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Tribuna:TRIBUNA LIBRE

Un consensus nuevo

Licenciada en Sociología por la Universidad de París, ha cursado también estudios de Filosofía y Ciencias Políticas. Vive en el exilio desde 1968, con un paréntesis de tres meses de estancia legal en España durante 1976. Trabaja con su hermano Carlos Hugo en la dirección del Partido Carlista, dedicada preferentemente a los estudios ideológicos y relaciones exteriores.Cuando todas las naciones de Europa desembocaban, de una u otra manera, en el necesario cambio revolucionario que representó la democracia, España se quedó parada en los umbrales de esa conquista. Llegó hasta su formulación, pero no logró entrar de lleno en la democracia. Se puede explicar este fenómeno de muchas maneras y con muchas razones.

La explicación más satisfactoria quizá sea la siguiente: toda progresión histórica se hace a partir de una fuerza social, o de una convergencia de fuerzas sociales, comprometida ideológicamente. La desgracia de la España del siglo XIX fue que la ideología «progresista» marchaba por un lado y la fuerza social por otro... ¿Dónde está, en efecto la fuerza social capaz de promover un cambio sino en el pueblo? Entre la burguesía progresista, por una parte, y los movimientos populares (carlistas, anarquistas, socialistas, comunistas), por otra, ¿cuándo hubo en España diálogo, cuándo comprensión o, más sencillamente, cuándo se ayudan entre sí esos dos sectores?

Dominio de la burguesía

En Francia, a partir de la Revolución que, momentáneamente, unió la burguesía al pueblo, hubo por parte de la primera una constante referencia al pueblo en todos sus actos. Ella es la clase dominante, y, como tal, actúa y modela a la sociedad. Pero en nombre del pueblo. Y el pueblo, a fuerza de ver quién se sirve impunemente de su nombre, empezará a buscar cómo salir históricamente de la trampa que se le ha tendido. Por el contrario, en España, durante la misma época, la burguesía habla con sumo desprecio del pueblo. Hay que ver, por ejemplo, cómo un Larra, al que tampoco se puede tachar de burgués empedernido, habla de los carlistas, y no porque los considere sus enemigos, pues emplea el mismo tono cuando se refiere al pueblo en general.

Y este desprecio, del que ni siquiera es consciente la burguesía intelectual, le impide dar un contenido auténtico, real, concreto, revolucionario, a todos sus anhelos de cambio político. Pero se podrá decir que si la burguesía no tiene una verdadera ideología por faltarle la fuerza y la práctica revolucionaria, el pueblo sí la posee a través de sus partidos. El pueblo sí es progresista. Pero, ¿de qué le sirve? A no ser que las fuerzas populares logren el levantamiento político militar, necesitan acudir a los mecanismos de cambio de los parlamentos y los órganos de gobierno. Y durante el siglo XIX eso es imposible para las fuerzas populares que tampoco pueden conquistarse una opinión pública, fuera de su clase, ni negociar in consensus que, en este caso, sería un consensus ideológico para el cambio. Un consensus a nivel ideológico equivale a lo que podría ser, a nivel estratégico, un acuerdo interclasista sobre puntos mínimos, para alcanzar una meta determinada. Es una opinión, dominante negociada entre fuerzas que, solas, no pueden realizar el cambio. Entonces, al faltar esta negociación, la opinión dominante la fraguó solamente la burguesía. La burguesía «que conduce los cambios» para evitar que no desemboquen en una verdadera promoción popular.

Puntos de acercamiento

La situación explosiva de 1930 no fue más que el exponente de esa doble incapacidad que se proyectará, a pesar de un difícil esfuerzo de acercamiento entre pueblo y burguesía, hasta la República. Al evocar aquella situación podemos medir cuáles son las posibilidades, nunca vistas en la historia, que nos brinda la situación actual. No sólo porque los condicionamientos socio-económicos han cambiado, sino en razón de la formidable evolución de las fuerzas populares, por una parte, y de la mentalidad de la burguesía progresista, por otra. La lucha contra un enemigo común, el franquismo ha producido, por ende, este acercamiento.

Las consecuencias de ese acercamiento se podrían apreciar en la plasmación de un nuevo consensus progresista. El mismo concepto de «progresismo» ya no se corresponde con el viejo liberalismo, o los grandes principios de libertad evocados en ausencia de todo intento de auténtico cambio social. El progresismo tiene hoy un contenido ideológico, porque no se limita a una mera enumeración abstracta, sino que entraña un proyecto de nueva sociedad. Y este proyecto es forzosamente socialista porque ahora existe una verdadera. confrontación a nivel político. Fuera del planteamiento socialista, ¿dónde estaría en España la perspectiva de cambio? Y, sobre todo, ¿dónde estaría la posibilidad de cambio? ¿En la propia forma democrática? Si la democracia es soberanía del pueblo o aproximación a una responsabilidad del pueblo, ¿dónde estaría la soberanía fuera de la esencia socialista, fuera de una presión ejercida por todas las fuerzas socialistas?

No quiere decir esto que estemos en condiciones de entrar de lleno en el socialismo. Estamos hablando de estructuras mentales, Debemos adquirir nuevas es tructuras mentales. Y el concepto de progresismo socialista es una nueva estructura mental. Tampoco se pretende ignorar que existan fuerzas burguesas de la derecha civilizada en el abanico político que se desplega ante nuestros ojos. Las hay y muchas. Sólo que ninguna podrá enarbolar la banderá del progresismo por sí sola, como antaño. Por eso, las circunstancias actuales son favorables a eliminar esa distancia que, hasta ahora, separó las promesas teóricas de cambio de las posibilidades reales de cambio.

El federalismo

Hay otro factor determinante de ese acercamiento entre fuerzas populares que van adquiriendo un auténtico sentido político y fuerzas de la clase media intelectual que sé aproximan a un sentido real de la lucha y del cambio social. Es el elemento autonomista y federalista. Por primera vez en la historia de España, una reivindicación de este tipo adquiere el carácter de exigencia democrática a nivel de consensus político general.

Aquí cabe hablar de la decisiva influencia que significa, en el acercamiento antes citado, entre fuerzas populares y burguesas, el Partido Carlista. Fuerza popular, por excelencia, poseedora desde siempre de valores de izquierda antes de su conciencia de ser una fuerza de izquierda (a la inversa de otros), el Partido Carlista ha defendido un planteamiento autonomistá y federal solamente porque para el pueblo que representa esta reivindicación es una reivindicación de libertad. Por otra parte, esta reivindicación va relacionada con toda una versión crítica de la sociedad capitalista, desde una clara posición de lucha de clases. Hoy, el Partido Carlista es protagonista de la colocación del federalismo a la cabeza de las libertades sociales, directamente entroncado con los movimientos populares y con el socialismo autogestionario.

La derecha, atenta

Ahora bien, ¿qué puede hacer la derecha ante esa confluencia? Aparte de reagruparse, recuperarla. De ahí los intentos concesivos hechos desde el Régimen -como las pinceladas de «autonomías locales»- a modo de gesto demostrativo del respeto a la personalidad de cada pueblo. Pero más concretamente los esfuerzos de la derecha estarán apoyados desde Europa. Es Europa -no todos los europeos,-sino determinados sectores- quien puede temer que las fuerzas populares, obtenida su coherencia, hinchen las velas de un «progresismo» socialista y federalista, al iniciarse una nueva democracia en España. Para estos sectores europeos, siempre son de temer los formidables recursos de inteligencia, energía y lucidez de los pueblos que han de hacer frente a su destino, máxime cuando tienen en sus manos un instrumento de transformación social como sería un amplio consensus socialista, capaz, además, de inventar un nuevo modelo de convivencia socialista que no sería ni colectivista ni socialdemócrata.

Por tanto, esa Europa, a través de sus canales políticos y económicos, intenta arrimar rápidamente España a una democracia parlamentaria sin más y hacer comprender a los españoles que las masas populares sólo son válidas en tiempo de lucha. Y después a trabaja y a transformarse en electorales. Este seria su verdadeso triunfo. ¡Ser un electorado!

Un progresismo socialista

Pensamos que no hemos de ser utópicos ni inconscientes. Ser electorado, por supuesto, es nuestra primera victoria. Pero hay que integrar un amplio movimiento de responsabilidad social al que existe ya en nuestro estado, valiéndonos de nuestro progresísmo, conservando su proyecto propio, bien como fuerza popular o como intelectuales de izquierda, para configurar un consensus nuevo, con su meta utópica, pero también con su proyecto y las sucesivas etapas (la estrategia) que permitan alcanzarlo.

Vamos a establecer la democracia. De esto se trata ahora. El socialismo lo iremos construyendo poco a poco. Sin embargo, lo que sí hemos de conformar aquí y ahora, es ese consensus progresista de carácter socialista en el que participen todos los pueblos de España, sus fuerzas populares y sus intelectuales. Es una meta aleccionadorá para toda la sociedad española, porque puede ser un pacífico y potente medio de cambio social, de profundización democrática.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 15 de enero de 1977