El viejo Dro
La obsesión por la precocidad en el fútbol ha arrasado también la paciencia de los jugadores y sus agentes, que prefieren buscarse la vida fuera antes que convertirse prematuramente en una vieja promesa


El chico estaba sentado en su asiento, recostado tranquilamente contra la ventanilla en el vuelo de vuelta de Arabia Saudí, donde el Barça acababa de ganarle la Supercopa de España al Real Madrid. Y aparece Raphinha, el capitán, diez años más que él y el jugador más en forma de la plantilla, con un pastelito y una vela para celebrar a 30.000 pies su mayoría de edad. Medio equipo cantando, gritando a pulmón el cumpleaños feliz. Había algo de rito iniciático, de ingreso en una sociedad adulta. Nada podía ir mejor para un canterano prometedor. Pero la cara del joven Dro, la gran apuesta de Hansi Flick en el Barça el pasado verano, no era exactamente la de alguien feliz. En el vídeo aparecía algo incómodo, arqueando las cejas todo el tiempo. Una semana después se supo qué contenía aquella melancolía.
El domingo por la noche, cuando ya hacía días que había comunicado al club que se iba, empezaron a llegar las alertas al móvil. Los titulares de L’Équipe y Le Parisien eran dolorosísimos. “El PSG se hace con la joven joya del Barça”. “Es tan bueno que recuerda a Iniesta”. “Un fichaje que escuece todavía más por la rivalidad de ambos equipos en Europa”. La prensa francesa oficializaba el fichaje por parte del club parisino de la perla de la cantera culé Pedro Fernández, conocido como Dro (siempre pienso en la electrónica perturbadora de Aviador Dro al oír su nombre). “Al Khelaifi le hace un regalito al Barça y acepta pagar algo más”, hurgaban algunos en la herida.
El fútbol encuentra hoy algunas respuestas menos evidentes en los agentes que mueven a los jugadores. Y Dro y Luis Enrique, que convenció personalmente al chico cuando tenía 17 años, comparten a Iván de la Peña, buen amigo del entrenador. También tiene el mismo agente Arnau Tenas, que fichó por el PSG hace dos años en un movimiento parecido. Da igual. Porque el Barça tampoco estuvo atento y, en realidad, ha hecho a menudo lo mismo, aunque a otra escala, comprando talento a precio de saldo en otras canteras. Siempre más pequeños, con menos dinero: la Damm, el Sant Andreu, también el Espanyol. O, directamente, al Valmiñor gallego, de donde salió Dro.
Así funciona una industria que especula con el brillo de chicos cada vez más jóvenes, niños. Todo va rápido. Y es todavía más nociva la velocidad a la que el mercado consume el relato de futuro que representan esos jugadores cuando ni siquiera han llegado cumplir ni una parte de esas expectativas. Hace dos veranos había ya varios nuevos lamines cuando Lamine, con 17 años, no es que fuera precisamente un veterano.
El propio Dro, o Iván de la Peña, debieron ser víctimas de ese vértigo en el que se ha instalado el fútbol —y el Barça en concreto— en el que si no eres titular con 18 años en un equipo con cinco Champions League es que el entrenador no confía en ti y vale más hacer las maletas. No devaluarse. Fueron promesa tan jóvenes, que envejecieron rápido, diría su epitafio. Dro había pasado del juvenil al primer equipo saltándose varias etapas. Era uno de los niños mimados de Flick, hizo la gira, fue titular en un partido crucial de Liga como el de la Real Sociedad y viajó con el equipo a la Supercopa de Arabia, donde cumplió los 18 y sopló la vela con el equipo, probablemente, convencido ya de ser demasiado viejo para seguir esperando.
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