Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Reportaje:

"Radio Kabul Libre" emite gracias a la donación de un grupo de intelectuales europeos

Este es el diario de viaje escrito por el filósofo francés Bernard-Henri Lévy a su regreso de Afganistan adonde viajó recientemente para entregar tres transmisores de radio a la resistencia afgana. La idea de crear una llamada Radio Kabul Libre para apoyar la lucha de la resistencia contra los ocupantes soviéticos fue lanzada a finales de junio por un grupo de intelectuales. entre los que se encuentran además del autor de estas notas, Edgar Morin, Alfred Kastler y VIadimir Bukovsky. Henri Lévy, el más destacado representante del grupo de los filósofos franceses es autor de La barbarie de rostro humano y de El testamento de Dios, así como de numerosos artículos polémicos. Sus posturas han sido calificadas de anarquizantes, neoplatónicas o nihilistas, aunque él afirma que se limita a invitar a los jóvenes "a pensar con sus propias cabezas".

Día 1º

-En Francia nos preguntamos a menudo a qué esperan los afganos para unificar su resistencia.

-Pues diga a los franceses que pueden esperar: los afganos no se unirán.

-¿Tal vez porque aún es demasiado pronto?

- No se trata de eso. Simplemente no tendría sentido.

-Sin embargo, sus clanes, sus tribus, sus innumerables divisiones...

-Son nuestra fuerza, nuestra alma. Lo único en este mundo por lo que estaríamos dispuestos a sacrificar nuestras vidas.

-¿Antes que por la nación afgana?

-No existe una nación afgana. Exceptuando Babrak Karmal, aquí nadie está dispuesto a morir para defender la nación afgana.

El hombre que así se expresa no tiene nada en común, advertimos, con el vago jefe de banda, obtuso y fanático. Con su rostro lampiño, su aspecto demacrado, su pelo oscuro e inhabitualmente largo, cabría pensar más bien en un sosias afgano de Antonin Artaud. Actualmente, transcurridos veinte meses desde la invasión, forma parte de estos jóvenes comandantes de valles que, cuando no están en sus puestos, luchando entre los suyos, merodean por Peshawar. con rabia en el alma y vacíos los bolsillos, en busca de las armas que sus hombres necesitan.

¿Su nombre? Poco importa cómo se llame. Pero, para hacer una concesión al relato, le llamaremos Amín. Tan sólo diremos que se trata de una de las poquísimas personas que saben que, apenas hace unas horas, aterrizábamos en Karachi Marck Halter, Renzo Rossellini y, el autor de estas líricas, con tres emisores de radio en nuestros equipajes. Y si está ahora aquí, con nosotros, en la sede de un partido que él desprecia profundamente, soportando la insolencia con la que el mujaidin de pardia le cachea, tratando difícilmente de abrirse -de abrirnos- paso entre la masa de guerreros andrajosos que se aglutinan en torno a las verjas, es porque nosotros, con nuestro empaque de intelectuales franceses, le dijimos al descender del avión: "Hemos prometido a los ciudadanos franceses que, con sus donativos, han contribuido a la compra de estos aparatos, entregarlos en mano a una organización-representativa-de-la-totalidad-de-la-resistencia-afgana...".

Día 2º

Pero hoy, al igual que ayer, y a pesar de nuestras pesquisas, esta "organización representativa" continúa ni dar señales de vida.

No es, por todos los indicios, el Movimiento Islámico Revolucionario de Mohamed Nabi Mohamedi, en plena efervescencia a nuestra llegada, y, cuya gran preocupación parece ser en estos momentos desenmascarar a los "agentes del Ezbi Islami" que hayan podido infiltrarse, ayer por la noche, en el grupo de combatientes procedentes de la provincia de Kunduz.

Tampoco cabe pensar en el Ezbi Islamí, organización manifiestamente fanática, uno de cuyos jóvenes "dirigentes revolucionarios", bruscamente irritado por una de nuestras preguntas y remedando inconscientemente la imagen del ayatollah que aparece por encima de su cabeza, nos espetó en tono amenazante: Israel no es una nación. Rechazamos cualquier tipo de ayuda suya. Estos hombres son agentes sionistas".

Podría sospecharse, en todo caso, del liberal y democrático Frente de Liberación Nacional de S. Mudjadedi, a quien teníamos intención de dirigirnos, de no haber descubierto, mientras nos mostraba un mapa del país, que para nuestro anfitrión, ignorando altivamente toda la mitad Norte, las fronteras de Afganistán limitaban con las de las tribus pashtunas.

Por lo que respecta al Frente Nacional de] desenfadado Saved Ahmed Gallani, a quien, acompañados como de costumbre por Amin, visitamos en último lugar, cuando el señor de la casa, auténtico "descendiente del profeta", entonaba en el césped del jardín la última plegarla de la jornada, el hecho más destacable es que en él fuimos testigos de una escena singular. Para asombro de todos, el santo varón, volviéndose de repente hacie el comandante, y tras confiarle sin ambages que en éI deIegaría los cien kalashnikov, que estaba a punto de recibir de un emirato lejano, manifestó en un tono más bajo: "Yo sé que tú no eres de los nuestros, pero también sé que eres un buen musulmán. Sólo te pido a cambio una promesa ante el Corán: que recorras una por una todas las montañas anunciando a tus guerreros que luchen en nombre de Sayed Ahmed Gallini, descendiente del profeta".

Este cuadro no carece, por supuesto, de garra, y seguramente dice mucho de las relaciones entre estos partidos en exilio y los heroicos miembros de la resistencia del interior. Pero lo cierto del asunto es que, al menos por ahora, tampoco aporta nada en favor de la unidad, formal y coherente, ideológica, que ingenuamente esperábamos.

Día 3º

"¡Atención!. A tu frente se, halla Mazar-I-Sharif. A tu derecha tienes a Sheberghan y, si te fijas bien, a cincuenta kilómetros a tu espalda, la frontera rusa. Procura elevar tu voz todo lo posible; piensa con qué profundidad de foco cuentas y evita, hasta donde puedas, las lincas verticales. Te esperamos en los 95 kilohercios; a partir de aquí calcula la longitud de tu antena. Te recuerdo que cuentas con quince minutos para emitir".

No; no se trata de la primera emisión de Radio Kabul Libre. Por la noche no tuvimos tiempo de transportar nuestro equipo hasta Mazar-I-Sharif, en la frontera soviética. La escena tiene lugar en zona tribal simplemente, en una tierra de nadie, entre Pakistán y Afganistán, donde está cerrado el paso a los extranjeros, pero también a los policías. Es precisamente aquí, en este marco de rocalla y de crestas peladas, donde Renzo Rossellini, sintiéndose más cinecitá que nunca, ha decidido efectuar, en toda su dimensión, el primer simulacro de una emisión ...

Y es también aquí, a resultas de esto, donde nos enteramos, Marck y yo, junto con estos famosos, míticos, técnicos afganos que, desde hace dos días, estábamos protegidos. Akber, el jefe, es ingeniero electrónico formado en Estados Unidos; Attak, su ayudante, un simple electricista, no deja de repetir sentenciosamente que "un aparato como éste cuesta mil kalashnikov". Sadek, ex portavoz de la radio oficial de Kabul, nos pre guntó cortésmente, al borde de un barranco, si éramos amigos de monsieur Léon Zitrone. Y Tamin, Alí, Aziz, Kader, Abdullah, para quienes, a pesar de no haber visto nunca en su vida un emisor, hoy, tras ocho días de entrenamiento intensivo que han precedido a nuestra llegada, la inodulación de frecuencia no encierra el nienor secreto.

Ni unos ni otros poseemos, pienso, el fetichisino de la técnica. Pero es ahora, en este árido roquedal, rodeados de estos ocho hombres, quienes, de paso, nos han manifestado que todos - ¡oh maravilla!- pertenecían a diferentes tribus, etnias y partidos. cuando hemos comprendido: primo, que el aire de Peshawar no nos sentaba nada bien; secondo, que la unidad de la resistencia, si se lleva a cabo algún día, sólo se hará sobre la marcha; tertio, que el único modo de devolver a los afganos lo que les pertenece probablemente sea, después de todo, acudiendo a Afganístán.

Día 4º

En Dara, esta ciudad única en el mundo, donde los artesanos venden, fabrican y remedan todas las armas del planeta posibles e imaginables, se puede encontrar de todo.

Por ejemplo, a un venerable hombre de negocios que viene a plé desde Kabul para vender el fusil ametrallador que dice haberle prestado un militar ruso de permiso. O un mujaidin más joven, con un soberbio turbante multicolor, que ha bajado de la montaña para venir a guarnecer una vez más los huecos vacíos de la cartuchera que le cruza el pecho.

Y así, en medio de todo esto, en el marco de un estrépito digno del lejano Oeste y de un ambiente de mercadillo, tres intelectuales algo desfasados discuten con fervor la cuestión de si es o no ético financiar la compra de las armas que, inanana al amanecer, proveerán a Alí, Aziz y Abdullah, los tres tecnicos que se han ofrecido a conducirnos. Pasa a la página 8

"Radio Kabul Libre"

Viene de la página 7Día 5º

Esta mañana vino Amín para presentarnos a Abdul, un tirador de primera, y nos dijo en un tono nada teatral que le confiaba nuestra protección. Hechas las presentaciones, Abdul, literalmente fascinado por las gafas graduadas de uno de nosotros, y que no tardó en colocarse, exclamó, con la mirada transfigurada: "¡Oh Alá misericordioso! ¡Veo!",

Por fin, la travesía de Bajawar, la última agencia tribal anterior a la ley de la jungla. De ella nos habían dicho que estaba infestada por el Ezbi local pero nosotros, al realizar unas compras en el bazar, sólo encontramos caras amistosas.

¿Se trata de un gran viaje o de una gran ilusión? Lo que sí es cierto es que una travesía por Afganistán tiene también su lado cómico. Y que, al menos en lo que a mí concierne, es ahora, una vez llegada la noche, ahíto de polao y de carne de cordero, instalado en la "casa de huéspedes" de1a granja de piedra donde nos han acogido, cuando empiezo a percatarme de que tan sólo dentro de unas horas franquearemos clandestinamente la frontera, de un país en guerra con, para utilizar la expresión de Attak, nuestros "3.000 kalashnikov".

Día 6º

Las cosas se complican. Durante cuatro horas hemos trepado por abruptos caminos de cabras hasta alcanzar, extenuados, la cima fronteriza. Echamos entonces a rodar por la otra vertiente, a través de pistas un poco más anchas y sembradas de coníferas, cada vez más numerosas conforme nos vamos acercando al valle que abajo se divisa. Atravesamos el Khunar en una balsa de madera colocada sobre pellejos de pieles de cabra y jalada por un cabo tendido entre las dos orillas. Por fin hemos llegado a la "gran carretera" de Jelalabad, una pista sembrada de piedras que nos ha conducido hasta aquí, hasta las inmediaciones de este vallecito del Pech donde, de repente, la vegetación reverdece. Mas, no obstante, repito, las cosas se complican, y es que hay que admitir que este país, por el que llevamos deambulando ya unas cuantas horas, se parece a todo menos a Afganistán...

Lo que hemos descubierto es, en realidad, una tierra tranquila, apaciguada, pacífica. Amplios paisajes desolados, abatidos por el silencio, donde los mismos hombres parecen hallarse mineralizados. No tantos cráteres de bombas, por ejemplo, o restos de roquetas, como campos abandonados o vastas viviendas desiertas cuyas puertas castañetean por el viento. En lugar de esa incesante, tumultuosa y casi febril naveta de hombres que, el invierno pasado, descubrían los periodistas aquí enviados, un flujo extraño, exangüe, de guerrilleros presurosos o de contrabandistas que saludan, sin rezagarse, con un lacónico "Salam Alekum" mascullado entre dientes. Hasta el punto de que, de no haber sido por las descripciones que nuestros compañeros nos díeron de pueblos perdios en las alturas y controlados -¡aún!- por el Ezbi, hubiéramos podido pensar que nos hallábamos en un país irreal, fantástico.

El hecho de que, a lo largo de toda la jornada, no hayamos encontrado ni una granja amiga ni un santuario donde recobrar el aliento sólo constituye una muestra de las otras muchas señales que podríamos reseñar. Como, por ejemplo, esta otra, aterradora: el anciano Arbab, con el que nos cruzamos al subir al transbordador, duelo de las aguas de una aldea vecina, nos describe cómo llegaron los comunistas" una noche, cómo envenenaron el modesto canal en torno al cual giraba la vida y cómo así, en unos pocos días, arrojaron de la aldea a todos sus habitantes. O esta otra: Chigal, la ciudad muerta, con su mezquita intacta, sus extensas calles de tierra invadidas por la mala hierba y sus casas de adobe como reliquias encalladas en la polvareda. Pero me olvidaba de la principal: salvo las huellas dejadas en la carretera por viejos automóvil es -oruga hace ya muchas semanas, y a medio camino del río, las ruinas de un fortín destruido hace ya tiempo, debemos confesar que no hemos encontrado ni rastro de un soldado enemigo.

¿Vamos a tener que creer a Alí cuando entonces nos asegura, a modo de explicación, que los rusos son unos cobardes que no salen de sus cuarteles por miedo a ser sorprendidos por una patrulla de mujaidines; o a Aziz, cuando, por suparte, objeta que sí que han salido, pero el mes pasado, cuando se trataba de recuperar los fuertes de Asmar, Nari y Barikot, y que si ya no se, les ve es porque, desgraciadamente, ya no hay nada que recuperar ni devastar; o de nuevo a Amín, cuando nos demuestra brillantemente que Afganistán no es Vietnam, que el Ejército rojo no es un- ejército de GI's, sino que ha aprendido a controlar el país sin tener necesidad de saquearlo a la vista y conocimiento de todos?. Lo que, en todo caso, hemos visto nosotros es la señal de una estrategia nueva, sutil y auténticamente diabólica: gobernar sin dirigir; permanecer sin mostrarse; hacer pasar hambre, vaciar, empobrecer un país, ahorrándose el gran espectáculo militar.

Sea lo que fuere, cual el tiempo tal el tiento, debemos admitir que, hasta la fecha, la estrategia encuestión no nos ha resultado nociva para nuestros proyectos. Es, en efecto, en medio de una gran quietud como hemos podido entregar los aparatos, en la cresta de la montaña, a Ishak y a Safi, los dos jas que han salido a nuestro en cuentro. Sin excesiva aprensión, hemos presenciado cómo nos abandonaba la mitad de la escolta para, junto con los técnicos, con ducir los aparatos a otro lugar. A un paso casi ligero, en fin, hemos llegado hasta éste refugio, pues es tamos citados para recibir dentro de poco la primera verdadera emisión...

Todavía no son las doce de la noche. Echados sobre los charpoi de cuerdas y cinchas entrelazadas, apenas nos hemos adormecido. Un niño acaba de entrar. Sin moverse del umbral, nos dice: "Arriba. Ya es la hora. Afuera os esperan".

Efectivamente, afuera nos esperaban. Y no precisamente los dos centinelas que habíamos dejado: decenas, tal vez una centenía de formas, agachadas en medio de la noche; como un ejército de sombras de carne envueltas en mantones del color de la tierra, cuyos pliegues dejaban a veces adivinar el cañón de un fusil. Entre ellos había algunos niños y también algunas mujeres y, un poco más lejos, el círculo de los días grandes, el de las "barbas grises", los venerables de la tribu: "Mís hermanos", dijo simplemente Amín, señalándonoslos con ademán benévolo. "Han venido para escuchar la emisión; subirán con nosotros".

Nosotros subimos con ellos, detrás de ellos. Jadeando tras ellos, a lo largo del camino mal iluminado por la luna. Desprendiendo a cada paso las piedras que ellos, de forma milagrosa, consiguen evitar. Tratando de fundirnos, de abrazar la columna negra que se prolonga a lo largo de toda la pendiente. Hasta que, por fin, ya en la cúspide, el círculo vuelve a constituirse en torno a un viejo transistor, de donde brota en seguida la voz mágica procedente del otro valle: "Aquí Radio Kabui Libre. Primera emisión de los afganos libres. Los afganos hablan a sus hermanos de Afganistán ......

Y entonces, de improviso, la imprudencia. La locura, el irreparable error. Sin que antes nadie pudiera detenerlos, uno, dos, tres, después diez mujaidines izan su arma al cielo y lanzan salvas de alegría. El grupo se estremece, se agita, se pone en movimiento y, finalmente, recorre cuesta abajo, sin una palabra, sin un clamor, la pendiente de marras. La noche, se dice a menudo, pertenece a los mujaídines; pero esta noche, por desgracia, los mujaidines estaban a ochocientos metros de un fórtín.

Lo sucedido a continuación no necesita palabras. El regreso, en plena noche, tras los pasos de la víspera. Recorrer de noche el mismo trayecto que hicimos de día. Tratar de encontrar la barcaza extraviada; dar, por fin, para nuestra alegría, con ella y oír el suave zumbido de un helicóptero de reconocimiento. Es ya la última marcha cruel.

Día 7º

-De modo que usted es un desertor.

-No; no es cierto. Los cuarteles están cerrados y los soldados desarmados. Y cuando van al combate es con ametralladoras soviéticas a sus espaldas.

-Pero usted está aquí...

-Sí; pero por otra razón. He pagado y me han dejado huir.

-¿Cómo es esto? ¿Quién ha pagado?

-Mi familia, por supuesto; al oficial afgano de mi guarnición.

-¿Ocurre esto a menudo?

-Yo creo que sí. Nos alistan a la fuerza; nos ponen un uniforme; nos llevan en avión a la otra:punta del país; a continuación, hablan con nuestra familia y fijan el rescate.

Día 8º

Jornada tranquila. Sin problemas. Rossellini ha ido a Dara a ver si allí nos pueden fabricar, entre dos cerbatanas, un sistema de seguridad que pueda encender a distancia los emisores. Marek Halter se ha quedado en Peshawar para traducir las cintas que Boukovsky, Maximov y otros han grabado para dirigirse a los soldados soviéticos. Y todos hemos dado las últimas pinceladas al proyecto de Carta que mañana vamos a proponer al nuevo comité afgano de Radio Afganistán Libre...

Día 9º

Todavía hay algunos, como Akbar, que se preocupan por estos ridículos programas rusos que, disidentes o no, difundirán en el país las órdenes de los churawi.

Algunos, pendientes, con toda justicia, de velar por los paquistaníes, han propuesto, junto con Attak, instalar en zona tribal el estudio de grabación que nosotros dejaremos atrás.

Amín ha dado una charla presentando las principales líneas técnicas, políticas y militares de los programas que, según dijo, hay que poner ya en práctica.

Safl también ha intervenido, para agradecer al Gobierno francés la ayuda que, a través de nosotros, han prestado al pueblo afgano. Pero nosotros, un poco contrariados, hemos precisado que "el Gobierno francés", desgraciadamente, no ha hecho gran cosa.

Nos hemos comprometido, para terminar, a continuar el combate, a ampliar la campaña de solidaridad, a hacer todo lo que esté en nuestras manos para que el año que viene, en Kabul, decenas de nuevos emisores reúnan de nuevo las voces de la libertad.

¿Sabremos mantener, cuando regresemos, la promesa hecha a los afganos, del mismo modo que, en Peshawar, hemos honrado la promesa hecha a los franceses?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 22 de septiembre de 1981

Más información

  • El filósofo Bernard-Henri Lévy relata su viaje a los enclaves de la guerrilla afgana
  • "Radio Kabul Libre"