Hilaree Nelson y Jim Morrison, la pareja que buscaba paz y respuestas en las cimas

La esquiadora de montaña, fallecida en el Manaslu, y su novio sufrieron años atrás dramas vitales que habían destrozado unas vidas que ahora trataban de recomponer

Hilaree Nelson y James Morrison, en 2018 en Katmandú.
Hilaree Nelson y James Morrison, en 2018 en Katmandú.Niranjan Shrestha (AP)

Al girar bruscamente el sendero, pudo ver el parking atestado de vehículos aparcados junto a un par de bares, el lugar desde el que había partido a pie, cargada con su mochila y sus tablas de esquiar tres días atrás. La carretera asfaltada, el primer pueblo, más cemento y, de nuevo, la vida corriente allí abajo. Hilaree Nelson se sintió incómoda y notó que algo había cambiado en su cabeza: cierto rechazo hacia la vida civil y una fuerte añoranza del mundo que había dejado arriba, las montañas. Muchas carreras de alpinistas empiezan así y, en muchos casos, las montañas se acaban convirtiendo en un refugio. Sin ir más lejos, Jim Morrison, mismo nombre y apellido que el cantante de The Doors, uno que sintió exactamente lo mismo en otro escenario. Entonces, no conocía siquiera a Hilaree, pero ambos siguieron un camino paralelo, casi calcado, convirtiéndose en grandes especialistas del esquí extremo, primero compitiendo y después llevando a las grandes montañas el compromiso del esquí y el alpinismo. En 2018 vivieron un sueño, el punto álgido de sus carreras: fueron los primeros en esquiar el Lhotse (8.516 m) y merecieron un reconocimiento unánime. Dos años después, la revista Sports Illustrated publicó su historia, mucho más alucinante que cualquiera de sus descensos.

Cuando se conocieron, tanto Hilaree como Jim luchaban por seguir vivos. Ahora, Hilaree ha fallecido y Jim deberá fabricarse nuevos motivos para seguir adelante. El cuerpo de la esquiadora norteamericana fue hallado este martes, dos días después de caer por la vertiente sur del Manaslu (8.163 m), la última gran cima lograda en su carrera. Aquí dibujó los últimos giros de esquí hasta que algo la hizo perder el control y caer. Tenía 49 años y dos hijos, Quinn y Grayden, de un matrimonio que hizo aguas azotado por un drama.

Hilaree Nelson se había formado como guía y conducía clientes en salidas de esquí de montaña. Lo que debía haber sido una salida rutinaria de heliesquí, se convirtió en el punto de giro de su vida. Al cruzar un puente de nieve sobre un arroyo, una de sus clientas dudó, se trastabilló y acabó en el lecho del mismo cabeza abajo. Cuando la rescataron, se había ahogado ante la mirada horrorizada del resto de clientes, entre ellos su novio. Nadie culpó a Hilaree: ni la policía, ni la prensa, ni el novio, agradecido porque intentó salvar a su pareja. Pero Hilaree sí asumió la culpa. Toda la culpa y más, de forma tan desproporcionada que esta empezó a corroerla, sumiéndola en un torbellino autodestructivo de rabia. Se enganchó a la farmacia, se alejó de la escalada, del esquí y de su marido. Nada le permitía recuperar cierto aplomo, certezas, seguridad. Tambaleándose, viajó hasta Nepal para enfrentarse al Makalu (8.485 m) y esquiarlo. Un miembro del equipo era Jim Morrison, un desconocido para ella, aunque patrocinado también por The North Face.

Un accidente fatal de avioneta

El matrimonio feliz de Jim Morrison no hizo aguas. Simplemente se desintegró. Su mujer, piloto de avión, regresaba a su casa de California al mando de su avioneta con sus dos hijos a bordo cuando la nave se estrelló. Nadie sabe por qué. Debía haberlos acompañado, pero tenía tanto trabajo que le resultó imposible. El detalle que salvó su vida, lo estaba matando. Después de intentar en vano descubrir qué propició el accidente, de visitar varios terapeutas, de arrastrarse de dolor, delegó en su empresa de construcción y se profesionalizó como esquiador. “Porque aunque ya no tengo un propósito en la vida, quitármela no les haría sentirse orgullosos de mi. Así que viviré la vida en su honor”, dijo en el funeral de su familia. No fue tan sencillo: la culpa también le visitaba para torturarle a diario. No es casualidad que en el Makalu, dos desconocidos acabasen confiándose el uno al otro: ¿quién hubiera podido entenderles mejor?

Tras la expedición, fallida, cada cual regresó a su rutina. Hilaree Nelson se divorció y se alejó de las expediciones, pero no de la montaña, para cuidar de sus hijos y reconstruirse. La amistad con Morrison floreció y con esta llegaron los planes, los sueños, los retos: en 2017 esquían juntos 14 corredores extremos en Telluride (EEUU), el Papsura (India) o el Denali (Alaska) tras escalar la vía Cassin. Un año más tarde asombran al mundo al esquiar los 2.000 metros del corredor del Lhotse. En ese momento, ya son pareja y las enormes heridas del pasado siguen doliendo, especialmente en el caso de Morrison, que necesita regresar una y otra vez a las cimas, el único lugar que tiene sentido para él, el lugar donde encuentra cierta paz porque su hogar es una suma de habitaciones vacías donde los recuerdos le persiguen en procesión. A esas alturas, Morrison es un yonqui de las montañas.

Jim Morrison traslada del cuerpo de Hilaree Nelson de un helicóptero al hospital de Katmandú (Nepal), este miércoles.
Jim Morrison traslada del cuerpo de Hilaree Nelson de un helicóptero al hospital de Katmandú (Nepal), este miércoles.Niranjan Shrestha (AP)

Otros límites más severos

Las responsabilidades familiares permiten a Hilaree centrarse y las expediciones le suponen un chute de ilusión, una renovada fuerza vital. Siempre con los pies en la tierra, sigue los proyectos fabulosos que le propone Jim, que en ese momento ya ha escalado y esquiado el Everest (8.848 m) y el Cho Oyu (8.201 m). Ambos siguen buscando respuestas en la montaña, pero lo único que saben es que juntos están bien, incluso cuando la tensión de sus empresas a ocho mil metros los pone a prueba, al límite. Salen airosos porque vienen de cruzar otros límites más severos.

En el Manaslu, había una cosa que ambos compartían: la certeza de que sus carreras en la élite había iniciado una cuenta atrás. Hilaree esperaba que sus hijos supiesen más acerca de su individualidad, de la personalidad de una madre atípica, poder explicárselo cuando se hubiese retirado. Morrison solo anhelaba encontrar la paz. Ver su imagen en el telediario portando en brazos el cuerpo de su amiga, compañera de cuerda y pareja es una imagen insondable a poco que uno trate de colarse en su piel. ¿Seguirá encontrando refugio en las montañas?

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