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Matías Vargas, un pasado de sufrimiento, un futuro de oro

El delantero argentino procedente del Vélez Sarsfield trabajó limpiando cunetas, estuvo a punto de dejar el fútbol y ahora es el fichaje más caro en la historia del Espanyol

Matías Vargas, en su presentación con el Espanyol. Ampliar foto
Matías Vargas, en su presentación con el Espanyol. EFE

Matías Vargas (Salta, Argentina, 1997) siguió el legado de su padre: el de ser futbolista. “No soy ni la mitad de jugador que era mi viejo”, conviene. “La diferencia es que yo corro más que él”. También heredó su apodo pero a él lo llaman en diminutivo “el Monito”, aunque desde más pequeño lo llamaron “El enanito de oro”, por lo bien que jugaba. A los 22 años, Matías ya ha hecho más que su progenitor. Salir de Argentina y recalar en el Espanyol de Barcelona, que ha pagado al Vélez Sarsfield 10,5 millones de euros, lo que convierte al delantero en el fichaje más caro en la historia del club, superando los 10 millones que pagó al Celta por la contratación de Borja Iglesias la pasada temporada. Además, la cláusula de rescisión será de 50 millones en un contrato que concluirá en 2024. “Es una responsabilidad, tendré que demostrar por qué pagaron esa cifra”, afirmó Vargas durante su presentación oficial con el club blanquiazul este miércoles.

Desde muy niño aprendió la cultura del esfuerzo. Salía de casa para trabajar en la calle limpiando el canal de desagüe de la acera. Iba de puerta en puerta en busca de que alguien lo emplease. “Señora, ¿le limpio la cuneta? Me pagaban uno o dos pesos argentinos –hoy en día 0,040€–”, declaró el jugador en mayo pasado cuando todavía jugaba para el Fortín.

Llegó a la pensión de Vélez Sarsfield cuando apenas tenía 13 años. “Durante los dos primeros años sufrí muchísimo”, detalló sobre sus primeros momentos como jugador en formación. Su padre no quería que fuera futbolista, pues decía que “se sufre más que se goza”. La competencia entre hermanos era sumamente fuerte y también se sufría. Fue precisamente ese el punto de partida para que Matías decidiera dejar la casa desde muy pequeño y recalar en una urbe como el Gran Buenos Aires. Desde entonces, el barrio de Liniers se convirtió en su nuevo hogar.

Pero ante la presión y ansiedad de no ver avances en su formación, decidió abandonar el fútbol. “Lo dejé todo. Me volví a Mendoza. Estuve tres semanas fuera, después no aguanté más”, dijo. Pero regresó con sed de revancha. Fue Miguel Russo quien lo vio sobresalir en la Quinta División y lo llevó a Primera. Matías se encontró en medio de un alboroto de decisiones para subir o bajar de divisiones. Se dio un paseo por todas las categorías del club. Un día entrenaba con la quinta y al fin de semana estaba en el banquillo de la primera. Un mar de indecisiones. No cumplió su sueño hasta el 22 de agosto de 2015, cinco años después de haber llegado al club. Russo le hizo debutar en un partido oficial ante el Colón que finalizó con empate a cero. Tenía 18 años y en cuatro temporadas con Vélez se convirtió en una figura. En los 83 encuentros que jugó anotó 17 goles y dio 15 asistencias. Buenos números para un jugador que debutó a los 18 años.

Después de debutar, sus objetivos cambiaron. Quería jugar una Copa Libertadores, pero las cosas no se dieron y nunca pudo sumar un solo minuto internacional con El Fortín. El destino ha sido bondadoso con él. La vida lo puso en el camino del Espanyol.

Siempre ha sido el primer autocrítico de su forma de juego. Una vez, después de haber perdido un partido con Vélez donde dejó gratas sensaciones, fue cuestionado por la prensa sobre si había alcanzado un buen nivel de juego: “¿Ganamos? ¿No verdad? Entonces no he alcanzado el nivel”, declaró con la mirada triste, profunda, con pena. “Más allá de la alegría por cumplir el sueño del debut en Primera, no me gustó el partido ni mi rendimiento. Encaré dos veces y las dos perdí”, dijo el día de su estreno. Siempre se castigaba.

La llegada de Gabriel Heinze a Liniers le hizo madurar. El “Gringo” lo ayudó a convertirse en un mejor jugador. “Lo que más me dio es esa forma ganadora de enfrentarse a todo y querer superarlo”, dijo. Heinze se convirtió en el eje y la clave para el crecimiento de Vargas. Lo hizo un jugador más completo. Le dio más protagonismo y lo elevó al punto de que muchos equipos lo quisieran en sus filas, entre ellos, Boca y River. La prensa de su país lo ha catalogado como “la nueva joya del fútbol del fútbol argentino” y que será de los nuevos elementos de una nueva generación que dé salida a Messi, Agüero y Di María. A sus 22 años ya vive la experiencia de jugar en Europa y todo un mundo por delante. “Para mí era un sueño jugar en el Espanyol, espero dejar huella”, resumió antes de ser fotografiado sosteniendo la camiseta blanquiazul.

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