Moncho Monsalve, un apasionado trotamundos
El exjugador y exentrenador fue una persona entregada, rotunda y preparada, amante de la buena mesa, cuya trayectoria gravitó en torno al gran amor de su vida, el baloncesto


Ante todo y sobre todo, el gran Moncho Monsalve, fallecido este martes a los 81 años, fue una persona apasionada. Intenso hasta decir basta, su ánimo, al menos en público, rara vez decaía, incluso cuando su delicada salud le jugaba malas pasadas (que fueron muchas) o alguna de sus múltiples aventuras como entrenador no hubiese ido lo suficientemente bien como para evitar tener que hacer otra vez las maletas. Moncho hablaba, discutía, comentaba, entrenaba, polemizaba, cambiaba de país y de equipo, volvía a su tierra y se marchaba de nuevo siempre ilusionado, dispuesto a aprovechar cualquier oportunidad para gravitar sobre el gran amor de su vida. El baloncesto.
No fue su primera elección, ya que flirteó con el atletismo hasta que fue reclutado para el Atlético de San Sebastián a los 17 años, cuentan que en los Sanfermines de 1962 por otro mítico, Josean Gasca. De forma meteórica llegó al Madrid y a la selección. Inconfundible por sus gafas, hizo muy buena carrera, ganó hasta tres Copas de Europa con los blancos, y ya en el KAS, hasta disputó nada menos que con Clifford Luyk el trofeo de máximo encestador de la liga. Su historial como jugador terminó abruptamente a los 26 años, debido a una rodilla que ya nunca le dejó en paz.
Siendo destacada su faceta de jugador, donde su legado resulta abrumador es en su faceta como entrenador. Como solíamos bromear con él, era más sencillo decir los sitios donde no había dejado huella que en los que había recalado. La lista es casi interminable. Mataró, Valladolid, Tenerife, Barcelona, Zaragoza, Málaga, Murcia, Ferrol o Cantabria Lobos son algunos de los más significativos. Pero sus límites de acción no se circunscribían al territorio español. Su tablero de juego abarcaba todo el mundo. Dirigió a Suiza, Republica Dominicana, Marruecos, Túnez y Brasil. Casi nada.
Como era de los que no podían estar parado mucho tiempo, en los periodos de entreguerras lo mismo daba un clínic que se transformaba en analista radiofónico o televisivo. A todo ello se aplicaba con pasión y rotundidad. En sus explicaciones no cabían las medias tintas. Cualquier jugador, equipo o situación se podía condensar en un par de frases. Se jactaba también y de forma simpática, de conocer a prácticamente todos los jugadores del mundo. Le preguntabas por quien fuese, y Moncho sabía quién era y donde y como jugaba. Cuenta la leyenda que buscándole las vueltas, una vez le pidieron opinión sobre John Smith (marca de zapatillas clásicas de los 80) y que él contestó: “John Smith? Alero blanco, muy buena mano. Discreto defensor”. En otra de sus intervenciones muy señaladas, fue requerida su opinión sobre un jugador español físicamente poderoso pero discreto en talento. Moncho no dudó: “Gran atleta. Impresionante físico. Lástima que se haya dedicado al baloncesto”.
Bromas aparte, tuve la suerte de cruzarme con él durante muchos años, y siempre me resultaba placentero el encuentro y la conversación, donde no faltaba casi nunca el recuerdo hacia mi padre, con el que había compartido grada durante un campeonato de España de tercera división que disputé en Valladolid. Amante de la buena mesa, lo mismo podías debatir con él cualquier cuestión baloncestística que hacer una lista de los mejores restaurantes de Murcia y lo que debías probar en cada uno de ellos.


























































