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Cartas al director

Tiroteo en la facultad

Nuevamente se suspenden las balas mortíferas en el aire para sorprender los cuerpos inocentes de quien lo respira.Los odios dispersan su omnipotente fuerza y aniquilan las mentes de quienes deberían ser verdaderos «patriarcas» de la comprensión -las posibilidades, las que hemos tenido y tenemos, nos exigen eso: comprensión y esfuerzo.

Esta vez -por esta vez, quiero decir- mis ojos se han librado de la batalla fratricida, pero mi corazón la sufre a base de desesperanzas y tumultuosas preocupaciones. Quienes más deberíamos dialogar, no dialogamos; quienes más deberíamos entender, no entendemos; quienes, por fin, deberíamos convivir, no convivimos; quienes, al fin, deberíamos juzgar, no juzgamos. Y, por contra, no dialogamos, pero las balas siguen su trayectoria esquizoide; no entendemos, pero el dedo aprieta definitivamente el gatillo; no convivimos, pero el puño se colma de potencia en la pegada; no juzgamos, pero ejecutamos.

Se suspenden, ya digo, las balas mortíferas en el aire para sorprender los cuerpos inocentes de quienes lo respiran, y todo lo ganado se pierde, y todo lo establecidose destruye, y las pretensiones se vuelven en maquinaciones estúpidas, y los anhelos en ideas asfixiadas por los pisotones, y lo que debería ser nuestra realidad -instituida e inapelable- en un pistoletazo atroz contra el cuerpo del compañero. /

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