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El mundo según Nadal

En secreto, casi con vergüenza, nos escuchamos pensando que ojalá el duelo acabase rápido, porque de todas maneras acabaría mal

rafa nadal
Nadal y Djokovic, con los trofeos de subcampeón y campeón de Australia. Getty

La vida es repetición, y por esa razón Nadal y Djokovic van por su enfrentamiento número 53. Pero la vida es también variación, con la que se explica la inusual derrota que serbio le infligió al español. Todo se resolvió en dos horas y poco, que en otro momento sería el tiempo que ambos se tomasen para ir empezando. En secreto, casi con vergüenza, nos escuchamos pensando que ojalá el duelo acabase rápido, porque de todas maneras acabaría mal. Hay días que uno flirtea con sus errores todo el tiempo, hasta que también pasan a formar parte de las repeticiones de la vida, por eso las bolas de Nadal morían de su lado de la red, mientras las de Djokovic encontraban siempre el pasadizo. Todo lo que el serbio hizo sobre la pista resultó tan preciso y absoluto, que sus golpes hablaban para decir “gané”.

Tal vez no exista tenista más irreductible, sin embargo, que Rafa Nadal, acostumbrado a ganar tras un hundimiento. Es fácil pronosticar que, olvidada Australia, habrá nuevos duelos con Djokovic, que seguramente acaben de otra manera. Y con ellos volverá la emoción y dramatismo que quizá faltaron esta vez, de modo que tras cada punto nos siga pareciendo que el mundo va a hacerse añicos, y a continuación rehacerse sin más, para que siga el partido. Produce vértigo imaginar qué será de estos dos tenistas cuando dejen de coincidir y ya no puedan sentir placer y miedo al verse a cada lado de la pista, decidiendo quién es el mejor en cada momento. Quizá cuando eso ocurra se den cuenta, repentinamente, de que ya no son jóvenes y que la vida se les están escapando por igual. No estarán solos. Aquellos seguidores que hemos visto muchos de esos partidos también seremos golpeados por la fuerza de esa revelación, aunque en algunos casos ya no será la primera vez. A lo mejor el mundo avance tanto que un día podamos revivir sus partidos, pero ya dentro de sus cabezas, a elegir en cuál, y saber qué clase de batalla se libra con uno mismo para doblegar al otro.

Cada Nadal-Djokovic, casi sin importar cómo acabe, es una súplica para que haya otro duelo, y otro, y uno más, en los que ir repartiéndose las victorias. Nos acostumbramos a la reiteración de su tenis como si la vida fuese mero engranaje. Pensé lo mismo cuando leí El mundo según Garp y descubrí el particular sistema de lectura del protagonista, que consistía en encontrar un libro que le gustase y leerlo repetidas veces. Después tenía que estar mucho tiempo sin leer otro para no estropear el anterior. Por ejemplo, El copartícipe secreto, de Conrad, lo leyó 34 veces, y El hombre que amaba las islas, de D.H. Lawrence, 29. No sé si alguien ha visto todos los Nadal-Djokovic, pero seguro que cada uno ha tenido algo de igual a los otros, y a la vez de diferente a todos. Es justamente lo que le pedimos. La vida es repetición, pero también contradicción. Así que queremos más. Porque en el mundo según Nadal ahora toca ganar Ronald Garros, como siempre.

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