Pogacar no se cansa de arrasar a sus rivales en el Tour de Francia

El esloveno, de amarillo, bate a Jonas Vingegaard en la Super Planche des Belles Filles y gana aumentando la ventaja en la general por segundo día consecutivo

Pogacar celebra su victoria en la Super Planche des Belles Filles ante un Jonas Vingegaard derrotado.
Pogacar celebra su victoria en la Super Planche des Belles Filles ante un Jonas Vingegaard derrotado.MARCO BERTORELLO (AFP)

Surgiendo de la nada, como las criaturas mitológicas, saliendo de una nube de polvo, Tadej Pogacar asciende a la cima. El primero. Again. El niño esloveno domina todos los elementos. Los dirige a su antojo. Un niño caprichoso ante el mostrador de un kiosco de chuches. Todos los placeres le están permitidos. Lluvia, calor, viento, aire, polvo. Tierra, asfalto, pavés. Es mejor que los contrarrelojistas diplomados en la contrarreloj, mejor que los pedrícolas en los pedruscos, mejor que los señores de los repechos en las cuestas cortas, mejor que los escaladores, mejor que Jonas Vingegaard, el único que le desafía, y le obliga a alcanzar su límite, en el primer puerto de montaña, en la muy espectacular Superplanche des Belles Filles, su jardín, el infierno de los otros. La desolación de la nada en la tierra de los cerezos amargos y del kirsch.

El Tour es un estado de ánimo. Pogacar, 23 años, es la estupefacción permanente. Séptima etapa. Un tercio. Dos semanas le quedan a los rivales para evitar que la delgada línea de la esperanza llamada Vingegaard desaparezca tragada por los Alpes, por los Pirineos, por la última contrarreloj. Queda todo el Tour y pese a todos los golpes que ha asestado el esloveno que gana prácticamente todo lo que corre, el danés solo está a 35s en la general. El soft power de Pogacar, diría alguno, y de banda sonora el killing me softly de Roberta Flack, si el concepto no fuera una contradicción en sí. Su sonrisa. “Pero no”, dice Pogacar, y se mira las mangas de su brillante maillot amarillo, un color a la medida de sus ojos claros, de su pelo rubio rebelde, y las mejillas coloradas. “Vale, he ganado dos etapas y estoy de líder, pero el Tour no ha terminado. Tengo rivales muy fuertes que están muy cerca, quedan todas las grandes montañas. El Tour está abierto, pero tengo mucha confianza en mí. Haré todo lo posible para defender el maillot”.

Es Merckx y no asusta, es Armstrong y no aterroriza. Deprime. Transforma la esperanza en frustración, la rebeldía en sumisión, en todo caso. Sonríe y desafía. A que no me puedes. La nada es el final del primer escalón de La Planche. Una línea de asfalto negra. Una arboleda al fondo, un cambio de rasante al 22% del que surge, primero la cabeza, el casco, luego el resto del cuerpo, y la bicicleta, Lennard Kämna. Está en fuga desde el principio. Hace un año decidió que no quería ser la esperanza alemana para suceder a Jan Ullrich. Mucho sufrimiento, dijo. No es vida. Se tomó unos meses de descanso alejado de la vida. Volvió imponiendo a su equipo, el Bora, de que nunca disputaría la general de una carrera, que solo buscaría ganar etapas. Cumplió en el Giro, en el Etna de Juanpe rosa. En el Tour elige un mal día para cumplir.

Apenas 30s después, de la misma nada, surge Rafal Majka, el polaco que juega con Pogacar, y se ríen juntos. A su rueda, el niño esloveno. Detrás, calculando y el corazón a 200, todos los favoritos. Majka es el séptimo corredor del UAE que hace un relevo en la cabeza en una etapa que el equipo de Pogacar ha querido controlar a toda costa. Antes han trabajado Hirschi, Laengen, Bjerg, Soler, el rey del llano, kilómetros y kilómetros manteniendo la fuga a tres minutos --y en la fuga iban corredores fuertes, Teuns, ganador hace tres años en la Superplanche, Ciccone y su Pedersen, otro Bora con Kämna, otro alemán, Geschke, un navarro, Erviti, y no se toman ni un respiro--, y luego, ya subiendo, los especialistas, McNulty, Bennett, y, finalmente, Majka. “Llevaba meses pensando en ganar esta etapa, planificándolo todo”, dice Pogacar, que hace dos años le ganó en estas mismas cuestas el Tour a su compatriota Roglic en una contrarreloj en la que nació su mito, surgido de la nada de la Planche. “Mi padre estaba al pie del puerto, mi novia, Urska, a un kilómetro… Es un puerto muy importante para mí. Quería ganar costara lo que costara”.

Pasada la novia agitada, Majka esprinta, el último aliento, acerca todo lo que puede a su amigo al alemán que ya empieza a tragar el polvo de la última cuesta, que quita el hipo. 33s de ventaja. Menos de 200 metros. Pogacar, impaciente, le obedece. Acelera, acelera, y cuando está ya pensando que se ha quedado solo, de su rueda surge Vingegaard, fortísimo. El duelo. El desafío. El sprint que nunca querría perder Pogacar. Kämna es un figurante que sale movido en la foto cuando le pasa volando el danés, y luego Pogacar. No quiere perder. No pierde. “Ufff”, dice. “Me ha costado muchísimo. Jonas es un rival duro. Me ha obligado a llegar a mi límite”. Ambos han subido la Superplanche, 7 kilómetros al 8,7%, en 19m 26s (a 21,6 por hora), medio minuto menos que el récord del lugareño Thibaut Pinot. El último kilómetro, el de la tierra, al 9,5%, a 23,1 kilómetros por hora. Detrás de ellos, los demás, y Enric Mas, a 21s. El mallorquín, junto a media docena de corredores más, corre el Tour de la resistencia del que cada día se borra alguno. En la Planche flaquearon O’Connor, ya distante, Vlasov y Nairo. Mas ya es noveno en la general. Su Tour acaba de comenzar.

El de Pogacar está en la cima. Pasado el pelotón, el polvo se desvanece. Los robles brillan. Pogacar desciende feliz.

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Sobre la firma

Carlos Arribas

Periodista de EL PAÍS desde 1990. Cubre regularmente los Juegos Olímpicos, las principales competiciones de ciclismo y atletismo y las noticias de dopaje.

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