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Reportaje:

Visconti: La búsqueda imposible del tiempo perdido

Para preparar su última película, que no llegó a hacer porque la muerte pudo más que su voluntad, el cineasta italiano Luchino Visconti eligió un hotel de Cabourg, un castillo en Normandía, una esquina en París, una sombra de árboles, una ventana. Reconstruyó como un rompecabezas de imágenes un mundo que sirviera para reproducir el refinado, perdurable, aunque aniquilado, universo exquisito de Marcel Proust. Antes de realizar un primer argumento aceptable, Visconti recorrió Francia buscando los escenarios perfectos. El también buscaba su propio tiempo perdido para aclimatar su obra a la de Marcel Proust y hacer una película que al fin fue su sueño y su pesadilla.

La revista Panorama, de Italia, ha publicado esta semana, en exclusiva, el material reunido por Luchino Visconti durante diez años para su versión de En busca del tiempo perdido. La adaptación cinematográfica encerraba enormes dificultades para Visconti, quien alternaba períodos de gran excitación al imaginar el tempo que merecía la obra de Proust con momentos de gran depresión al observar la lentitud con que se desarrollaba el trabajo.Como recoge Julia Maciel, de la agencia International Press Service las dificultades que halló Visconti fueron, en primer lugar, de orden económico, y luego, de carácter artístico. Ambas parecían insuperables. Pero, diez años antes de morir Visconti, una admiradora suya, la señora Nicole Stephane Rothschild, ex actriz, le ofreció los derechos adquiridos para la versión cinematográfica de la obra de Proust y le ofreció asimismo su colaboración en la producción del filme.

A partir de entonces, Visconti se centró en resolver otros problemas del proyecto. La adaptación, que fue una obra gigantesca, titánica, se concluyó tres veces de manera insatisfactoria, hasta que Suso Cecchi d'Amico. la colaboradora preferida del director italiano. presentó una versión que colmó los exigentes deseos de Visconti.

Con esa adaptación en la mano. Visconti comenzó a recorrer Francia de un extremo a otro para lograr todas las facetas del mundo narrado y vivido por Marcel Proust. Piero Tosi preparó los bocetos de vestuarios: brevísimas cinturas, largos cuellos. moños, tules, flores, satenes. sedas, Visconti vistió a personajes que aún eran sólo fantasías, que se movían como espectros en lugares brumosos. como castillos y salones que podían llegar a recordar aquella nebulosa adaptación de Muerte en Venecia, de Thomas Mann.

Hasta Greta Garbo llegó el proyecto. Visconti eligió con un buen tono exigente a los actores que debían interpretar la obra: Silvana Mangano sería la duquesa de Germantes; Helmut Berger sería Morel, y la divina Greta aceptaría ser la reina de Nápoles, dirigida excepcionalmente por un hombre genial que perseguía un sueño imposible.

Pero se le fue a Visconti de las manos tan acariciado y complejo proyecto. Muy enfermo ya, no se hallaba en condiciones de llevarlo adelante con energía. Sin embargo, seguía elaborando con sus amigos todos los contornos del proyecto de «su última película», como se aludía a ella, porque resultaba superfluo y de mal gusto hablar del filme directamente. En estas circunstancias, Nicole Stephane suspendió el proyecto, o al menos lo retiró de manos de Visconti y lo confió al director británico Joseph Losey, quien. ocupado con la versión cinematográfica de la ópera Don Juan, de Mozart, aún no ha iniciado los preparativos para el rodaje de la adaptación fílmica de la gran novela proustiana.

Antes de morir, en 1976, Visconti seguía sin resignarse a abandonar un rodaje imposible, y en los delirios causados por su enfermedad veía los fantasmas vivos e irreales de «su última película».

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 13 de enero de 1980