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Ana Peleteiro: un viento nuevo

Su ejemplo servirá de acicate para todas esas niñas que ya se atreven a soñar con nuevos roles en una sociedad cambiante pero lenta, insegura ante la llegada del ciclón feminista

Peleteiro celebra su éxito reciente en el Europeo a cubierto de Glasgow.
Peleteiro celebra su éxito reciente en el Europeo a cubierto de Glasgow. EFE

En los orígenes de casi todas las cosas, al menos en Galicia, siempre se puede encontrar alguna vieja leyenda, como si hasta lo más cotidiano necesitase de cierto revestimiento excepcional para ser contado. En el caso de la Festa da Dorna, la más famosa de Ribeira, sus gentes se remontan a mediados del siglo pasado para rescatar el pique entre un boticario y un pescador de pulpos a cuenta de una rifa.

Don Emilio, el boticario, anuncia que ha sido él el ganador de la dorna –una pequeña embarcación similar al drakkar vikingo- que se sortea a beneficio de la Virgen del Carmen y, a tales efectos, organiza una gran fiesta. El pescador, sin embargo, sostiene que el afortunado en el sorteo ha sido él y decide responder a la provocación con un gran alboroto que arruine la celebración. De ahí proceden las dos expresiones más populares de esta romería de interés turístico, la allada y la colloada, que bien podrían servirnos para explicar la historia de la última y más radiante leyenda de la hermosa villa del Barbanza: la atleta Ana Peleteiro.

Tenía cinco años, la hoy campeona de Europa, cuando se animó a practicar deporte por primera vez. Le gustaba la gimnasia rítmica, pero su interés topó con las reticencias de un padre temeroso por el desarrollo físico de su hija: “vas a quedar pequeña”, le dijo. Su contacto iniciático con el atletismo llegaría a los pocos días, en el nuevo complejo deportivo que se estaba construyendo en el pueblo, con cuatro vueltas a una pista que todavía no era tal. “Cuatro vueltas por fuera, claro; aún la estaban haciendo. Y me gustó”, recuerda Ana en una entrevista al canal de LaLiga.

También le atraía la idea de convertirse en profesora, de dar clases a niños pequeños, pero esa ilusión fue quedando aparcada a medida que el atletismo fue sembrando nuevos sueños en su cabeza. Esa sería la parte dulce del cuento, la allada. La otra, la colloada, tiene que ver con el sacrificio extremo que exige un deporte que, al menos desde la distancia, siempre parece quitar más de lo que devuelve.

“Estoy en un sitio donde no tengo nada de lo que me gusta, solo el atletismo”, confiesa en la misma entrevista. No hay mar en Guadalajara, donde entrena con el grupo capitaneado por Iván Pedroso, la leyenda cubana del salto de longitud. Tampoco tiene cerca a la familia, ni a los amigos, ni a los vecinos que hablan con su misma voz, con ese acento cantarín, cargado de eses y de ges, que todos reconocemos en Ana incluso cuando se expresa en castellano. El color de su piel remite a sus raíces africanas, a los esclavos que poblaron medio mundo sin pretenderlo, pero su modo de hablar no deja ninguna duda sobre sus auténticos orígenes.

Gallega y del Celta, para más señas, leyenda emergente de un pueblo dejado de la mano dios durante décadas que empieza asomar la cabeza con una dosis de orgullo difícilmente imaginable hace apenas unos años. Su ejemplo servirá de acicate para todas esas niñas que ya se atreven a soñar con nuevos roles en una sociedad cambiante pero lenta, insegura ante la llegada del ciclón feminista. Y eso es, precisamente, Ana Peleteiro: un viento nuevo, una ola gigante.

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