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España, a la fecha

La hora del despegue político

El exiliado profesor granadino Francisco Ayala, sociólogo y ensayista que ha sabido captar el mundo y la sociedad contemporánea a través de ambientes,personajes y conflictos ejemplares, inicia hoy, en nuestras páginas, una serie de artículos bajo el título genérico de España, a la fecha.La lejanía del escritor, ausente de España a raíz de la guerra civil, no le ha impedido continuar los contactos con la realidad de nuestro pueblo.

Doce años hace ya, pues fue en el de 1965, que escribí y publiqué un largo ensayo titulado España, a la fecha, donde me proponía trazar en rápido esquema la trayectoria seguida por el país desde fines del siglo pasado hasta la República y la guerra civil, para, analizando los efectos traumáticos de su desdichado desenlace, apuntar hacia las perspectivas que por entonces empezaban a abrirse de nuevo con el recién iniciado despegue económico. Según mi interpretación, la renuncia a las ilusorias (aunque políticamente astutas) pretensiones autárquicas con que el régimen se había empeñado en administrar a beneficio de sus clientelas las ruinas de la guerra, era una renuncia impuesta por la dura necesidad cuando la situación se había hecho insostenible, y tuvo que ser aceptada muy a regañadientes por gobernantes a quienes las características de una economía integrada con el mundo exterior, y en gran medida dependiente de él forzarían, muy a pesar suyo, a ir abriendo la mano. El crecimiento económico debía en efecto desarrollar cada vez más sectores de la actividad nacional cuyo despliegue exigiría, hasta hacerla ineludible, una creciente ampliación de los márgenes de libertad por virtud de la cuál había de transformarse la sociedad española en lo que ha llegado a ser hoy.

Publicado primero en forma de libro por una casa editorial argentina, traducido enseguida al alemán, y reproducido luego en una edición mexicana, mi ensayo ofrecía una visión cautelosamente optimista del futuro a que España se encaminaba, y este pronóstico estaba basado en la pujanza de un desarrollo social interno que ya para aquella fecha podía advertirse.

Desaprobaciones

Debo decir que el tono de moderado y condicionado optimismo de mi proyeccion produjo aquí alguna molestia y suscitó desaprobaciones -más bien tácitas, es cierto- por parte de gentes amigas mías a quienes impacientaba y exasperaba la dureza extrema de la superestructura política dentro de cuya armazón estaban obligadas a vivir.

Esta reacción de mis amigos era bastante natural, dadas sus circunstancias. Las contadas personas que dentro de España tuvieron noticia de mi escrito fue acaso mediante la adquisición clandestina del pequeño volumen o, más probablemente, por mi deseo de difundirlo entre quienes yo tenía especial interés en que lo leyeran y juzgaran, pues de hecho nunca se permitió oficialmente su importación y venta. Agotadas aquellas ediciones, y un tanto pasada ya la oportunidad en que fuera redactado, es éste el único de los míos al que el público general no ha tenido jamás acceso. El veto que se le opuso parecía confirmar de manera irónica la razón de aquellos amigos míos que entonces consideraban vanas mis alentadoras previsiones; pues, ¿qué podía esperarse, cuando ni siquiera a un libro que saludaba favorables expectativas del momento se le permitía llegar a los lectores, circular y difundirse?

Por supuesto, el análisis hecho en sus páginas de los acontecimientos históricos que trajeron e instalaron al régimen franquista desmentía y pienso que desmontaba la versión oficial; por supuesto, la descripción de ese mismo régimen propuesta por mí, no podía resultar sino muy desagradable para quienes lo personalizaban y sostenían. Pero no era sólo ego. Quizá lo más intolerable para ellos fuese la predicción de un ineluctable proceso hacia la apertura, derivado de la liberalización económica que, dadas las circunstancias, era condición de su supervivencia.

Esa liberalización, esa apertura, negaba por su base los principios en que el régimen estaba fundado, lo minaba y anunciaba su eliminación. Se trata, sí, de una cuestión de principios; pero principios tan arraigados que, perforando el plano de las convicciones políticas, llegan a constituir una mentalidad, -en definitiva, la mentalidad tradicional que el régimen, con sus anacrónicas pretensiones, había venido a reforzar en pleno siglo XX-. Según ella, la existencia de bien marcadas desigualdades sociales, de pobres y ricos, es algo que pertenece al orden providencial. Por consiguiente, el desarrollo económico y la nivelación social en la fase consumista del capitalismo, tal como se había producido en la Europa de posguerra y amenazaba propagarse a la España eterna, era algo abominable, -abominable, claro está, para aquéllos que a la hora de la muerte deberían encogerse sutilizarse y aislarse si habían de poder pasar por el ojo de la evangélica, aguja.

Mentalidad tradicional

Tan eficaz había sido la revitalización de la mentalidad tradicional que no estaba reducida, ni mucho menos, a los funcionarios de gobierno directamente conectados con el ejercicio del poder público y a sus partidarios, sino que impregnaba a un considerable sector de la población. Viviendo en Nueva York, dentro de un ambiente social tan distinto del de mi país natal, y ello después de haber vivido en Argentina, que a este respecto apenas difiere de Estados Unidos, tuve oportunidad frecuente de percibir los ecos de aquella actitud arcaica que de otro modo me hubieran quizá pasado inadvertidos; de hacer observaciones a través de anécdotas cuya pequeñez misma tornaba aún más reveladoras: el visitante español que, con despectivo gesto, proclamaba cuánto mejor era poseer automóvil en España que no aquí, en Estados Unidos, donde ¿quién no lo tiene?; o el otro que, saliendo acaso de un night club en noche de fuerte aguacero, al aguardar el paso del algún improbable taxi musitaba melancólicamente que en Madrid ya un chiquillo hubiera corrido a traerle uno. Consecuencia: en España se vivía mejor; se disfrutaba el placer de salpicar al envidioso viandante, o de socorrer con unas monedas al niño desvalido que se empapaba por obtener una propina. Lo más chocante era, que quienes así se expresaban hablan estado quizá despotricando momentos antes contra el régimen de Franco... Por lo común, el español -el español que viajaba, se entiende- salía de su patria tan poseído de si mismo, tan sabiéndoselo todo, tan dueño de todas las verdades y de todas las respuestas, que no había más que decir.

Pero ya en la década de los años sesenta, hacia la época en que yo escribí mi ensayo, pudo notarse un cambio muy marcado en la actitud de los españoles que llegaban a Norteamérica, sea para estudiar, sea por razón de negocio. ¿Qué estaría ocurriendo en España? En lugar de la acostumbrada expresión asertiva, y soberbia, estos jóvenes de ahora preguntaban, escuchaban, querían informarse; en lugar de afirmar con admirable aplomo ante quien quisiera oírlos la indiscutible superioridad de todo lo español, recogían datos y reservaban opiniones. ¿Qué estaba ocurriendo en España para dar lugar a mutación semejante?

Evidentemente, eran los primeros efectos de la transformación profunda que había empezado a operarse en el seno de la sociedad española. A la vista de su aspecto actual, puede bien entenderse que el abandono de aquella fachada de agresiva autoafirmación, bajo la que -es cosa archisabida- suele ocultarse una inseguridad y aun el sentimiento de las propias deficiencias, daba paso a pautas de Análisis crítico que son las propias de una sociedad en movimiento. Las nuevas generaciones, menos afectadas por el trauma de la guerra que tenían paralizados en posturas fijas a vencedores y vencidos, se disponían ahora a manejarse dentro de una realidad, condicionada, sí, por sus resultados, pero no encerrada en sus términos estrictos ni clavada en sus posiciones. El contacto con el mundo exterior, que las relaciones económicas nuevas hacían cada vez más intenso y más extenso, ayudaba a constituir esta actitud tan distinta, acerca de cuya funcionalidad apenas será necesario insistir.

Los cambios sociales

El intento de bosquejar en sus líneas generales, reduciéndolo a breve anotación, un proceso de naturaleza tan compleja como es la de [os cambios sociales y psicosociales conlleva -y ello es inevitable- una cierta medida de falseamiento. Tengo conciencia de que es así, y lo digo a propósito de lo que escribí en 1965 y de lo que estoy escribiendo en el presente. La realidad no es nunca tan simple como puede uno delinearla. Cuando vemos aparecer y generalizarse hasta llegar a hacerse típico un modo de comportamiento diferente del que antes prevalecía en una comunidad, y reconocemos en él una conexión operativa con las circunstancias alteradas en que esa comunidad se halla, podemos estar bastante seguros de que las pautas que ahora empiezan a estar vigentes habrán venido a establecerse por vías dispersas y a través de racionalizaciones y fórmulas intelectuales tal vez contradictorias. Me atrevería a sugerir yo que esa nueva actitud cada vez más perceptible entre los jóvenes conforme avanzaba la década de 1960 pudo haber tenido su origen en disposiciones de ánimo tan opuestas como, de una parte, la ardiente impaciencia generosa y algo romántica frente al sistema político bajo el que habían crecido y estaban viviendo y, por otro lado, un frío cinismo calculador para abrirse paso y establecerse dentro de ese mismo sistema.

Si esta última disposición de ánimo inclinaba al silencio, a la pasividad política -de hecho, al apoliticismo- y a una aparente aceptación, la otra en cambio empujaba hacia la protesta activa, y requería verbalizaciones que, por entonces, no podían encontrarse sino en la dialéctica del pasado conflictivo. Así, para sorpresa de muchos, se vio surgir, o resurgir, la clandestinidad, en un afán vehemente de desafío y total enfrentamiento, una oposición atenida a las fórmulas ideológicas combatidas y batidas por los sublevados de 1936, y por cierto, según hubiera sido de espetar, aquellas de más extremado carácter. También es comprensible y hubiera podido esperarse, aunque ello prestara aún más dramatismo a la sorpresa que quienes se manifestaban afectos a tales ideologías fuesen, en su mayoría, vástagos de los jerarcas del régimen. Es un ejemplo más de la rebelión de los hijos contra los padres, y no hay duda de que la condición de tales era un factor para desencadenar en aquellos la irritada hostilidad contra un orden que conocían de cerca y por dentro. Si sus personales circunstancias atenuaban el riesgo en que debían incurrir al servicio de sus, convicciones, esto no disminuye el mérito de su gesto. Dicho gesto tenía- indudablemente lo tuvo- un valor muy positivo en la evolución histórica del país: representa la iniciación de un despegue político paralelo al despegue económico; pero cabe preguntarse, y cuestionarla, acerca de la validez de su instrumentación ideológica. Quiero decir, acerca de la intrínseca validez de las ideologías invocadas,

Lo cual es cuestión aparte.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 16 de noviembre de 1976