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Los gitanos quieren integrarse

Ante la humareda delgada de las sartenes al aire libre, donde se fríen huevos y pescados pequeños entre basuras, escombros y chatarras, dieciocho niños gitanos esperan la hora de la comida. Es sábado, en este rectángulo pequeño de chabolas que plantaron hace ya diez años cuatro familias gitanas instaladas en Madrid. Un rosario de chabolas interrumpido por bloques nuevos, desastrosos y altísimos. Los hijos de la abuela Inés y los veinticuatro nietos, de los que dieciocho están en plena edad escolar -los otros seis son demasiado chicos-, ven llegar los carros con chatarra con una puntualidad instintiva al Regato de la Villa sin luz, agua corriente, servicios ni escuelas.«En toda esta pequeña comunidad sólo está alfabetizándose un adulto, uno de los cabezas de familia, y eso para sacarse el carnet de conducir, porque ya intuyen ellos que el Ayuntamiento puede prohibir en cualquier momento los carros tirados por burros en plena gran ciudad. Manuel Martín Ramírez lleva seis meses en la comisión de educación de la Coordinadora de Asociaciones Gitanas del Estado Español, intenta explicar esas razones largas y complejas que están detrás del casi total absentismo de los niños gitanos a la escuela de la Alamedilla, unos metros más abajo. «Abajo hay efectivamente un aula-puente prefabricada que se ha abierto en régimen de convenio entre el Ministerio de Educación y Ciencia y el Secretariado General del Apostolado Gitano, que en el fondo es un sistema educativo anticonstitucional, porque no permite a los padres elegir las escuelas de sus hijos, pero es que además estos chiquillos no quieren ir porque son escuelas discriminadas, sólo para gitanos y marroquíes, y la única solución, para los problemas gitanos está en la integración. »

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La escuela nacional de la calle Betanzos, en Peñachica, no tiene plazas desde hace tiempo, se pasa un curso y otro y los chavales de dieciséis se meten en el asunto de la chatarra como los padres, sin saber siquiera poner su nombre. Los grupos de chabolas dispersos en esta zona de Madrid, que llegan hasta Peñagrande, entre la clínica de López Ibor, la urbanización Saconia y la carretera de la playa, son , sin embargo, «el purgatorio de los gitanos» para Manuel y Teresa, «no queda lejos La Veguilla para coger agua, hay tiendas cerca, centros hospitalarios donde se les atiende, el infierno está en las chabolas que hay detrás del cementerio de Carabanchel, por ejemplo, en la carretera de Leganés y en tantos sitios».

Tampoco los padres pueden preocuparse de que los niños vayan temprano a una escuela, sigan una disciplina, «no lo sienten como una necesidad en líneas generales».

Llega la chatarra entre una música gitana-pop constante que sale del transistor, de vez en cuando una voz anuncia pisos todo confort, mientras una gitana peina las trenzas a la niña y pululan los gatos y dos perros tímidos alrededor de la fogata.

La Coordinadora está construyendo ahora un centro cultural para estas familias, que tendrá unos cien metros cuadrados a disposición de todos ellos y no es una escuela, «porque una escuela aquí sería como un ghetto». Se quejan todos de algunos educadores sin vocación, «porque la enseñanza especial ya se sabe, acaban yendo a parar a ella los maestros menos promocionados».

Aproximadamente, el 55% o 60% de la población gitana madrileña tiene menos de quince años. De ellos, cerca de 18.000 niños están en edad escolar y solamente el 25 % está escolarizado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 23 de marzo de 1979