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Sobre la cuaresma y la gran cuestión del chocolate

Con la rápida secularización de nuestra sociedad,al menos de manera externa y sociológica -y con frecuencia así era el catolicismo que ha quedado secularizado-, toda una serie de hábitos y costumbres individuales y colectivos y hasta un cierto tipo de lenguaje han desaparecido o perdido su sentido; y decir, por ejemplo, Miércoles de Ceniza exige seguramente tantas explicaciones y tantas notas eruditas como hablar del combate entre Don Camal y Doña Cuaresma, del Arcipreste de Hita. Es más que posible que, al paso que vamos, lo que pudiéramos llamar el aspecto «folklórico» de las viejas cuaresmas vaya en seguida a parar a los libros de antropología. Y eso que no hace falta tener más de cuarenta años para recordar aquella especie de película de reposición del viejo catolicismo barroco que se estuvo proyectando durante los años cuarenta y cincuenta con la ilusión de que se estaba recristianizando la sociedad. En ese tiempo llegó a renacer incluso el viejo casuismo de la cocina cuaresma.Porque la cocina ha sido una de las cuestiones «teológicas» que más dieron de sí en otro tiempo, y, por ejemplo, el chocolate llegó a plantear intrincadísimos problemas y una especie de guerra religiosa que duró lo suyo. Cuando este producto llegó a España después del descubrimiento de las Américas y tuvo una gran aceptación, dio lugar a toda una serie de discusiones que en apariencia ovistas desde cierto ángulo,son la cosa más divertida del mundo, pero que, en profundidad, resultaron y nos resultan, hoy todavía, algo muy dramático. Sin duda merecen recordación.

Los españoles que fueron a México se encontraron con que hacia 1520, el uso del calahualt o chocolatl -todavía un libro de recetas gastronómicas y reflexiones morales, La mejor cocIna de cuaresma editado entre nosotros en 1914 hacia derivar tranquilamente la palabra chocolate de choco, qué quiere decir cacao, y late, que quiere decir agua- era costumbre establecida y que la bebida era muy agradable. Y, como en principio fue una bebida de minorías, sus excelencias se cantaron en todos los tonos y se convirtió hasta en obsequio digno de reyes. En 1631, el licenciado Antonio Colmenero de Ledesma, médico y cirujano de Ecija, publicó su Curioso tratado de la naturaleza y calidad del chocolate, y, nueve años después, el capitán Castro de Torres sacaba a la luz, en Segovia, su Panegírico del chocolate. En 1660, al celebrarse los esponsales de María Teresa, hija de Felipe IV, con Luis IV de Francia, la princesa obsequió a su futuro esposo con una caja de plata repujada llena de chocolate; y podría decirse en vista de lo que luego sucedía que ese día entró en Francia, envuelto en chocolate, el puritanismo del «partido español» que levantaría la Cofradía del Santísimo Sacramento y la cábala de los devotos, una especie de puritanos y tristones «métome-en-todo» que harían la vida imposible al prójimo, tomarían santurrona a la Corte de Versalles, abrirían la caza de herejes y fastidiarían a Moliére, entre otras víctimas no menos ilustres.

El chocolate, en realidad, se había teologizado muy pronto, por decirlo así, y su teología había llegado a adquirir tanta importancia como las cuestiones de si los indígenas tenían alma, los métodos de la conquista y de la evangelización de esos indígenas o las costumbres sexuales que de América vinieron. Los teólogos y cauistas españoles acogieron en principio muy bien la exótica bebida, pero, más tarde, vinieron las dudas sobre si rompía el ayuno. Antes incluso de que se publicaran esos panegíricos sobre el chocolate de que más arriba he hablado, ya habían comenzado las discusiones, y, como resultaban interminables, se decidió acudir a Paulo V, quien, después de haber probado una jícara del líquido en cuestión, sentenció: Hoc non frangit jejunium (Esto no rompe el ayuno); y Gregorio XIII se pronunció en el mismo sentido, pasando entonces esta doctrina, así consolidada, a canonistas y moralistas como Martín de Ledesma, Péllicer o Martín Navarro y el padre Tomás Hurtado que dedicó toda una obra al tema en 1642: Si el chocolate quebranta el ayuno de lalg1esia. Aunque el libro más exhaustivo y de mayor empaque fue, de todos modos, el del cardenal italiano Brancaccio: De usu et potu chocolatam ditriba, un título que debió de hacer relamerse de placer a todos los golosos del tiempo y que amparaba la misma tesis: el chocolate es un líquido y «los líquidos son permitidos durante la cuaresma y los días de ayuno». Si bien Hurtado bajaba a mayores detalles y, para admitir esta tesis, hacía algunas salvedades; y en especial las de que el chocolate no estuviese adulterado «como lo hacen los vendedores con una mezcla de harina de habas, de garbanzos y otras sustancias» y la de que se tomase en pequeñas cantidades y no fuese espeso, como en seguida se puso de moda y como comenzaron a decir los españoles que les gustaba: las cosas claras y el chocolate espeso. Y con profusión de bizcochos, además, que se suprimían naturalmente los días de ayuno. Pero «iqué lástima que no sea pecado mortal!» se dice que decía, más tarde, una vieja mujer de mundo que lo hubiera encontrado todavía más sabroso si el chocolate hubiera sido condenado.

Nunca llueve a gusto de todos, evidentemente: a gusto de los que querían ayunar sin pasar hambre, a gusto de los que preferirían observar la abstinencia de carne sustituyéndola por un manjar más delicioso y a gusto de los que optaban, más bien, por marginar todas las normas morales para darse seguramente algún sabor de la libertad -echando quizá picatostes untados con manteca en el chocolate como otros ateos confesionales se comían su tostón asado el Viernes Santo, aunque tuvieran úlcera- o para echar pimienta sobre una vida sin grandes alicientes.

Pero, de todos modos, las gentes de teología,que tantas veces han hecho terribles guerras a propósito de lo ancho de un cordón o de una capucha o de la bondad o maldad moral de una tan inocente criatura como el chocolate debieran procurar no fabricar más «herejías imaginarias», como decía Nicole, ni invocar más terrores apocalípticos por el estilo. A lo mejor, de aquí a cien años, la muy sesuda literatura que me temo que se va a escribir sobre el divorcio civil no va a diferenciarse mucho de la que ahora hacemos sobre el chocolate y que tanto nos divierte. Pero que, a la vez, estan dramática por esto mismo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 18 de marzo de 1977.