La Constitución, sonata, op. 77

La política española, si es que la hay, desde luego no se hace en las Cortes. Tampoco está claro que se haga en la Moncloa pero, al menos, en el palacio de la Moncloa se ve entrar y salir gente con carpetas que pone el ceño de no encontrar solución a nada, mientras los consejeros del presidente se bañan en esa piscina con sabor a menta haciendo el muerto cara al cielo velazqueño para ver si se les ocurre algo. Por el contrario, en la casa de las Cortes, sólo se oye, a veces, como novedad, la descarga de una cadena de lavabo al fondo del pasillo, el chapoteo de alguna ponencia encerrada detrás de una puerta con taraceas de limoncillo y la tos seca de septiembre de algún bedel.
Lo único excitante para los turistas es que en la puerta falsa de las Cortes está aparcado el caballo de Pavía; un ujier le da de comer enmiendas a modo de pienso compuesto y el animal entretiene la espera espantándose las moscas de estío coceando el asfalto. Este caballo de Pavía, todavía sin jinete y el axioma de la economía deteriorada que se nos va al infierno sin paracaídas y sin Virgilio son las dos caras del mismo chantaje al que han sido sometidos los representantes del pueblo por parte de la oligarquía. Este chantaje emitido con onda subliminal hacia la conciencia de los padres de la patria ha funcionado. La situación es grave, la situación es muy grave, la situación es gravísima y sus señorías deben ser chicos muy responsables y andar con cuidado para no acabar de estropearlo todo con discursos.
Los diputados hacen política como si jugaran al baloncesto con. un delicado jarrón de la dinastía Ming. Nadie quiere ser el primer manazas que rompa la cerámica china de esta democracia. Nadie quiere ser el primero en descomponer la figura en este paso a dos; todos se han precipitado sobre la flauta dulce; nadie ha querido hacerse cargo del bombo. Ya se sabe, primero hay que consolidar la democracia; lo importante es que no se caiga el andamio, de modo que se prohíba el paso a todo el personal ajeno a la obra. Los diputados tocan el violín con el cascó puesto. Y como resulta que diputados y senadores han salido finos y obedientes, gente delicada con cuello de piqué y mirada soñadora dirigida a la pizarra, los señores guardias han prometido no volver a pegarles nunca más.
La política española, si es que la hay, aprovechando el calor se hace en la calle o al borde de la piscina de la Moncloa con el calcañar dentro del agua en plan Tarzán, que cubra la inocencia praternatural con un meyba a rayas. Vadeando las Cortes, el presidente Suárez decide sobre la cuestión de la autonomía catalana hablando directamente con Tarradellas, que es un fantasma antepasado que se va a desintegrar en cuanto entre el primer sol por el ventano. La crisis económica ha sido alejada del hemiciclo como un paquete de plástico para desactivarlo en un descampado lejos de allí, no sea que vaya a lastimar a una de esas criaturas que suelen andar por los pasillos. El trabajo de la Constitución lo realizan siete señores como escolares que hacen los deberes en casa, felices y sudados.
En este país falta un diputado basto. Se necesita un señoría de cuello corto, con la yugular llena de sangre y los zapatos color sobrasada que esté dispuesto a deshacer el encanto de esta democracia con un beso con sabor a ajo en la mejilla de Blancanieves. Un señor que grite, aunque no diga nada, aunque sólo sea para despertar al acomodador.
Pero esta es una crónica parlamentaria. Ayer en Madrid, cuando atardecía, un cielo cargado de monóxido de carbono, salió el portavoz de la ponencia constitucional, se acercó al bar subiéndose los pantalones y echó un trozo de mortadela a los periodistas. Dijo que eso de la Constitución va bien, que ya le está apuntando el bigote.
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