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GALLINA DE PIEL
Opinión

Hiroo Onoda y la Superliga

El Real Madrid, abandonado ya por todos sus socios, parece convencido todavía de sacar adelante el proyecto de competición europea privada, como aquellos japoneses que siguieron luchando años después del final de la II Guerra Mundial

Florentino Pérez y Joan Laporta, el pasado octubre en el Bernabéu. SERGIO PEREZ (EFE)

La II Guerra Mundial terminó en agosto de 1945. O, al menos, así lo dictaminó la rendición de Japón. En la espesura húmeda de ciertas islas del Pacífico, sin embargo, entre raíces, lianas y lluvias impenitentes, la guerra siguió transpirando sufrimiento durante décadas. Al menos para un grupo de combatientes nipones, inconformistas y militantes de esa idea romántica que impide entregar las armas, que siguió luchando en la selva tres décadas más. Cuando los aliados habían desembarcado, el teniente Hiroo Onoda y otros tres soldados se refugiaron en las colinas e iniciaron su personal resistencia, porque la capitulación no estaba en sus instrucciones de uso. “Recibí una orden”, alegó muchos años después.

La historia de los rezagados japoneses es una de esas fábulas reales que sigue explicando determinados comportamientos humanos ante la finitud de algunas experiencias. Hombres que no supieron —o no quisieron saber— que la guerra había terminado y se rebelaron contra el destino. Algunos ecos de la hazaña japonesa resuenen ahora en el final trágico y heroico del proyecto de la Superliga que Florentino Pérez y el Real Madrid se resisten a abandonar después de que lo hayan hecho ya los últimos compañeros de trinchera.

El FC Barcelona formalizó el pasado sábado su salida del plan empresarial para crear una competición europea cerrada, más rentable para los clubes y en la que iban a quedar excluidos los equipos de menor envergadura. El Barça era el último compañero de armas que quedaba junto al Real Madrid en aquella jungla espesa y húmeda después de la desbandada que hubo nada más correrse el telón del proyecto en abril de 2021 en el programa El Chiringuito. Manchester City, Atlético, Milan, Inter, Juventus, Tottenham, Manchester United, Chelsea, Liverpool…

La Superliga terminó prácticamente al día siguiente de ser presentada. O así lo dictaminaron también los vencedores, o sea los clubes británicos y sus aficiones, que salieron a la calle capitaneados, nada menos, que por la Reina de Inglaterra, apasionada de la Premier League. También de su poder transformador, del fútbol de barrio. De la grada. El entonces primer ministro, Boris Johnson, recibió la llamada del Palacio de Buckingham, olió el fervor popular en contra y se puso a rebufo con amenazas a los clubes. Incluso echando mano de una “bomba legislativa” si era necesario. Y ahí se acabó todo. Aunque la mitad de los clubes británicos fueran de propiedad estadounidense, como el espíritu de la idea y el banco que iba financiar la competición.

Los motivos por los que el Barcelona permaneció ahí hasta el sábado, sabiendo ya que la guerra había terminado y dando carrete a aquellos combatientes rezagados, solo los conoce Joan Laporta, que comenzó su mandato de la mano de Florentino y, a dos días de dimitir para presentarse de nuevo a las elecciones, se la soltó. Es evidente que fue muy útil para lidiar con la deuda del club (aquí aparece otra vez el mismo banco de la Superliga), buscar palancas e, incluso, inscribir a Dani Olmo con la intercesión del presidente del Real Madrid con el presidente del Consejo Superior de Deportes (CSD), José Manuel Rodríguez Uribes. Y Laporta, después de cinco años, a las puertas de las elecciones, necesita marcar perfil propio y ponerse de nuevo la bufanda.

La Superliga, en todo caso, son ya aquellos soldados en la húmeda y frondosa selva iluminados por la vieja promesa de una gran victoria final. De aquellos 12 clubes europeos partidarios de crear una nueva competición que iba a salvar al fútbol, ya solo queda uno. Si yo fuera Ceferin, teniendo en cuenta cómo están las cuentas de determinadas instituciones y mientras permanezca uno solo de aquellos románticos combatientes en medio de la jungla, no cantaría victoria.

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