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EL JUEGO INFINITO OPINIÓN i

Modric, un tipo de fiar

El croata hace siempre lo que puede, lo que debe y lo que conviene para que todo mejore

Luka Modric, con el Balón de Oro.
Luka Modric, con el Balón de Oro. AFP

Regateando un drama. El River-Boca pasó por Madrid y, al día siguiente, la ciudad pareció la misma y los perdedores no pasaron por la guillotina. Un desperdicio de apocalipsis. Se jugó con todas las prevenciones tácticas que aconseja el miedo, con la inevitable tensión de una loca espera, a una velocidad por encima de la que podían permitirse, con la pelota discutida siempre al borde del reglamento… Partido impreciso pero, con la ayuda de la épica, emocionante. En mitad de la batalla, Gallardo sacó a Quintero, que se limitó a jugar con naturalidad. Un jugador talentoso y travieso al que bastó un amague a tiempo para eliminar a un rival, a la táctica defensiva, a la tensión, al miedo… Desde Garrincha, el regateador ha sido un bufón imprescindible del gran fútbol. Se ríe de la seriedad a la que estamos condenando este deporte y, si te descuidas, te gana una Final continental dramática.

Héroes inesperados. El fútbol y sus paradojas. Quintero, que tiene tendencia a engordar, y Dembélé, que no acaba de ordenar su vida, se hicieron perdonar gracias a un talento singular. Un partido puede empezar siendo desastroso, seguir siendo trabado, llegar a una meseta aburrida y terminar de un modo explosivo por la inspiración de un elegido: Quintero, en el River-Boca. Los prodigios siempre ocurren en el momento menos pensado. Dembélé, ante el Tottenham, salió al campo perseguido por la polémica y, en su primera intervención, regateó por todos los medios conocidos a quien se cruzaba en su camino (cambio de velocidad y de dirección, freno y engaño, imaginación y técnica) y el campo entero se le entregó en un grito de gol interminable. Me gusta creer que no solo en la literatura clásica la suerte se enamora de los héroes. También en el fútbol, ese simulador exagerado de la vida.

No sé si me explico. En el gran Milan de Arrigo Sacchi jugaban fenómenos de la categoría de Baresi, Maldini, Van Basten, Rijkaard o Gullit y, entre ellos, corría como un jornalero Angelo Colombo. Una debilidad del entrenador sobre la que no hay nada que alegar, porque todos los entrenadores tenemos un Colombo o, lo que es lo mismo, una debilidad difícil de explicar. Berlusconi, que era un esteta del fútbol, se había aficionado a ese gregario profesional. Pero llegó un día en que Arrigo decidió que Colombo había cumplido su ciclo. “¿Por qué cederlo?”, le dijo Berlusconi, “si con él lo hemos ganado todo”. La respuesta la cuenta Arrigo Sacchi en su libro Fútbol total: “Hace tres días que le llamo y me responde su mayordomo filipino. Presidente, si Colombo tiene mayordomo, es el final”. Me acordé de la anécdota cuando vi que Mariano aparecía en Valdebebas con un Rolls-Royce.

Un señor jugador. Modric es otra cosa. Uno de esos jugadores que piensan y sienten el fútbol con una pureza amateur, y que llegan al Balón de Oro por una profesionalidad ejemplar. Cuando la cámara nos sirve un primer plano, deja algo muy claro: para Modric el fútbol es una cosa seria. Que se premie a un jugador antes que a un equipo define estos tiempos en los que se individualiza el éxito y el fracaso. Modric disimula esta anomalía, porque es una colosal pieza que no olvida su principal misión: asegurar el funcionamiento de la máquina. Hace siempre lo que puede, lo que debe y lo que conviene para que todo mejore. Trabaja cuando el equipo pierde la pelota, se muestra cuando la recupera, desequilibra cuando la tiene. Todo, con una discreción que transmite seguridad a los aficionados porque Modric es, ante todo, un tipo de fiar.

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