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La última carrera de Dani Pedrosa

“Me voy feliz por haberles abierto la puerta a otros”, dice el español, que se despide en Valencia como leyenda del motociclismo

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Dani Pedrosa, en la conferencia de prensa celebrada en Cheste. Getty Images

A Dani Pedrosa los ojos ya no le brillan como le brillaban aquel día en el Jarama. Los pies no le llegaban al suelo. Tampoco fue el piloto más rápido de aquel día de pruebas de selección. Pero Alberto Puig, ex piloto, hoy director del equipo Repsol Honda, vio algo especial en él. Y lo hizo participar de la Movistar Activa Cup, una competición monomarca para jóvenes talentos. Tampoco la ganó, pero de su pilotaje se desprendía un talento natural que no todos tienen. Así lo recuerdan quienes estuvieron allí esos días. Así que se hizo otra excepción con el pequeño Dani. La primera fue dejarle correr la Copa, aunque las normas dijeran que no tenía la edad mínima; la segunda, llevarlo al Mundial de 125cc. No había salido vencedor, pero sí había sido el mejor.

Desde aquel día, Puig acompañó a Pedrosa como su representante, guía y mentor hasta verle triunfar en MotoGP. Llegó a la categoría reina como la gran promesa del motociclismo, tres títulos en tres años (uno de 125cc, dos de 250cc), como el chico que haría temblar a Valentino Rossi –“Estábamos atemorizados. No ganó la primera carrera de milagro. Ha sido un gran rival”, decía el 46 este jueves en Valencia–, y se marchará este domingo con la mochila llena de recuerdos y de grandes triunfos, “feliz por haber formado parte de una generación de pilotos españoles que ha ganado mucho, orgulloso por haberles abierto la puerta a otros”, pero también con el sabor agridulce del que estuvo tantas veces tan cerca de ganar el título.

Pedrosa, 13 años en la élite del motociclismo, 54 victorias en sus 18 años de Mundial y tres subcampeonatos de MotoGP, siempre a lomos de una Honda, ha sido uno de los mejores pilotos de la historia, el octavo con más triunfos, tantos como Mick Doohan. Se le recordará con honores, como hoy se recuerda a Randy Mamola, otro de los grandes corredores a quien le falta el broche de oro en 500cc. Se le rememorará por sus numerosas victorias –él se acuerda de todas y cada una, asegura, y con especial ternura de la primera que ganó, en Sudáfrica, 2003, porque le dio alas para creer que podría volverlo a repetir–, por cómo ha ganado a los mejores, por ese estilo delicado al que le forzó un físico más apto para las categorías pequeñas que para las máquinas de 1.000cc de esta nueva era, por cómo logro levantarse siempre después de cada caída, de cada operación. “Mi límite ha sido físico. Me hubiera gustado medir un palmo más [mide 1,58m], caerme menos”, concedía. Pero, precisamente por todo eso es ya Leyenda del motociclismo. Así quedó dicho este jueves en el circuito Ricardo Tormo de Cheste, donde tantas veces ha ganado, donde este domingo correrá su última carrera.

Porque Pedrosa, de 33 años, y que anunció su retirada a final de año hace unos meses en Sachsenring, se ha ido apagando poco a poco. La revolución que impuso Márquez en el box de Honda desde su llegada en 2013 desmontó los esquemas del que hasta entonces había sido el niño mimado de la casa japonesa. El leridano arrasó con su alegría, con su desparpajo y sus triunfos. Y dirigió a la fábrica en una dirección. Con los títulos que cayeron del lado del 93, la Honda dejó de hacerse para Pedrosa. Y empezó a cambiar su forma de vivir las carreras. El catalán rompió con Puig –una de las grandes ausencias en la sala de actos este jueves– y tomó las riendas de su carrera: cambió a algunos mecánicos, al jefe técnico (hasta en tres ocasiones), a gente de prensa y a aquellos que le acompañaban como asistentes. Por ese puesto pasaron su amigo Raúl Jara, su hermano Éric y, finalmente, Sete Gibernau, de quien también se separó a mediados de este curso.

Pedrosa, montado a su primera moto de carreras. ampliar foto
Pedrosa, montado a su primera moto de carreras. AFP

Los pasos, quién sabe si erráticos de Pedrosa estos últimos años –nunca volvió a luchar por el Mundial como lo hizo aquel 2012– demuestran también su tesón. Porque siempre aspiró a mejorar. Quiso hacerlo cambiando su entorno y probando cosas nuevas. Del mismo modo que él se adaptó al nuevo estilo que imperaba en la pista, más descolgado de la moto, capaz de inclinar su Honda hasta los 64º, más que ningún otro en la parrilla. Y hasta este curso siguió con su carta de presentación intacta: del 2002 (su segundo año en el Mundial) hasta el 2017 fue el único piloto capaz de ganar, como mínimo, una carrera cada año.

Pero el de Sabadell ha sufrido tanto –se ha roto cada parte de su cuerpo, ha sido operado más de una decena de veces– y hace tantos años que empezó a pensar en el momento del adiós –la primera vez, en 2011, después de sucesivas roturas de clavícula y diversas operaciones–, que cuando el momento llegó lo dejó tocado de manera definitiva. “Cuando tienes momentos duros, como he tenido en el pasado, te preguntas si serás capaz de encontrar la motivación de nuevo, porque en este deporte tienes que estar a tope para hacerlo bien”. Empezó este año con dudas, se lesionó apenas iniciado el curso, y los movimientos de Honda en busca de su sustituto lo sentenciaron definitivamente. Le angustió tanto tomar la decisión de retirarse y anunciarla, como le ha angustiado vivir todas estas carreras desde Alemania sabiendo que sería la última vez. En ningún momento este curso se ha encontrado a gusto con la moto. No ha subido ni una vez al podio. Y aunque sueña con hacerlo este domingo sabe que será difícil.

Los próximos años, Pedrosa ejercerá de piloto probador de KTM. Para cuando decida definitivamente bajarse de la moto, Carmelo Ezpeleta, CEO de Dorna, espera seguir teniéndolo cerca. En los circuitos.

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