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“No quiero ser un personaje consorte”

Carmen Menéndez, la esposa del secretario general del Partido Comunista de España, Santiago Carrillo, en sus primeras declaraciones a su llegada a Madrid

Carmen Menéndez y Santiago Carrillo, en París en 1976.
Carmen Menéndez y Santiago Carrillo, en París en 1976.jordi socías

Hoy a las 11 de la mañana, en el despacho de un abogado madrileño, Carmen Menéndez, la mujer del secretario general del Partido Comunista de España, Santiago Carrillo, celebrará una rueda de prensa. Ayer, pocas horas después de su llegada a Madrid, Rosa María Pereda, la visitó en su casa.

Cuando llegamos a su casa, Carmen Menéndez, la mujer de Santiago Carrillo, navega entre montones de libros, ropas, cuadros y trastos, con las maletas a medio deshacer. Hace sólo unas horas que han llegado, ella, su hijo pequeño y su perro (una fabulosa loba negra). Y ahora, con toda la casa a cuestas, está algo desconcertada. Responde, con todo, a las preguntas de EL PAÍS

Pregunta- ¿Ha traído también las ropas de su marido?

Respuesta- Hemos dejado sólo lo indispensable, y para poco tiempo. El pasaporte se lo darán antes o después, ¿no? El es ciudadano español. Nosotros hemos venido defnitivamente porque suponemos que lo suyo es para poco tiempo, así que en nuestra casa de París hemos dejado sólo los cachivaches que no merecían la pena traer. Bueno, y los muebles, esta casa la hemos conseguido amueblada, y en buenas condiciones económicas. Sólo hemos traido las estanterías, que son de madera sencilla; pero es que comprar otras resulta muy caro.

P.- Efectivamente, hay enormes estantes, vacíos todavía, y auténticos «containers» de libros, además de figuras de cerámica, y cuadros, y almohadines y sábanas y trajes, que vamos viendo mientras nos enseña la casa. Un enorme salón, una cocina amplia («es importante, aunque no pasaré muchas horas en ella. No soy buena cocinera») y una habitación para cada uno.

R.- Volver a Madrid es la realización del sueño de toda la vida; desde que en el 36, recién cumplidos 15 años, crucé la frontera. Y es también, la constatación de los cambios que ha habido en España y que han hecho posible nuestra vuelta. Y que nos hacen prever la de Santiago en el menor tiempo posible. Es el fin del exilio, que de verdad, tiene más sinsabores que alegrías.

>P.- ¿Ya tienen ustedes trabajo?

R.- Mi hijo mayor, Santiago, dará clases en la Autónoma, de matemáticas; Pepe, el segundo, que se ha quedado en París para pasar unos exámenes, está pendiente de que le contesten de una empresa, como matemático también. Y Jorge, el pequeño, que es economista, le han ofrecido algo. Para mi, va a ser lo más difícil. Envié un «curriculum» y rellené un cuestionario, pero no sé nada.

Carmen trabajaba en París en una farmacia. «De todos modos -dice- de momento no estoy preocupada. Tengo que ver a mucha gente, y pasear por Madrid, que apenas lo conozco».

P.- ¿Qué significa lo que dejan en París?¿Nostalgia?

R.- No.

El no es rotundo. Sin ninguna duda.

R.- No sé si alguna vez recordaré aquello con nostalgia. Hoy no. Han sido muchos años de pensar cada día en la vuelta, dedicados a nuestra tarea diaria: educar a nuestros hijos como españoles, cuando tenía más ventajas ser francés... Hacerles comprender que el hecho de vivir en París era circunstancial, que su futuro, allí o en otra parte, había de estar ligado al de España, al hecho de ser españoles. Efectivamente, ellos podrían haber elegido ser franceses; pero felizmente, han sido conscientes de todo, y aquí estamos, sin ninguna nostalgia por parte de ninguno.

P.- Educar a unos hijos en París como españoles, habrá tenido problemas concretos. La lengua, la escuela..

R.- Si, claro. El día que nació el mayor de mis hijos, pusieron fuera de la ley al PC español en Francia. Nosotros tuvimos que empezar a vivir como una familia francesa, y en la calle teníamos que ser franceses. Entonces nos llamábamos Giscard.

P.-¿Giscard?

R.- Sí. Di ese nombre en una tintorería, creo, y seguimos con él. Mucho antes de que sonara el presidente, claro. Es un apellido común en el centro de Francia, en el campo, donde viví los años de la guerra mundial, con mi familia. Así, con el nombre Giscard, vivimos hasta el 68, en que, cuando eligieron al azar una serie de liceos franceses para comprobar el estado civil de los alumnos, descubrieron que el mayor, que iba a pasar el BAC -equivalente al examen de grado español- no existía, como Giscard... Decidimos entonces volver a nuestro nombre, y felizmente, pasó todo sin traumas.

P.- ¿Como conoció usted a Santiago Carrillo?

R.- Pasó una tarde por el local de juventud, que yo frecuentaba normalmente. Y así fue todo, normal.

P.- ¿Y no le dio miedo la dificultad de la vida con un secretario general?

R.- Bueno, entonces, en 1947, no lo era. Y yo era militante también. Realmente no ha habido dificultad para vivir con Santiago. Claro, es difícil si partes del principio de que vives como todo el mundo; la vida de un dirigente con responsabilidad en un partido político como el comunista es un poco irregular, así que hay viajes, las vacaciones son imprevisibles, no se cena todas las noches a las ocho. Pero enseguida se acostumbra una. Yo recuerdo que, cuando uno de mis hijos era pequeño, le encargaron una redacción en la escuela sobre su padre. «Mi padre, escribió, es bueno con nosotros, y trabaja para que podamos vivir y todas esas cosas». Y luego decía: «pero cuando se va de viaje, vuelve siempre 15 días después de lo previsto»... Entonces éramos Giscard. Piense usted qué pensaría el maestro.

P.- ¿Los hijos, se sentían extrañados?

R.- Vivíamos entonces en un apartamento en el centro de París, no en el chalet de Champigny sur Merne, y las paredes eran finas y se oía todo, así que impusimos el francés, incluso en casa... Fue difícil, pero conseguimos que los chicos comprendieran que en la calle éramos franceses y en casa, españoles. Por otra parte, mis hijos tenían amigos de confianza, y siempre fueron muy responsables. No hubo problemas de seguridad.

P.- ¿Usted ha venido antes a España, no?

R.- Sí, tengo el pasaporte desde el 71, y he hecho tres viajes, en navidades del 72 y 73 y en noviembre del 74. Vi muchos amigos y apenas vi la ciudad a la que tendremos que acostumbrarnos ahora. Para mi, fueron un poco terribles, sobre todo el primero. Por poco me muero al entrar en España, por la excitación y los nervios. Iba conduciendo el coche yo... Y al volver, estaba tristísima. Pero me iba convencida de que tenía un pasaporte en regla y que podría venir cuando quisiera. Y así lo hice. Ahora ya es la vuelta definitiva. Sólo nos queda esperar que Santiago reciba su pasaporte y venga a reunirse con nosotros.

Carmen Menéndez, señora de Carrillo, ha ido perdiendo el recelo ante la entrevistadora. Y habla de muchas cosas, mientras coloca libros y lámparas y almohadines.. "Ahora, dice, a conocer esto y a buscar algo de trabajo. No quiero convertirme en un personaje consorte".

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 27 de julio de 2018.

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