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El Montañista
Coordinado por Óscar Gogorza

El destino trágico de Maciej Berbeka: el círculo fatal de su obsesión por subir al Broad Peak

Netflix ofrece una producción notable sobre el alpinista polaco, una de las leyendas del himalayismo en su país, que persiguió durante 25 años una cima que se le resistía

A la izquierda, Pawlikowski al lado de Berbeka tras firmar ambos el primer ascenso invernal del Cho Oyu en 1985.

Si la vida, como suele decirse, discurre en círculos, la circunferencia vital del alpinista polaco Maciej Berbeka fue diseñada por una montaña: el Broad Peak (8.047 metros). La historia grandilocuente del alpinismo esconde anónimas historias sublimes donde gloria, vergüenza, dolor y pasión se mezclan de forma tan novelesca que, a ratos, generan películas tan sencillas y notables como la que ha estrenado recientemente Netflix bajo el título Broad Peak, la dirección de Leszek Dawid y la vida de Maciej Berbeka como excusa. Resulta curioso que un trabajo tan elegante y revelador de los seísmos internos que genera el amor por las cimas conviva en la misma plataforma con el documental de Nirmal Purja (Los 14 ochomiles), una oda descafeinada al ego y al consumo de un cierto ¿montañismo?.

En 1988, el himalayismo polaco vivía años desenfrenados: encerrados en casa por su régimen, cuando al fin lograron abrir las puertas y descubrir el Himalaya, todas sus grandes cimas había sido escaladas, así que los alpinistas polacos decidieron volver a escalarlas, pero en invierno, un notable giro de tuerca. Después de adjudicarse en la estación más fría casi todos los ochomiles de Nepal, se giraron, voraces hacia los cinco ubicados en el Karakoram de Pakistán. Empezaron por el K2, pero fue demasiado (hay que tener en cuenta que la primera invernal al K2 llegaría en 2021), y cuando se intuía un fracaso en la segunda montaña más elevada del globo, Maciej Berbeka y Aleksander Lwow pidieron permiso para intentar el vecino Broad Peak con lo puesto.

Retrato de Maciek Berbeka en 2013.
Retrato de Maciek Berbeka en 2013.

En pleno invierno, con una mochila por cabeza, sin cuerdas fijas, ni sherpas, ni oxígeno embotellado, ni otra cosa que su voluntad, se lanzaron ladera arriba en un estilo impecable, valiente, desnudo. Tanta exposición fue demasiado para Lwow, quien prefirió abortar el ascenso. Berbeka no encontró motivos para renunciar, alcanzó el collado que separa la cima central de la verdadera y siguió escalando, pese al viento y al frío inhumano, sin ver casi nada. De pronto, el suelo perdió inclinación: tenía que estar en la cima. Así lo anunció a sus compañeros a través de la radio: estos le felicitaron e imploraron para que descendiese de inmediato. Su vida dependía de ello. (Aviso: spoilers. Los lectores que no deseen conocer el desenlace de la historia deberían dejar de leer en éste punto).

En el campo base sabían que los tiempos de ascenso no se correspondían con la longitud y dificultad del terreno: Berbeka no estaba en la cima, sino en la antecima, 17 metros de desnivel más abajo, pero a una hora de marcha hasta el punto culminante. Pero escogieron mentirle, a sabiendas de que trataría de alcanzar la cima, aunque perdiese la vida en el intento. Berbeka pasó dos noches en un agujero en la nieve y descendió en las últimas gracias a su determinación y experiencia y a la ayuda de sus compañeros, quienes no supieron mirarle a la cara y reconocer que le habían mentido. Cuando la verdad salió a la luz, tres meses después, Berbeka creyó enloquecer. En ese momento, era una de las grandes estrellas del himalayismo polaco con dos primeras invernales a ochomiles: el Manaslu en 1984 (con Ryszard Gajewski) y el Cho Oyu en 1985 (con Maciej Pawlikowski).

No tenía nada que demostrar, salvo que no era un mentiroso, ni un fraude. Pero su reputación, a sus ojos, quedaba maltrecha, una mancha que le perseguiría de por vida y que le alejaría de las expediciones nacionales polacas. Nada le apartó de la montaña, sin embargo: escalaría el Everest y el Annapurna y trataría de conquistar en invierno el Nanga Parbat hasta que a principios de los años 90 del pasado siglo se retiró de la escena internacional para centrarse en su trabajo como guía de alta montaña.

En 2010 resurge en Polonia el fervor por conquistar nuevos ochomiles en invierno: ya solo quedan los cinco ubicados en el Karakoram (Pakistán) y se crea entonces el Winter Polish Himalaya, un equipo que desea mezclar jóvenes talentos como Adam Bielecki con leyendas como Berbeka o Wielecki. De pronto, en 2013, Berbeka se ve ante una oportunidad única de regresar al Broad Peak. Tiene 59 años y han pasado 25 desde que confundió cima con antecima. 25 años masticando una desazón, un sentimiento de vergüenza tan injusto como irracional. Cree que ha llegado la hora de cerrar un círculo alrededor del Broad Peak. Un círculo que ha sido una soga que le asfixiaba por las noches.

El 5 de marzo de 2013, cuatro alpinistas polacos alcanzan por turnos la cima del Broad Peak, sin equívocos esta vez: nadie lo había logrado hasta esa fecha. Solo dos sobrevivieron. Esa noche, Adam Bielecki y Artur Malek esperaron hasta la desesperación el regreso de Maciej Berbeka y Tomasz Kowalski a la tienda del último campo de altura. La noticia fue una verdadera conmoción en un país acostumbrado a venerar a sus héroes. También derivó en una agria polémica: ¿acaso no debían haber ido los cuatro alpinistas de la mano? ¿no se esperan unos a otros? ¿por qué no abortaron cuando supieron que llegarían casi de noche a la cima? Las preguntas señalaron especialmente al joven Bielecki, el más rápido en subir y en regresar a la tienda del último campo de altura: “¿Quién soy yo para decirle a una leyenda del alpinismo lo que ha de hacer? Creo que nadie hubiera impedido que Maciej alcanzase la cumbre”, confesaba a este periódico en una entrevista en 2014.

Ese día, los cuatro alpinistas desoyeron los consejos dictados desde el campo base por el no menos legendario Krzysztof Wielicki. Avanzaban con demasiada lentitud. Entonces decidieron desencordarse y buscar la cima por separado. Con la cima en su bolsillo, Bielecki se cruzó de bajada con sus tres compañeros: “Pensé en disuadirles, en decirles que tenían que bajar conmigo, pero no lo hice y ahora me arrepiento. Recuerdo que me giré y les vi muy cerca de la cima; miré al sol y vi que se estaba poniendo y pensé que estábamos con la mierda hasta el cuello y que íbamos a bajar de noche, así que mejor bajar todos con la cima porque unos minutos de más o de menos no iban a alterar nuestra realidad. Lo mejor hubiera sido convencerles, pero no lo pensé. Sigo sin saber si tengo derecho a forzar a alguien a abandonar en su camino a una cima. Es duro asumirlo”, reconocía.

Cuatro meses después hallarían el cuerpo de Tomasz Kowalski cerca del collado, a unos 7.900 metros de altitud. Se cree que el de Maciej Berbeka se halla en el fondo de una grieta vecina, muy cerca de los pensamientos oscuros que le mantuvieron anclado al Broad Peak durante 25 años.

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