, de utopía realizada que ha dejado, por consiguiente, de ser verdad prematura. Creo que ningún otro tipo histórico de sociedad encierra en tan alto grado elementos éticos.Nos movemos en el mundo de las creaciones humanas, de la vida humana objetivizada, es decir, de la cultura. Lo mismo que en una obra de arte o en una poesía su autor crea algo que trasciende a su vida histórica y que queda para la posteridad donde otros hombres, en su vida personal, se enriquecerán con esa cristalización de algo que otro hizo en el pasado, y el dinamismo de esas masivas aportaciones, revisiones, críticas de las aportaciones y nuevas aportaciones, son parte de lo que llamamos cultura, la política y el derecho, las instituciones y las normas son también parte de la cultura. Son también obra humana, con un significado y una pretensión.

De esas creaciones culturales en el campo jurídico y político será el sistema democrático el que acumule, frente a cualquier otro modelo, un más alto componente humanista y, como decimos, un tenor más completo de moralidad. No hay duda de que la libertad y la igualdad, o la libertad igualitaria, son los grandes valores de ese sistema, que pretende hacer posible el desarrollo humano, la empresa de ser hombre, a través del respeto a la libertad individual, a la promoción de condiciones y remoción de obstáculos a la igualdad, a través del imperio de la ley, de la limitación del poder y del respeto a las mayorías y también a las minorías. Pero ese sistema no es sólo una organización jurídica que regula de manera más correcta la vida social humana y su progreso. Si hemos dicho que supone la más alta cota de moralidad de las históricamente conocidas es porque la participación y el acuerdo de los ciudadanos hace que el derecho en un sistema democrático no sea heterónomo, sino que se considera como propio por los ciudadanos -o por la gran mayoría-. Es un sistema que integra al Estado y a la sociedad más que ningún otro, y el consenso será el signo de esa realidad. El soberano no crea un derecho para ser obedecido por una sociedad escindida de ese Leviathan, y cuyos ciudadanos lo cumplirán por temor a la sanción institucionalizada, sino que soberano y sociedad tienden a fundirse, y por eso el derecho es aceptado por sus destinatarios como algo propio. Naturalmente, en la realidad histórica sólo existen aproximaciones impulsadas históricamente por el liberalismo y por el socialismo, hoy en fase de síntesis. En la llamada democracia avanzada, queda todavía mucho lugar y tiempo para la utopía, es decir, para la esperanza. No es una obra cerrada ni definitiva.

En toda esa dinámica social de progreso y de conservación, de lucha por el poder, de ofertas programáticas en el seno de los procedimientos constitucionales, lo que llamo las reglas del juego limpio son esenciales. Sin ellas, la democracia se falsea, no es elemento de educación para los ciudadanos, sino todo lo contrario. Las reglas del juego limpio son escuela de ciudadanía democrática y especialmente necesarias en un país, como España, que acaba de estrenar sistema constitucional y que no tiene aún internalizado, en muchas conductas, el talante democrático.

Llamo reglas del juego limpio a una serie de pautas de comportamiento basadas en los principios de veracidad, de lealtad, de cumplimiento de los compromisos suscritos, de amistad cívica, de respeto al otro -al prójimo-, que incluye al más alejado ideológicamente de nuestras propias posiciones. Las reglas del juego limpio deben ser plataforma, talante en la vida social de todos los que participan en una sociedad democrática, especialmente de los hombres políticos y de los profesionales o de los que utilizan los medios de comunicación social. Si decimos que una sociedad democrática encierra importantes componentes éticos es en gran parte porque incluye estas reglas del juego limpio.

De acuerdo con el principio de veracidad, ninguna acción política o social puede estar basada en el falseamiento de posiciones ajenas ni en campañas de intoxicación, ni en la creación de falsas imágenes. La discusión de las posiciones del adversario debe hacerse sin caricaturas y simplificaciones, recogiendo con realidad lo que desde esas posiciones se sostiene para rebatirlo o criticarlo. Ninguna posición democrática será válida si basa su fundamentación en la distorsión y en el engaño respecto a los programas de sus oponentes. En este tema es especialmente importante el papel de los medios de comunicación, que deben informar objetivamente y valorar siempre de acuerdo con este principio de veracidad.

El principio de lealtad exige ser fieles, en primer lugar, a los principios democráticos antes que a las posiciones partidarias de cada uno. La lealtad a la Constitución y al ordenamiento jurídico democrático se debe anteponer a los intereses y a los programas particulares. Sobre todo cuando se pierde o existen expectativas de perder, en unas elecciones, por ejemplo, la lealtad a la Constitución se debe fortalecer con la idea de que en el futuro los. ciudadanos pueden devolvernos la confianza, y que no existe mejor cauce para ello que el respeto y la lealtad y a los principios del sistema y a los procedimientos que establece para alcanzar el poder.

La fidelidad al cumplimiento de los compromisos suscritos supone anteponer la palabra dada a cualquier otro criterio o interés, aunque este criterio pueda favorecer nuestros intereses inmediatos. El maquiavelismo, el cálculo, las maniobras, desprestigian y anulan los pequeños beneficios que un éxito inmediato pudiera producir. La imagen del pacta sunt servada, del principio de que los acuerdos deben ser cumplidos, es esencial para la credibilidad del sistema y para la confianza de los ciudadanos.

Por el principio de la amistad cívica, el adversario no es un enemigo a exterminar, sino sólo un contrincante al que batir utilizando sólo las reglas del juego limpio y respetando en él a su persona y a su ideología, aceptando que pueda aportar enriquecimiento y mejora de la democracia y de la sociedad.

Finalmente, por el respeto al otro -como tal otro y como prójimo-, se incluye en las reglas del juego limpio un criterio de todas las grandes concepciones morales que existen en el mundo, desde la estoica y la evangélica a la moral kantiana, que supone el reconocimiento de la persona como un fin en sí mismo de eminente dignidad, que no puede ser desconsiderada, ni cosificada. Así se excluye la calumnia, el ataque personal, porque, como decía Gandhi, es misterioso que un ser humano pueda basar la afirmación de su personalidad en la humillación de los demás. Así se excluye la discriminación y la explotación, y se afirma el reconocimiento de todos como seres dignos y sujetos de derecho.

Si queremos profundizar la democracia con la humanización de sus instituciones, para que sea morada social de la realización plena de cada hombre, si queremos que España se fundamente en una continuidad libre de un sistema político, tenemos que esforzarnos en actuar siempre de acuerdo con las reglas del juego limpio.

* Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles, 03 de marzo de 1982.

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