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Reportaje:

Los evadidos de Segovia cuentan su fuga

El día 5 de abril veintinueve presos políticos se fugaban del penal de Segovia. Se repetía así la Operación Altamira, proyecto de evasión en la mismacarcel descubierto meses antes, esta vez con éxito inicial. A las pocas horas los fugados, activistas de ETA (Asambleas V y VI), Movimiento Ibérico de Liberación y Frente Revolucionario Antifáscista y Patriótico, entraban en la pesadilla del fugado: una densa niebla, lluvia, frío y la desorientación en los montes navarro-pirenáicos a escasos metros de la raya de Francia. El cerco de la Guardia Civil surtió efecto y tras varios choques armados en los que resultó muerto uno de los evadidos fueron cayendo por grupos en manos de las fuerzas de orden público. Cuatro de ellos, empero, acompañados de un miembro del comando de ayuda, lograron refugiarse en un chalet, entrar nuevamente en la clandestinidad y pasar finalmente a Francia. Ahora viven en la isla de Yeu deportados por el Gobierno de París. Allí, junto a otros refugiados españoles también residenciados, han narrado parte de su fuga a Jesús Ceberio. Se negaron a ser fotografiados. A la hora de publicar este informe, de indudable interés periodístico, EL PAIS quiere nuevamente hacer explícito su rechazo de toda forma de violencia política y de los métodos criminales empleados por la organización terrorista vasca.

La isla de Yeu -diez kilómetros y medio por cinco- se encuentra justamente bajo la península de Bretaña, a unos 560 kilómetros de la frontera franco-española. Sus cinco mil habitantes se han acostumbrado ya a la presencia de los once deportados. Les llaman los once vascos de Yeu, aunque en realidad se trata de diez vascos y un catalán. Desde la muerte de Petain, en 1951, no se habían visto por aquí tantos periodistas ni tantos policías.Una hora y cuarto a bordo de La Vandée, un cansino transbordador que algunos días sólo hace un viaje, cuesta llegar desde el embarcadero de Fromentine hasta Port Joinville, la pequeña capital de este islote atlántico.

Son las once de la mañana cuando llegamos. Sentados en el malecón, dejando pasar las horas bajo este sol de mayo que ya calienta, un grupo de deportados observa con cierta indiferencia la llegada de los viajeros. Esta es aquí la única novedad del día.

No ha sido fácil entablar diálogo. Después de discutir entre ellos, son ya casi las siete de la tarde cuando varios portavoces del grupo se deciden a contarnos su historia, una historia que arranca el pasado 9 de abril.

LOS PRIMEROS DEPORTADOS

La denuncia que presenta en Bayona el cónsul español, señor Baselga, por presunto secuestro de dos policías españoles en Hendaya y las trágicas circunstancias en las que es muerto el industrial Berazadi llevan a la policía francesa a iniciar una operación en toda regla contra los refugiados vascos que viven en el sur de Francia. Por estos dos hechos, los tribunales franceses han instruido dos sumarios, sin que se conozca por ahora el nombre de ningún inculpado.

El ministro del Interior, señor Poniatowski, decide el día 9 de abril la deportación a Yeu de siete refugiados vascos. A las dos de la mañana sale de la Prefectura de Bayona un furgón con diez miembros de las Compañías Republianas de Seguridad (CRS) y los deportados. Son Juan Gurruchaga, Mikel Uriaguereca, Roberto Echevarría, Lázar Arandia, Miren Aranguren y Concha Arana. Delante, otro coche con tres CRS abre camino a toda sirena.

-Nos habían dicho que nos llevaban al departamento de La Vandée, pero no teníamos ni idea del sitio concreto al que nos traían.

Ocho días más tarde, el 17 de abril, se les uniría José Luis Echegaray, a quien la orden de deportación se le entregó en el juzgado de Bayona.

-Estos refugiados han encargado de su caso a un abogado, que presentó los oportunos recursos contra la medida. Ellos aseguran que, según la legislación francesa, una medida administrativa de este tipo debe quedar en suspenso hasta que no se dicte sentencia judicial. La gendarmería, sin embargo, no opina lo mismo.

-El día 23 de abril, una vez presentados los recursos, decidimos subir al barco para volver a casa, aunque estábamos seguros de que no nos iban a dejar salir. No es cierto eso que se ha dicho de que llevábamos armas. Se trataba únicamente de adoptar una actitud, y buena prueba de eso es que cuando nos despedimos de los dueños del hotel les dijimos que nos volveríamos a encontrar a la hora de comer.

Los gendarmes contestaron que ellos se limitaban a cumplir órdenes y que éstas consistían precisamente en no dejarles abandonar la isla. A pesar de todo, una de las deportadas, Concha Arana, conseguiría autorización para salir de la isla. Su pierna enyesada sirvió de ocasión para que pudiera desplazarse a Bayona «por razones humanitarías».

LOS CUATRO FUGADOS DE SEGOVIA

El día uno de mayo llegan también a Yeu los cuatro fugados de Segovia que habían conseguido entrar en territorio francés después de casi tres semanas de huida. El Gobierno francés, tras dotarles de una carta provisional de residencia, los envió a Yeu a la espera de una decisión definitiva. El número de confinados se elevaba así a diez. El undécimo, Pagoaga Gallastegui, «Peíxoto», sería trasladado desde la cárcel de Bayona el día 5 de mayo.

Los cuatro fugitivos de Segovia -Carlos García Solé, Mikel Lascurain, KoIdo Aizpúrua y Jesús María Muñoa- explican así su huida:

-Desde el mismo momento en que fue descubierto el anterior intento de fuga, en agosto del año pasado, decidimos intentarlo de nuevo. Después de estudiar varias posibilidades, llegarnos a la conclusión de que el camino a seguir era el colector general. Figuraraba también en los planes anteriores y temíamos que hubieran adoptado precauciones, pero pronto comprobaríamos que no había sido así.

En el mes de octubre comienzan los trabajos. Como la vez anterior, son los hombres de ETA quienes preparan y organizan la fuga. Después de estudiar con detenimiento la estructura del edificio, después de tentar un día y otro las paredes, llegan a la conclusión de que los retretes que hay al fondo de uno de los patios esconden un cuarto negro. Es preciso entrar en él para abrir una nueva galería. Al principio el trabajo es peligroso, porque las puertas de los retretes son unas simples verjas y cualquier guardián puede sorprenderles.

Con ayuda de una pequeña pica de hierro, sacada del almacén de madera, consiguen arrancar seis baldosas, que volverán a colocar en su sitio. Al otro lado hay, efectivamente, un cuarto ciego. Una vez comprobado esto, comienzan a hacer acopio de cemento, sacándolo puñado a puñado de las obras de reparación que se están realizando en uno de los muros de la cárcel. Con este cemento y las seis baldosas construyen una puerta disimulada.

Esta fase de la operación les lleva cerca de un mes. Los demás presos colaboran haciendo ruido para impedir que se escuche ningún sonido sospechoso.

-Una vez colocada la puerta, el trabajo se hace más fácil. Cuatro o cinco presos se turnan en los trabajos de excavación. Se abre una galería de unos sesenta centímetros de diámetro, en vertical, bajo el suelo del cuarto negro, para seguir luego horizontalmente hacia él exterior. Al cabo de sólo dos metros, desembocan en un desagüe que se encuentra

Mientras tanto, ETA ultima los preparativos en el exterior. Un comando de apoyo ha perfilado todos los detalles.

-¿Es cierto, como se ha escrito, que la huida se adelantó por temor a un próximo traslado de los presos políticos a la prisión de Soria?

-No hubo tal adelanto. La fecha elegida fue el día 5 y todo se efectuó como se había proyectado. Sólo en la salida, desde los retretes hasta la verja del colector, hubo un retraso de diez minutos que se recuperarían luego.

NO CONTABAMOS CON LA NIEBLA

-¿Cómo se decidió el número de los que iban a tomar parte en la fuga?

-No había un número fijo determinado de antemano. Sólo se dio prioridad a quienes tenían más años de condena por cumplir.

En la mañana del día cinco, al final del colector se habían dispuesto tantos paquetes de ropa como presos iban a participar en la fuga. Dentro de cada paquete, un pantalón, un jersey y unas playeras. Uno de los barrotes ya había sido limado para permitir el paso de los fugitivos.

A las dos, después de pasar lista, 29 de los 55 presos políticos iniciában la evasión. Más de mil quinientos años de condena sumaban entre todos. Una furgoneta «Mercedes» esperaba fuera.

-Salimos con la ropa de la cárcel y nos cambiamos al final del colector. Nos encontramos con un pastor. Dos de nosotros salieron tras él, pero desapareció, igual que unos gitanos con los que nos tropezamos.

El comando exterior de apoyo -dos hombres y dos mujeres- les esperaban a bordo de la furgoneta. Después de proporcionarles armas y dinero, salen hacia Pamplona. Cincuenta kilómetros más adelante cambiarán a un «trailer» que les conducirá hasta Espinal, apenas a una hora de camino de la frontera francesa. Aseguran que los dos conductores fueron obligados a llevarles a punta de pistola.

-¿Por qué se eligió Navarra para huir?

-Creíamos que la frontera portuguesa estaría muy vigilada, porque era el camino previsto en la evasión de agosto.

Poco después de la media noche, los veintinueve fugados y los cuatro miembros del comando de apoyo empiezan a caminar. Entre ellos hay dos o tres que conocen perfectamente la zona. Van provistos de planos y, según sus cálculos, entre la una y las dos de la madrugada debían entrar en territorio francés.

-Pero no contábamos con la niebla. No veíamos absolutamente nada. Para no separamos, teníamos que ir agarrados de la mano. Luego nos hemos enterado de que a aquello le llaman «niebla negra» y sólo se produce dos o tres veces al año. De pronto vimos como un fogonazo de una linterna o algo así. Antes de que nos diésemos cuenta empezamos a oír disparos de metralleta. Oriol Solé quedó allí, con el pecho destrozado. A partir de este momento empezó la desbandada, aunque la mayoría nos tiramos hacia la parte derecha del camino.

-Era imposible orientarse -continúa el relato- Lo único que hacíamos era andar, pensando en que estaríamos caminando hacia la frontera. Después de varias horas volvimos al mismo sitio donde nos habíamos encontrado con la patrulla de la Guardia Civil. Nos tropezamos con otra patrulla y salimos de nuevo monte a través. A eso de las cinco o las seis de la mañana vimos las luces de un pueblo. No teníamos ni idea de dónde podíamos encontrarnos. En esto oímos unas voces. Eran Lascurain y Miren Amilibia. Habían estado andando toda la noche, igual que nosotros. Teníamos un chalet cerca y decidimos entrar en él. En aquel momento tanto nos daba que estuviese habitado o no. Si había alguna persona dentro, podíamos cogerla como rehén.

Después de romper un cristal, entran en la casa y comprueban que no hay nadie. Pronto se dan cuenta de que están todavía en España, pero siguen sin saber el lugar exacto.

-El guardarropa estaba bien surtido y al fin pudimos cambiar nuestras ropas, que estaban totalmente empapadas. Reconocimos la casa procurando no mover ninguna cosa de su sitio. Todo debía estar como si la casa siguiera deshabitada. No se podía encender una luz, abrir un grifo o hablar alto. Andábamos descalzos para evitar cualquier ruido. Después de cambiarnos de ropa nos fortificamos en la parte más alta del chalet con nuestras armas y algunos rifles que tenía el propietario. Los primeros días comimos algunas latas que encontramos por allí, hasta que al cuarto día descubrimos el depósito de provisiones. Bebimos vinos buenos, allí no había ningún vino corriente.

-¿Estabais enterados de lo que había pasado con los otros fugados?

-Teníamos información exacta a través de un pequeño transistor y podíamos ver la televisión. Desde el último piso veíamos perfectamente los movimientos de la calle, el paso de los «jeeps».

Aquel sábado, 10 de abril, una familia de San Sebastián fue a pasar el fin de semana al chalet vecino.

-Pensamos en algún momento en secuestrar a alguno de ellos y llevarnos el coche. Al final desechamos la idea. Decidimos esperar a los días de la Semana Santa, convencidos de que el dueño de la casa iría por allí. Pero antes de esto decidimos enterarnos dónde estábamos. Miren y Lascurain salieron un día a la calle. Sólo pudieron enterarse de que estábamos en Espinal. Nada más. Era el martes siguiente, 12 de abril, y la vigilancia había bajado.

-¿Reconocisteis al dueño de la casa cuando llegó en el coche?

-Sí, y lo teníamos todo dispuesto. Dos estaban en el garaje, otros dos en la puerta y el quinto se quedó arriba para vigilar. Metió el coche al garaje y se fue directamente al control de las calefacciones. «Aquí ha entrado alguien-», dijo. Habíamos utilizado agua caliente para ducharnos y la manilla había quedado en diferente posición. Le gritamos que se quedase quieto, que éramos de ETA. El hombre salió corriendo y fuimos detrás de él. Le metimos dentro. Estaba muy nervioso y le dimos whisky. Primero le pedimos que nos llevara a Pamplona, pero él se negó. Entonces nos llevamos el coche. Antes le atamos y le metimos treinta mil pesetas en el bolsillo (él no quiso aceptarlas). Le dijimos que era un pago simbólico y que terminaríamos de pagarle los gastos una vez que estuviéramos en libertad. Cogimos su «Simca» y nos fuimos. Todavía era de día. Había nevado mucho. No encontramos ningún control hasta Pamplona.

-¿Llevabais armas?

-Sí.

-¿Y después de Pamplona?

-A partir de ahí entramos de nuevo en la clandestinidad. Conseguimos pasar a Francia, que era lo importante.

NOS VIGILAN DISCRETAMENTE

El día 15 de abril, Jueves Santo, abandonaban el chalet. La prensa informaría doce días más tarde que los cinco se encontraban ya en Francia. El día 29 los cuatro fugitivos de Segovia se presentaban en la Oficina Francesa de Refugiados Apátridas, en París.

-Con la carta de presentación que nos dio la OFRA nos présentamos al día siguienje en la Prefectura. Tuvimos que volver a las tres de la tarde porque no tenían intérprete. Después de una declaración, nos metieron en una habitación con rejas y nos llevaron luego a la cárcel preventiva. Después de hacernos unas fotos, a las once de la noche salíamos en cuatro coches con rumbo desconocido. Nos llevaron primero hasta la prefectura de La Roche-sur-Yon, y desde aquí, a las cuatro y media de la tarde del día 1 de mayo, al embarcadero de Fromentine. Pudimos ver que había controles de carretera con radio. Supimos, por fin, que nos llevaban a Yeu. En el embarcadero nos esperaba un abogado. Hicimos constar que subíamos al barco en contra de nuestra voluntad.

La vida en Yeu es monótona. El barco es la única novedad del día. Paseos en bici y largas conversaciones llenan el tiempo. La estancia en la isla corre a cargo del Gobierno francés. Un hotelero nos dice que son noventa francos diarios de estancia y pensión. Junto a los deportados, por lo menos ocho inspectores de policía y veinticinco gendarmes que han incrementado la dotación de la isla.

-Nos vigilan discretamente.

Una vez al día, los once de Yeu tienen que pasar por la Prefectura. Esta es, de momento, su única obligación.

-¿Para cuándo esperáis que os dejen marchar de aquí?

-No hay plazo fijo, pero está claro que no hay interés por hacerlo. Estas medidas respecto a los refugiados responden a la colaboración existente entre los Gobiernos francés y español y entre las policías de ambos lados de la frontera. Las Compañías Republicanas de Seguridad establecieron un control en el lado francés para impedir que se acudiera en apoyo de los que intentaban alcanzar la raya fronteriza.

-¿Ha terminado el tiempo de la permisividad en Francia?

-Eso está claro. El motivo aparente con el que se han iniciado estas operaciones en Euzkadi norte ha sido la noticia de la desaparición de dos policías españoles, asunto éste sobre el que nada se ha demostrado. Es evidente que existe un acuerdo entre los dos Gobiernos. Mientras que aquí se nos ponen cada día más dificultades, el Gobierno español sigue tratando la cuestión vasca con los mismos métodos que emplearon los gobiernos anteriores. También la oposición, y una muestra es la campana desatada por la prensa de oposición contra el proceso político autónomo de Euzkadi y contra ETA en concreto. La Prensa divide a la oposición vasca en civilizada por un lado y en banda de asesinos y aventureros por otro.

A solas en el pequeño islote atlántico, cerradas las puertas del transbordador para salir a tierra firme, los once de Yeu recurren al teléfono y a los periódicos para mantenerse informados. Su confinamiento puede ser todavía tema de bastantes, semanas. De los once, sólo los cuatro de Segovia han mejorado su situación de semanas atrás. Aseguran que su fuga «demuestra la poca confianza que teníamos, desconfianza deteriorada por la dureza última de la vida penitenciaria». Entre los cuatro tenían más de doscientos años de condena, y no habían cumplido todavía los veinte.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 15 de mayo de 1976