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POLITIK COLUMNA i

El oro sin medalla de Chattie Cooper

La tenista salvó todas las barreras para ser la primera mujer campeona olímpica, en los Juegos de 1900

La jugadora de tenis Charlotte Copper, en 1908.
La jugadora de tenis Charlotte Copper, en 1908. Getty Images

A los 26 años, la tenista Charlotte Cooper se quedó sorda. Eso hizo que no oyese el golpeo de la pelota en sus partidos, ni los murmullos o aplausos del público, ni escuchase al juez de línea. Cooper se libró de seguir escuchando las teorías sobre las mujeres del padre del olimpismo moderno, el barón Pierre de Coubertin, que llegó a remontarse a la Antigüedad, tres mil años antes, para justificar la ausencia de mujeres en los primeros Juegos modernos, Atenas 1896: su misión en el deporte era colocar las guirnaldas en la cabeza de los campeones.

París 1900 supuso un antes y un después. Políticamente, Coubertin fracasó en todos los órdenes; su país estaba entregado a la Exposición Universal, no hubo actos de inauguración ni de clausura, los Juegos se prolongaron el mismo tiempo que la Expo (cinco meses) y ni siquiera pudieron llamarse Juegos: Concursos Internacionales de Ejercicios Físicos y Deportes, teniendo que aceptar natación de obstáculos, con barriles flotando en el agua. Es de suponer que la presencia de mujeres tampoco fue del gusto del barón, pero pudieron participar en tres deportes de clase alta: críquet, tenis y golf. Y mezclarse en competición con los hombres en otros tres: vela, croquet e hípica.

Hablamos de una época en la que los estándares de belleza victoriana estaban influidos por la tuberculosis, una enfermedad que en el caso de la mujer le robaba la vida dejándola extremadamente delgada, con la piel blanquísima y rostro y labios sonrosados como consecuencia de las fiebres. “La mujer victoriana ideal era amable, pasiva y frágil: una figura, al menos en parte, inspirada en cuerpos plagados de tuberculosis. Estos cuerpos pálidos se vincularon con la belleza femenina. El ejercicio y el deporte trabajaron en oposición a este ideal al hacer que los músculos crecieran y la piel se bronceara”, recuerdan Jaqueline Mansky y Maya Wei-Haas en un artículo en el Smithsonian Magazine.

Cuando llegó a París, Chattie Cooper ya había ganado Wimbledon en cuatro ocasiones. Era una de las pocas mujeres que sacaban tirando la pelota por encima de su cabeza, y su juego agresivo se impuso en la final de París a la francesa Héléne Prevóst por 6-1 y 7-5. En A Historical Dictionary of British Women, de Cathy Hartley, se recoge una descripción de su juego hecha por el diario The Sportfolio: “Tiene algo que aprender respecto a su estabilidad, pues puede volverse salvaje al golpear la bola”. Lo cierto es que Cooper había ayudado a iniciar una revolución política de primer orden: fue la primera campeona olímpica de la historia en unos Juegos que no eran estrictamente Juegos, en los que no se podían entregar medallas y de los cuales muchos triunfadores se fueron sin saber que habían sido campeones olímpicos; en el caso de la tenista, la invisibilidad de la invisibilidad. Y sin escuchar nada alrededor.

La batalla por la igualdad llegó a una de sus cimas cuando en los Juegos de Ámsterdam, en 1926, la presión de una federación hecha ad hoc por la deportista Alice Milliat, figura feminista imprescindible para la integración de la mujer en el deporte, impusiese una prueba de atletismo para mujeres. Se les permitió correr en aquellos Juegos en una distancia considerada extraordinaria para ellas: 800 metros lisos. Curiosamente, aquello probó una de las teorías de Coubertin: el público estaba preparado para ver el sufrimiento de los hombres, pero no el de las mujeres. Las imágenes de ellas llegando exhaustas, envueltas en sudor o mareadas, escandalizaron tanto que hasta 1960, en Roma, no se les permitió correr más de 200 metros. Un diario tituló sobre las participantes: “Once mujeres desdichadas”. El caso es que ocho antes de ese 1926 en que las mujeres corrieron los 800 metros lisos, una, Marie-Louise Ledru, ya había completado los 42 kilómetros de la maratón.

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