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Ronald Reagan nombra secretario de Estado al general Alexander Haig

El presidente electo norteamericario, el republicano Ronald Reagan, nombró ayer secretario de Estado al general Alexander Haig, 56 años, quien debe su fulgurante carrera política y diplomática a Henry Kissinger y Richard Nixon. El empresario Raymond Donovan, 50 años, ocupará la cartera de Trabajo.

El presidente electo justificó ayer el nombramiento de Haig en base a su buena fama en Europa occidental. En una entrevista con periodistas en Los Angeles, Ronald Reagan aseguró que «los dirigentes tenían un gran respeto» a Alexander Haig a causa de «su conocimiento de los asuntos del mundo y de su integridad moral».A pesar de los esfuerzos de algunos senadores de la oposición demócrata por revivir el espectro del escándalo Watergate y los «horrores» del régimen de Nixon, el nombramiento de este general al frente de la política exterior de Washington pasará sin grandes problemas la prueba del Senado, según estiman todos los observadores.

Entre otras cosas, Reagan tiene asegurado el nombramiento de Haig, ex comandante en jefe de las fuerzas aliadas de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), por el mero hecho de que los republicanos consiguieron hacerse con la mayoría de los escaños senatoriales en las elecciones de noviembre. Aunque existe la posibilidad de que algún senador rompa filas, ello quedaría compensado con los demócratas que ya han dado su visto bueno.

Un grupo de senadores liberales ha enumerado ya los «puntos negros» que pesan sobre la biografía de este general supertrabajador venido a diplomático; según ellos, Haig contribuyó, junto con Kissinger, a burlar al Congreso, desarrollando operaciones militares secretas e ilegales en Laos en 1969 y 1970: asimismo jugó un papel activo en la sumamente controvertida decisión del presidente Nixon de enviar tropas norteamericanas a Camboya (a finales de abril de 1970) sin consultar a los líderes parlamentarios; preconizó, junto con Kissinger, la utilización ilegal de escuchas telefónicas contra los opositores a la guerra de Vietnam; incitó al presidente Nixon (en octubre, de 1973) a cesar arbitrariamente al fiscal especial del escándalo Watergate, Archibald Cox, ante sus intentos por acceder a todas las cintas magnetofónicas grabadas en la Casa Blanca; y, por último, negoció el perdón general de Nixon tras su dimisión, lo que acarreó durísimas críticas a su sucesor Gerald Ford.

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* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 17 de diciembre de 1980

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