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Enric Mas: “Aún tengo derecho a tener mil fallos”

Enric Mas, de 23 años, segundo en la última Vuelta y rumbo al Mundial, asume su nuevo papel protagonista

Enric Mas
Enric Mas, durante la subida a La Camperona en la pasada Vuelta a España. Getty

Como todos aquellos que abren camino, Enric Mas (Artà, Mallorca, 1995) no sabe lo que le espera, no sabe qué observará, qué podrá ver, cuando llegue a la cima... “Pufff... No tengo ni idea, no sé qué decirte”, dice, y habla como todos aquellos para quienes el camino es más importante que la meta. Y su próxima meta es el Mundial del domingo próximo, donde se le espera. “Yo haré lo que me diga el seleccionador Mínguez o lo que me diga Valverde durante la carrera, que nunca falla en estas citas. Él va a ser el líder del equipo, sí o sí”, dice. “Pero ojalá algún día llegue al arcoíris. Este Mundial es bueno para el equipo español. También es bueno para mí”.

El paso de la niñez a la edad adulta nace de una renuncia pública, quizás como la que tuvo que hacer Enric Mas el pasado miércoles en las afueras de la estación de Sants, en Barcelona, ante una docena de chavales, cuando abjuró de sus hábitos pasados en aras de una alimentación saludable, y del consumo abundante de frutas, lácteos, verduras y legumbres, tal como darle con fruición a la tortita con humus a las seis de la tarde. “A mí me gustaba estar solo merendando”, les dice a los niños, que participan en la campaña Plan Merienda, de los supermercados Lidl, uno de los patrocinadores de su equipo. “Y mi merienda favorita era pan con nocilla. Claro que ahora no puedo, porque tengo que estar muy pendiente del peso, pero de pequeño no me creaba problemas porque en mi familia todos hemos sido siempre delgados y aunque coma mucho no engordo”.

El balear se abre paso en el mundillo con Giovanni Lombardi , el mánager de Sagan

Enric Mas abre camino en un mundillo en el que ha entrado por la puerta grande. Su mánager es Giovanni Lombardi, el mánager de Peter Sagan, el italiano que solo entiende de lo mejor, que solo trabaja con lo mejor, como cuando vendía zapatos en Chueca, a 2.000 euros el par más barato. La metáfora queda colgando en el aire caluroso de la plaza de Sants, en Barcelona, donde, tres días después de quedar segundo en la Vuelta, al corredor del Quick Step le acompaña el italiano en su primera gran sesión de ciclista importante. Una mañana dedicada a su patrocinador Lidl que incluye, como tratamiento de shock, a lo cantante pop o actor que promociona una película, más de media docena de entrevistas, una tras otra. Lo que Mas asume con menos paciencia que resignación. “Me gustaría ser un personaje popular, pero estoy aquí para entrenar, que es lo que mejor se me da. Y solo pienso en eso, en trabajar, en entrenar, y en el Mundial”, dice. “Me encantaría, me encantaría, ser la esperanza del ciclismo español, pero por ahora solo hemos hecho segundo en una Vuelta, y nada más, no hemos ni ganado la Vuelta. Tenemos que tener los pies en la tierra. Por circunstancias el resultado ha ido bien. Esperemos que el año próximo también vaya igual de bien”.

Asumo con naturalidad que Colom, su primo y entrenador, fuera sancionado por dopaje

Como todos los chavales que llegan e ilusionan, Mas ha disfrutado en la Vuelta de la bondad de los aficionados, que solo exigen y se enfadan y maldicen a aquellos que no alcanzan las expectativas que se les ha fijado. Como todos los que han triunfado a los 23, Mas sabe también lo que le espera. Y de entrada ya no solo oye alrededor que algún día ganará el Tour, sino, como una maldición, así suena, que ganará tres como poco. “Sí, el que viene se esperará más de mí, pero tendré 24 años y aún puedo tener mil y un fallos. El ciclismo es cosa de experiencia. Será mi primer Tour, si voy... Tendré que conocer primero la carrera y luego a ver qué pasa. Tengo derecho a un fallo”, dice. “Por supuesto que yo no me permitiría tener un fallo pero aún puedo. Estoy disfrutando ahora. El día que deje de disfrutar, dejo la bicicleta. No pienso en eso. Solo en descansar, en trabajar el año que viene, pasar horas en la bici, en el gimnasio, en la piscina, y el día que deje de disfrutar tendré que decir o me paro o cambio de equipo o... Pero por ahora estoy disfrutando como un niño pequeño, así que...”.

A los directores rivales, que ya tenían anotado su nombre en la carta que escriben todos los años a los Reyes Magos, la Vuelta de Mas no fue solo una confirmación de lo que esperaban, sino algo más, como su magnífica contrarreloj llana, excepcional para un escalador. A los periodistas les sorprendió por su seriedad, la rapidez con la que ha comprendido que hay que marcar límites, el punto de madurez que le permitía, tan joven, decir que no a peticiones radiofónicas nada más terminar una etapa, por ejemplo. “La verdad es que cuando termino las etapas, termino de mala leche, y el día que no lo he hecho bien, enfadado conmigo mismo, y me pongo nervioso o lo pago con la gente de mi alrededor. Es un punto a mejorar. Tengo que cambiarlo. Esta Vuelta he cometido algunos fallos, pero tengo 23 años, y tengo que crecer”, dice, humilde. “Me muevo mucho por sentimientos y cuando estoy cansado, no me apetece nada, ni hablar ni nada. Y hay veces que termino la etapa tan reventado que digo, hoy, por favor, no, no, no vengáis. Y siempre hay alguno que se cuela, y le respondo mal”.

Y con la misma madurez asume que su entrenador, su primo Toni Colom, fuera sancionado por dopaje cuando era ciclista. “Desde el principio Toni me dijo que era un fallo que cometió en su carrera deportiva, y ya está...”, dice. “Yo sé lo que hago. No tengo nada que esconder”.

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