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Reportaje:

El patrimonio histórico de Castilla, abandonado y a merced del pillaje

«Ah, pero ¿aún nos queda algo?» La declaración de Valladolid como conjunto histórico-artístico, en 1978, fue recibida en la ciudad con una mezcla de excepticismo y rabia comprensible, porque del famoso conjunto quedaba poco que conservar. Como Valladolid, el resto de las ciudades, villas y pueblos castellanos han visto pasar por sus riquezas históricas la labor del abandono, la especulación y hasta el pillaje. Hoy, cuando se empieza a pedir protección para ellas, el patrimonio histórico-artístico de Castilla es casi una ruina, una muestra más, sobre la que los ayuntamientos tendrán algo que decir, de la desolación de la meseta. Con los datos recogidos por nuestros corresponsales en la región, ha elaborado este informe.

La región castellano-leonesa, más algunas zonas de Castilla la Nueva es posiblemente la que más reliquias del pasado guarda en sus tierras. El temprano desarrollo de los estados cristianos que en ella se formaron y su historia de Reconquista la dotó de palacios, iglesias castillos y conjuntos urbanos que suman la mayor acumulación de arte de España. Todo un tesoro que el descuido unas veces y los intereses desatados otras han ido dilapidando, poco a poco, hasta llegar a nuestros días sin que se vislumbren soluciones.Valladolid bien puede ser símbolo sangrante de este estado de cosas. En julio de 1978, el Consejo de Ministros declaró conjunto histórico-artístico a la ciudad, pero la decisión llegaba demasiado tarde y, como después se ha demostrado, no sirvió para nada. Cuando Chueca Goitia afirmó, hace años, que la destrucción del patrimonio histórico- artístico de Valladolid era de nueve sobre diez, se quedó corto. Desde entonces han desaparecido monumentos, se han hecho chapuzas y remiendos increíbles y se ha acentuado la ruina de edificios. Desde hace unos meses, los vallisoletanos han protestado por la situación, se han organizado actos, manifestaciones, exposiciones para llamar la atención, pero el Plan Parcial, aprobado con la autorización de la entonces Dirección de Bellas Artes, sigue adelante.

En León, el casco antiguo cuenta con un alto porcentaje de edificios amenazados de ruina, especialmente tras los últimos años, que han sido particularmente duros con las calles que todavía llevan viejos nombres medievales, hoy declaradas monumentos oficialmente. Por todas partes aparecen solares.

Unas veces son los monumentos y otras los conjuntos urbanos, barrios enteros que, aparte del valor singular de algún edificio, forman una unidad con personalidad propia e irrepetible. Muestras de ambas facetas hay, por ejemplo, en Cuenca. Por un lado está el caso de la catedral, un ejemplar único en España por su estilo, cuya fachada se derrumbó a principios de siglo. Desde entonces, cada ocho o diez años comienzan unos trabajos de restauración que pronto se interrumpen. En el otro, caso, la parte antigua de la ciudad se vio amenazada por el abandono masivo de sus habitantes durante la primera mitad del siglo, aunque, por fortuna, la llegada a la ciudad de artistas y pintores, que fueron comprando algunas de las casas vacías, compensó el fenómeno.

Casi nunca se ha hecho nada por los cascos antiguos, y cuando se ha intervenido, el resultado frecuente ha sido un pastiche indigno. Algunas ciudades, como Zamora, son la excepción de buena conservación que confirman la regla de destrucción. Toledo, aunque también con algunos atropellos, es otro ejemplo de excepción. En todo el proceso los planes parciales parecen ser los enemigos, unas veces por omisión y otras por agresión. Ejemplo de omisión es el de Burgos, ciudad para la que el arquitecto José Luis García Fernández elaboró un plan que, a juicio de los expertos, es bastante bueno y conseguiría revitalizar la zona. Pues bien, hace dos años el Ayuntamiento lo guardó en un cajón y ahí sigue.

Los edificios religiosos

Capítulo aparte merecen los templos, tanto su arquitectura como las riquezas que contienen en su interior. Las iglesias y catedrales han sido víctimas del descuido, unas veces, y de los malos arreglos, otras. Así, en Burgos, mientras la piedra de la catedral se deshace como la arena, la corporación municipal, en lugar de proteger la obra gótica de más mérito en España, se ha gastado un buen presupuesto en remodelar la plaza que tiene enfrente, cambiando todas las escaleras y pavimentos, que, para colnao, estaban mejor antes del arreglo.

Las desamortizaciones del siglo pasado fueron en los campos castellanos circunstancia clave para el deterioro de iglesias y conventos. Gracias a los reformistas liberales, estos edificios dejaron de ser propiedad de las manos muertas, pero no encontraron en la mayoría de las ocasiones mejores amos y cuidados. Así, en el norte de Palencia está el mejor conjunto español de iglesias románicas, una ruta jalonada de pequeños templos de valor inapreciable, que sólo el desvelo de los vecinos, en ocasiones, se ha ocupado de cuidar.

Otras veces las causas de la destrucción son más modernas. Así, en la misma zona, la iglesia de Villanueva del Río, pueblo que fue sepultado bajo las aguas del pantano de Aguilar, tiene sus piedras desperdigadas en un parque de la capital, donde llevan años esperando ser levantadas de nuevo. En Avila, en 1947, se tiró la iglesia de Santo Domingo para ampliar la Academia de Intendencia. El templo había sido declarado monumento nacional en 1923.

Y por fin, están la vejez y la misma vida de las ciudades como últimas causas de destrucción. En Salamanca, por ejemplo, el arquitecto de Bellas Artes Fernando Pulín ha realizado un estudio del que se deduce que las cubiertas y remates de las catedrales -la gótica y la románica-, la Clerecía y otros edificios de la mayor importancia, pueden encontrarse en su último siglo de vida, si no se pone remedio. El informe sobre Salamanca plantea un reto a la futura Corporación municipal, que es general para todas las ciudades históricas: el tráfico en la zona monumental. Según Fernando Pulín, las vibraciones de los edificios producidas por la circulación de automóviles o por máquinas pesadas son causa del proceso de degradación dinámica de los edificios.

Los mismos monumentos religiosos han sido a veces excusa para la especulación. También en Salamanca, con el pretexto de abrir la perspectiva de las catedrales, se expropiaron unas casas antiguas del Patio, Chico, uno de los más bellos lugares de la ciudad. Sin embargo, poco después se autorizaba la construcción de dos edificios en el lugar de las casas expropiadas.

Especialmente grave es lo ocurrido con la riqueza en obras de arte contenida en el interior de templos, monasterios y otras propiedades de la Iglesia. La especulación, venta, robo y tráfico de arte religioso castellano, frecuentemente con la complicidad o la vista gorda de los católicos-de-toda-la-vida, contrasta con la letra del gran tratado que sellaba la alianza entre la Iglesia de Roma y el Estado franquista. Decía, efectivamente, el Concordato de 1953, en su artículo 21, que en cada diócesis se formaría una comisión encargada de vigilar la conservación, reparación y reformas de edificios y obras de arte.

Pues bien, en los museos y colecciones particulares de toda Europa y América del Norte se pueden hoy admirar cuadros, esculturas e incluso partes enteras de edificios artísticos castellanos, que, por los más diversos canales, fueron expoliados. En numerosas ocasiones fue primero el derrumbamiento de la iglesia o convento de turno y después el pillaje de su riqueza. Por ejemplo, en 1969 desaparece, producto de la más clara especulación, el convento de las Gordillas de Avila. Después se vendieron sus cuadros y estatuas.

En el mismo año, el gobernador civil de Burgos, Antolín de Santiago, declaraba en una rueda de prensa que los constantes robos en iglesias de pueblos se debían a falta de protección. «Si los curas y alcaldes no se comprometen a poner buenos cerramientos y sistemas de alarma, se crearán cuatro museos comarcales donde se guarden todas las piezas de interés. Para ello se cuenta ya con el consentimiento del arzobispo, y con esto no habrá más problemas».

La idea del señor gobernador parece que no era, evidentemente, que el arte permaneciera en el lugar para el que fue concebido. Pero ni siquiera este tipo de medidas drásticas habrían impedido el saqueo. En nuestros días, en un almacén del anticuario del pueblo de Roa, en la misma provincia, se ha podido ver un arco románico entero, transportado allí pieza por pieza, en espera de que aparezca algún buen comprador.

En algunos sitios, la resistencia de los sacerdotes evitó la venta. El cura de un pueblo cercano a Olmedo recibió a tiros a un conocido intermediario de obras de arte, cuando se acercaba a la iglesia para observar una estatua. Pero no todos han defendido el patrimonio de sus pueblos con tanto vigor. En numerosas ocasiones, la ausencia de dinero para reparar los templos obligó a vender, con permiso oficial, objetos de arte cuyo importe podía dar un respiro a las desabastecidas arcas de las parroquias rurales.

La polémica en torno a estas ventas legales se centra en torno a la disyuntiva en que se encuentran estos pueblos: asistir impotentes a la ruina de los monumentos o vender parte de la riqueza cultural para mantener el resto. En noviembre pasado se celebró en Medina de Rioseco una subasta de objetos religiosos, para obtener fondos con qué pagar el arreglo del templo de Santiago. El alcalde, los socialistas, todos los vecinos estuvieron de acuerdo. «Es preferible perder algo de nuestra riqueza artística para mantener el resto que observar cómo se nos caen las iglesias y se deterioran las tallas, mientras la Administración da largas al asunto o adopta soluciones que no sirven para nada».

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 15 de marzo de 1979

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