XXXII FESTIVAL DE CINE DE CANNES

"Quadrophenia", la película del escándao

ENVIADO ESPECIAL., El Festival de Cannes suele conseguir todos los años una película que sobresale sobre todas las demás, de la que se hablará con constancia y profusión. Son películas que trascienden su condición de efímeras y suelen imprimir en el espectador -naturalmente, no en todos los espectadores- un recuerdo más duradero que la mayoría de los filmes vistos.

Más información

Un año fue Ultimo tango en París (por cierto que Bernardo Bertolucci es uno de los escasos directores que está en el festival para ver películas y no para que le vean a él, o cuando menos no sólo para que le vean). Otra temporada se llevó el gato al agua Osima, con su Imperio de los sentidos (multitud de proyecciones, largas colas para contemplarla, dificultades administrativas de todo tipo en la mayoría de los países en los que se proyectaba). Pasolini consiguió incluir su nombre en la selectísima lista de creadores escandalosos con su Saló. Su muerte fue el punto sobre una «i» pletórica de vida y pasión. En esta edición, esta película feroz, fascinante y sórdida es, sin duda, Quadrophenia, dirigida por Franc Roddam y escrita por Martin StelIman, Dave Humphrey y el propio Roddam, del que poco o nada sabemos.Quadrophenia, basado en el elepé de los Who de igual título, es un gran documento para aproximarse, sin didactismos o moralinas de ningún tipo, a ese fenómeno social que fueron los pandilleros de los años sesenta, concretamente la juventud del arrabal londinense cuya máxima obsesión era ir a Brighton un fin de semana para armar la gran bronca del año con sus eternos rivales: moods y rockers. Lambrettas contra Harley Davidson (no desprecien excesivamente las Lambrettas, son más manejables de lo que parecen). Corbatas finas y zamarras verde olivo contra chaquetas de cuero y jeans sucios. Los pacíficos habitantes de Brighton y los no tan pacíficos de Londres recordarán perfectamente los primeros años sesenta. El resto de los mortales recordamos -todavía están presentes en la actualidad sus herederos- a los pandilleros. Las diferencias estéticas y conceptuales no se limitaban a problemas de motos o vestuario. En música eran mayores, si cabe. Los moods amaban a los Rolling Stones (los Who, puesto que la película es autobiográfica, eran, naturalmente, moods), mientras que los rockers cantaban con Gene Vicent o Little Richard. Pues bien, Quadrophenia explica esto y otras muchas cosas sin las cuales resulta difícil comprender ese estilo de comportamiento, esa nueva moral que arranca de Jagger y Richard y alcanza su cenit en un individuo como Sid Vicious, evidentemente subestimado por los mass-media.

Jóvenes de diecisiete años, de quince, botones, empleadas en supermercados, gente común que se reúnen en tugurios discretos, que no llevan el pelo largo, que atracan farmacias para robar anfetaminas, beben cerveza y discuten con los padres en las escasas ocasiones en las que coinciden en la pequeña y agobiante casa familiar. Sus lambrettas están llenas de espejos y cintas, asisten a parties en los que la fisiología sexual es sólo una pequeña parte del tinglado. Viven intensamente cada momento del día. Mañana siempre está demasiado lejos. Franc Roddam y sus guionistas han conseguido contar todo esto y contarlo espléndidamente. Las escenas violentas, las grandes broncas en las que los bobbies comenzaban como espectadores distinguidos y acababan en los dispensarios de turno, y uno de los suicidios más fascinantes de cuantos se han narrado cinematográficamente, es mérito exclusivo del equipo de cineastas que realizaron el filme. Detrás de todo ello están, naturalmente, los Who, productores de la- película, ex moods, pero el cine es también imágenes, y éstas las concibe el realizador.

André Delvaux, ya en terrenos más profesionales de la creación, es ,el director de La mujer entre el perro y el lobo, una historia de amor y soledad en un triángulo en el que los hombres ocupan posiciones ideológicas aparentemente antagónicas (el marido, nazi convicto, se marcha voluntario para combatir por sus ideas desde la natal Bélgica. El amante, miembro brillante de la resistencia belga. Ella, Marie Christine Barrault, en una estupenda interpretación, optará, una vez finalizada la guerra, por marcharse con su hijo y dejar plantados a sus dos amores: el heroico y el perverso). Probablemente, la mayor virtud del filme, la que puede provocar cierta polémica, es su decidida opción por no especificar cuál de los dos es el héroe y cuál el perverso. Han sido demasiados años de desencantos, de simplismos excesivos para llegar a comprender que por encima de las ideas, de los ideales y de las ideologías están los individuos. Algo que el personaje interpretado por la Barrault asume con lucidez. Delvaux no dignifica al nazismo, pero tampoco alaba la lucha heroica. Lo que pretende demostrar -y personalmente creo que lo consigue- es que los sentimientos personales deben superar las fanfarrias colectivas. Si en algo coincide Delvaux con el nuevo romanticismo es, precisamente, en esa reivindicación de lo individual.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0015, 15 de mayo de 1979.