EL JUGADOR QUE DESLUMBRÓ A...

Zubizarreta: “Por Iribar me llevé un bofetón”

El jugador con más partidos en LaLiga recuerda “ver” al Chopo a través de los “ojos” de la radio

Iribar en San Mamés, en 1967.
Iribar en San Mamés, en 1967.Raúl Cancio

Era el partido de despedida de Txetxu Rojo, en 1982, y el Athletic invitó a la selección de Inglaterra a San Mamés. “Tú tranquilo, se supone que perderemos, juega a tu aire”, le dijo el preparador de porteros a Andoni Zubizarreta (Vitoria, 58 años), por entonces con 20 años y con todo por demostrar tras un primer año irregular bajo los palos. “Ese día me salió muy bien y diría que hasta cambió mi trayectoria”, señala Zubi.

Tanto que en el estadio se oyó un soniquete que tantas veces había cantado, aunque en esta ocasión estaba un poco cambiado: “Zubizarreta es cojonudo, como Zubizarreta no hay ninguno”. Era el himno que se musicalizó para José Ángel Chopo Iribar (Zarautz, Gipuzkoa; 77 años), sacado a hombros del estadio pese a perder la final de Copa de 1966 frente a los Cinco Magníficos del Zaragoza (2-0). Era, también, el ángel volador —apodo que le puso la prensa británica en 1968 tras consagrarse en Anfield en una ronda de la Copa de Ferias— y, casualidad, era el preparador de Zubizarreta en el Athletic. “Cuando hablo de fútbol, Iribar es el referente”, resuelve el hoy director deportivo del Marsella.

Criado en Aretxabaleta, la denominada Gipuzkoa profunda, obrera y forjadora, con más relación comercial con Bilbao que con San Sebastián, Zubizarreta compartió la predilección y la cultura de la zona por los porteros. Devorador de las crónicas sobre el Athletic de José María Múgica en La Gaceta del Norte, pronto idolatró a Iribar. “No lo observé en directo más que cuatro o cinco veces, pero escuchaba la radio, lo veía a través de los ojos del periodista… Yo me lo imaginaba indestructible, imbatible”, recuerda Zubizarreta; “pero no sabía si era el mejor o peor porque estaban Maier, Mazurkiewicz, Zoff, Banks, el final de Yashin… No los veía. Con el tiempo, Ángel me dijo una gran verdad: ‘Nosotros éramos porteros de imaginación”.

Vestido de negro riguroso, como si condenara a los delanteros antes de tiempo, Iribar expresaba verdades absolutas como que no le daba miedo salir por arriba, que con el lanzamiento de mano llegaba a más del medio campo —virtud que le vio en su día Piru Gaínza para ficharle por el Athletic—. Las palomitas se las reservaba para cuando hicieran falta, pues con sus brazos largos y manos gigantes apartaba los balones del ángulo con humildad franciscana. Todo eso lo sabía Zubizarreta de niño, que veraneaba en Zarautz y no se resistió a andar unos tres kilómetros por la playa hasta encontrarle. “Me quedé a 50 metros”, recuerda; “y cuando volví, feliz por la experiencia, me llevé un buen sopapo por el susto que les había dado a mis padres”.

Un tiempo más tarde, sin embargo, ya en una zapatería de la localidad veraniega, se lo encontraron de nuevo y su tía le animó a pedirle un autógrafo. “A mi amigo Andoni, de corazón”, garabateó Iribar en euskera y en la tarjeta del recinto. “Claro que conservo el autógrafo, por supuesto”, dice el exportero del Athletic, Barça, Valencia y La Roja.

De orígenes campesinos, Iribar fue adorado por el país por sus atajadas como por su saber estar. Se lloró y rezó por él cuando casi pierde la vida por el tifus y se le vitoreó con la primera Eurocopa de España (1964), entonces con apenas 21 años y rompiendo todos los moldes porque en la época se premiaba la veteranía. Pero también se granjeó por un tiempo enemistades por sacar una ikurriña en un derbi con la Real Sociedad de forma conjunta cuando por entonces la bandera era ilegal —no le dejaron jugar, presuntamente, el partido 50 con la selección española por su ideología—, además de por formar parte de la mesa electoral de Herri Batasuna en 1978 para tratar los deportes.

Iribar, sin embargo, siempre prefirió el balón. “Decidió tener su posición y a mí no me cambió nada. Fue consecuente con su forma de entender la vida. Cuando le hicieron su homenaje de despedida, decidió que la recaudación fuera para hacer la enciclopedia vasca del deporte o cuando me traspasaron al Athletic, si hice que pagaran (estaba libre) fue porque me enseñó sus valores”. Pero esa foto con la ikurriña marcó a Zubizarreta, pues cuando Iribar le preguntó cómo se vestiría en el Athletic, le negó el negro porque ese era su color. Así que cogió el verde. “El color que llevaba en esa foto”, explica.

Justo cuando Zubizarreta fichó por el Barça, Iribar asumió las riendas del Athletic. “Es lo único que nos ha faltado”, asume. Pero tiene su amistad, granjeada con el paso de los años, sobre todo cuando fue su mentor de forma literal. “Eso dice la leyenda”, dice divertido Zubizarreta. Más que nada porque cuando Javier Clemente buscó sustituto para Peio Aguirreoa, Iribar movió el mentón hacia el joven cancerbero y soltó: “Éste”. Resulta que cuando Clemente, el entrenador, le indicaba correcciones tras un partido, por detrás iba Iribar, hombre de pocas palabras, y le soltaba: “Ya hablaremos, ya hablaremos…”.

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