El Camp Nou de Alexia Putellas, mucho más que un estadio de fútbol
De pequeña jugaba al fútbol en el patio del colegio, me venía arriba y decía que estaba en el ‘estadi’. La imaginación infantil no tiene límites. Si te dicen que un día podrás llegar a la luna, pues te lo crees
El autocar de la peña de Mollet, las porras improvisadas, mi padre a mi lado y mi tía un par de filas más atrás. Las anécdotas de mi abuelo repetidas una y otra vez. También mi camiseta, la primera que tuve, con el 6 y mi nombre, y la del 3 con el de mi hermana Alba, ambos dorsales, una foto de nuestras edades en el año 2000. Esos recuerdos son lo que representa el Barça para mí: un sentimiento abstracto que solo se materializa cuando piso el Camp Nou. Allí es como si pudiera tocarlos.
Es curiosa la memoria. De la primera vez que fui al estadio no recuerdo nada del partido, cuando hoy, ya como futbolista profesional, sería lo que más atención me despertaría. En cambio, jamás olvido aquel primer viaje. Tenía seis años y subí al autobús de la peña de Mollet, sentándome en el pasillo, con mi padre junto a mí. Había alboroto, emoción, la expectativa propia de quienes hacen de un club un lugar de pertenencia. Recuerdo que hicieron una porra, pero no el resultado que dije. Y hace poco mi tía me contó que creía que ese primer partido era el derbi contra el Espanyol.
Recuerdo también que jugaba al fútbol en el patio del colegio, me venía arriba y decía que estaba en el Camp Nou. La imaginación infantil no tiene límites. Si te dicen que un día podrás llegar a la luna, pues te lo crees. Ahora, más allá de un juego, no sé si me hubiese creído que algún día iba a poder jugar en el Camp Nou, si ni siquiera sabía que no había una liga femenina competitiva. Nadie nunca me lo dijo: quizás porque los adultos sí eran conscientes de lo improbable. ¿Cómo iban a incitarme a soñar con jugar en el Camp Nou si las mujeres éramos minoría en las gradas?
Pasó el tiempo y el juego de niña se convirtió en mi estilo de vida. El camino no fue fácil: me tuve que ir del Barcelona porque no había suficientes equipos, volví, el femenino se hizo profesional y ganamos la primera Champions en medio de la pandemia. Fue entonces la primera vez que pisé el Camp Nou: inmenso, pero frío. Solemne.
Al año siguiente, todo cambió. Y nada cambió: yo volvía a estar en un autocar. Esta vez, ya no con mi buff de Super3 ni para perseguir al Avi del Barça para una foto. Estaba vestida con el chándal del Barcelona e iba al Camp Nou para jugar un partido de Champions. No era un derbi, sino un clásico. Cuando el autocar pisó la Diagonal, empecé a ver a cientos de personas caminando con la camiseta del Barça. Pensé que no tenía nada que ver con nosotras, que podía ser casualidad. Pero cuando giramos por la calle del hotel Sofía y nos dirigimos hacia el estadio, ya no tuve dudas: esa cantidad de gente con bufandas al aire, banderas ondeando y cantando el himno del Barça era para nosotras.
Estaba sentada junto a la ventanilla y tenía a Jana detrás. Me giré y le dije: “No sé si tengo más ganas de jugar o de estar con la gente”.
Como era la capitana del equipo y estaba primera en la fila para salir al campo. La escalera del túnel de vestuarios es empinada y solo te permite ver un fragmento de estadio y un trozo de cielo. En cada escalón que subes, ese fragmento se hace más grande, hasta que se aparece ante ti un coliseo. En ese instante, pensé: “Vuelve, tienes que jugar un partido”. Pero no me permití emocionarme. Por respeto a la afición, por respeto a la niña que iba al campo de pequeña.
El ambiente en los partidos del femenino es distinto al de mi infancia: familias, chicas y chicos jóvenes, también personas mayores. Un público amplio, diverso, plural. Y cada vez más grande. En la previa de aquel clásico contra el Madrid, con más de 90.000 entradas vendidas en el Camp Nou, me tocó hablar en rueda de prensa: “Es el inicio de una nueva era”. Lo sigo creyendo. El Barça es un club histórico y aquella noche tuvo un eco global, en un estadio mítico para el fútbol. Un fútbol que no entiende de géneros.
Solemne o bullicioso, vacío o vibrante, desde la grada o sobre el césped, el Camp Nou es, para mí, los viajes en autocar, la adrenalina de jugar ante miles de personas, la camiseta de mi hermana, el recuerdo de mi padre. La única forma de materializar un sentimiento. Y eso es inmenso, mucho más que su estructura imponente. Mucho más que un estadio de fútbol.
Alexia Putellas es jugadora del FC Barcelona y de la selección española. Ganadora de dos Balones de Oro, un Mundial de fútbol y tres Champions League. Este artículo se publicó previamente en el suplemento Quadern.
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