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EL JUEGO INFINITO
Opinión

El tribunal del estadio

Hoy los campos son aún más difíciles de interpretar por los cambios sociales, la profanación turística y las consecuencias de los estilos futbolísticos

Fue en el Santiago Bernabéu donde aprendí que el silencio de las multitudes es sólido, consistente. En esos partidos tediosos en los que el equipo jugaba como un grupo de funcionarios, el silencio se metía en la sangre y castigaba como un grito. Como si la gente entendiera que le estábamos arruinando un buen plan: el fútbol se inventó para liberarnos del sufrimiento y de la rutina de la semana, no para agregar aburrimiento y estrés. El estadio, como siempre, es un buen termómetro social.

Pero hoy los estadios son aún más difíciles de interpretar por los cambios sociales, la profanación turística y hasta las consecuencias de los estilos futbolísticos. En general, cuesta interpretar al Bernabéu salvo en el apoteósico estallido de orgullo de las remontadas. Tampoco es fiable el ruido de fondo exagerado y cutre de las redes sociales. El hincha grita, alegre o indignado, durante un partido y el resto de la semana deja de existir, salvo en ese estadio virtual, caótico y enfermizo. En el estadio, el ruido dura noventa minutos. En redes es permanente y para nadie es un juego.

Desde hace un par de partidos, la gente castiga al equipo con pitidos incómodos que alcanzan al palco. Hemos normalizado que los futbolistas, porque ganan mucho dinero, deban aceptar los insultos. Como dice el periodista argentino Ariel Scher: “Puede ser que ganar mucho más que otros, sin explotar a nadie, lleve implícito el deber de aceptar puteadas”.

Pero, ¿qué ha enfadado al Bernabéu? La llegada de Xabi trajo la promesa de un entrenador solvente que representaba el rigor. Algunos de los jugadores más significativos no estuvieron a la altura. Tal vez porque les incomoda la monotonía táctica, que obliga a sujetar el instinto y a una cuota mayor de sacrificio. Todo eso se filtró y alteró el humor del madridismo. Cayó Xabi, apareció en escena Arbeloa y, entre ambos, llegaron dos fracasos consecutivos: derrota en la Supercopa y eliminación de la Copa del Rey.

Los pitidos parecen decirles a los jugadores algo muy sencillo: si queréis ser libres, debéis aceptar las consecuencias. O, dicho de otro modo, solo os perdonaremos si ganáis.

Puestos a interpretar, en estos momentos el estadio es un guirigay. Hay aficionados que pitan los fracasos, otros que se organizan en redes para pasarle facturas a Florentino o presentarse como alternativas políticas. Luego están los que aplauden porque se sienten identificados con el club o comprenden que este es un momento de transición; y están los que pitan o aplauden por contagio. Como escribió Alessandro Baricco: “No sería una cola tan larga si no fuera una cola tan larga”. Un fenómeno muy actual, ir donde va la gente o decir lo que dice la gente.

Estamos, en el fondo, ante una crisis colectiva inesperada. El legado que dejará Florentino no merece esta respuesta, pero los que tienen muchos años y buena memoria saben que de la ira del estadio no se salvó ni Santiago Bernabéu. El fútbol es un presente rabioso y la gente paga al contado. Gajes del oficio. Los jugadores, en cualquier caso, ya han entendido el mensaje.

También en el Metropolitano se escucharon pitidos hacia Diego Simeone en el último partido, tras un cambio que la afición no entendió. Eso abre otra lectura: la gente se cansa de todo. Es muy difícil convencer a todos, todo el tiempo. Ni siquiera Florentino y Simeone, indiscutibles si miramos con perspectiva, resisten la impaciencia futbolística de este país. Ni la historia los protege del presente.

¿Hay alguna medicina para ponerse a resguardo de esas corrientes de opinión? Solo una: ganar. Y no siempre se puede.

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