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Muere Arsenio Iglesias, el carismático entrenador del Deportivo, a los 92 años

El técnico gallego, un personaje incomparable al que llamaban brujo, sabio y zorro, fue el arquitecto del Superdépor con el que conquistó una Copa del Rey y rozó el título de Liga

Arsenio Iglesias, en el estadio de Riazor en La Coruña, en marzo de 1994.
Arsenio Iglesias, en el estadio de Riazor en La Coruña, en marzo de 1994.Chema Conesa

Arsenio Iglesias Pardo, santo y seña del Deportivo, murió este viernes en A Coruña a los 92 años. Es el adiós de un personaje incomparable, jugador y entrenador al que llamaban brujo, sabio y zorro. Él decía que no era ninguna de las tres cosas. “Si acaso zorro, porque a veces no aclaro bien los motivos por los que hago las cosas”, confesaba.

Hace siete años, un 14 de mayo, la misma fecha en la que Djukic falló un penalti eterno, Arsenio saltó al césped de Riazor en el descanso de un partido contra el Real Madrid y en los videomarcadores comenzaron a brotar saludos de exjugadores que detallaban aquellos aspectos de la vida en los que habían recibido una enseñanza suya. Cuando apareció Bebeto, el veterano zorro canoso avanzó hacia una de las gigantescas pantallas con el ademán de ir a darle un abrazo al goleador brasileño. Para entonces, a más de medio estadio le caía una lágrima. Miles de deportivistas habían visto pasar por delante su vida. La gente se consideraba vinculada a aquel hombre que encarnaba todas las virtudes del gallego fetén: era laborioso, honesto y pleno de retranca e ironía, un descreído que desmontaba la pamplina a base de sentido común y resumía su libreto futbolístico en tres palabras: “Orden y talento”. Cuando en su apogeo, a mediados de los noventa, un grupo de reporteros llegados del extranjero se acercó a Riazor a preguntarle por su método de trabajo, les replicó: “La prudencia. No he encontrado uno mejor”.

Arsenio
Arsenio Iglesias, a hombros de sus jugadores, mostraba la Copa del Rey que su equipo consiguió al derrotar al Valencia en la final celebrada en Madrid en 1995.GARCIA CAMPOS (EFE)

Arsenio encarnaba además la esencia del Deportivo, tantas veces vapuleado, pero siempre digno. “Estoy harto de los ganadores natos”, decía. En 1951 se alistó por primera vez con el equipo. Tomaba a diario el trolebús que unía A Coruña con la vecina localidad de Arteixo, su pueblo natal que hoy es el pujante entorno en el que se afincan empresas como Inditex, pero donde Arsenio recordaba que en su infancia se contaban historias sobre la Santa Compaña en un entorno rural. En aquel contexto creció un delantero polvorilla que logró asentarse en un Deportivo que venía de ser subcampeón de Liga y trazó una carrera de corto de más de 300 partidos, la mayor parte de ellos en la máxima categoría. Con todo, el preludio de su gran legado al fútbol, su periplo como entrenador.

Llegó a los banquillos recién colgadas las botas para tomar las riendas del filial del Deportivo, al que adiestró en tres etapas, la primera entre 1970 y 1973. Pasó por Hércules, Zaragoza, Burgos, Elche y Almería. Una carrera dignísima, pero sin excesivo relumbrón hasta que en a finales de los ochenta aceptó una oferta del Compostela para entrenar en Tercera División. Tenía 57 años y parecía ya de salida, pero le llegó una última llamada del Deportivo, que estaba a un paso de caer a Segunda B, y que a la postre salvó la categoría en la prolongación del último partido. “Arsenio, llegó el día D”, le habían preguntado antes del partido. “Sí, hombre, sí. El día de ganar”. Todo lo que ocurrió a partir de ahí fue extraordinario. Augusto César Lendoiro llegó a la presidencia del club y esa misma campaña, ya con la batuta de Fran con el diez a la espalda, el equipo cayó en la prórroga de las semifinales de Copa en un polémico duelo en Valladolid. En 1991 llegó el ascenso, tras casi dos décadas lejos de Primera División y un adiós momentáneo de Arsenio, que hastiado por la presión de llegar al éxito con el equipo de su corazón prefirió dar un paso al lado.

Arsenio Iglesias daba indicaciones a Chendo y Raúl en presencia de Zamorano y Redondo, en el primer entrenamiento del gallego con el Real Madrid, en 1996.
Arsenio Iglesias daba indicaciones a Chendo y Raúl en presencia de Zamorano y Redondo, en el primer entrenamiento del gallego con el Real Madrid, en 1996.Santos Cirilo

Tuvo que regresar. Una tonadilla que se popularizó en el fondo de Riazor resumió aquella epopeya en el epílogo de su carrera, la que llevó al equipo desde las catacumbas del fútbol español a lucirse en Europa. “Hay un hombre en Riazor al que todos tratan como un cabrón / nadie se quiere acordar que él fue quien nos ascendió, nos salvó en la promoción y a la UEFA nos llevó / Tribuna menos criticar, dedicaros a animar / Arsenio tú nunca te irás, con los Blues siempre estarás / Este canto es para ti, venga todos a cantar: Arsenio quédate, Arsenio quédate, Arsenio quédate!.

Arsenio se fue. Lo hizo como lo que siempre fue: un triunfador. En el último de sus 714 partidos como entrenador o jugador del Deportivo alzó la Copa del Rey y protagonizó una larga charla con Juan Carlos I en mitad de todo el ceremonial. “¿De qué hablasteis?”, le preguntaron luego en casa. “Hablamos de cosas de Estado”, zanjó. Poco tiempo después tuvo un efímero paso por el Real Madrid. Nunca se sintió cómodo lejos de los suyos, abrazado a esa retranca que sublimó como pocos. Como cuando Julio Salinas le pidió en la cena tras perder un partido en el Carlos Tartiere un poco de bonito para animar una ensalada. “Bonito, bonito... Lo bonito era ganar en Oviedo, Julio”.

“En esta época parece que los ladrones andan detrás de los que roban”, explicaba en aquellos años frenéticos, en los que se convirtió en una celebridad y mostró su esencia, que en realidad era la del deportivismo. “Yo ya venía llorado de casa”, resumió tras el penalti que falló Djukic y que le dejó a la orilla de una Liga. Arsenio era el gallego desconfiado que pedía sosiego para advertir de que todo lo que podía salir mal a veces resultaba peor. “Ojo a la fiesta, que te la quitan de los fuciños, pero inmediatamente”, había avisado poco antes de aquel abrupto final que resumió con una sentencia cuando entró a la sala de prensa mientras en Barcelona festejaban la Liga que aguardaba celebrar toda Coruña: “Mucho que decir y poco que contar”.

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