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El sello de Enric Mas en la cima de la Collada de La Gallina

La nueva estrella del ciclismo gana la etapa reina y logra terminar segundo la Vuelta que corona a Simon Yates

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Enric Mas celebra la victoria junto a Miguel Ángel López. AFP

A Superman le llaman Superman porque tiene poderes. Los días buenos es un ciclista invencible. Su espíritu de supervivencia le abandona y se transforma en un killer. Mirada fría (la sonrisa está prohibida), determinación, arma de acero afilado, pedalada devastadora que destroza las pendientes y los ánimos de los rivales. Superman asciende fuerte la Collada de la Gallina, el último puerto de la última gran etapa de la Vuelta. Vuela hacia el podio. Le acompaña la última víctima propiciatoria que ha resistido sus ataques y los de todo su Astana subiendo y bajando, en carrusel infernal, las montañas interminables de Andorra. Detrás de ellos, midiendo el esfuerzo para no pasarse, controlando, el líder indestronable, Simon Yates.

Le acompaña Enric Mas. Es un día bueno para el colombiano de Pesca (Boyacá), campesino. Debería ser Superman. Invencible. ¿Quién se lo puede impedir?

Cuando faltan 500 metros para la meta, Superman, de 24 años, desenfunda a rueda de Mas, que marca el paso. Una victoria de prestigio. La etapa y el tercer puesto del podio los tiene ahí. Pero, de repente, Mas detiene su esfuerzo, se para y le habla, le dice, también con gestos, que no se crea que lo va a tener tan fácil, que él no piensa entrar por delante en los metros decisivos. En paralelo pedalean como dos sprinters en un velódromo. Vigilando los movimientos del rival con el rabillo del ojo. Engranando el plato grande, el desarrollo ideal.

Mas tiene 23 años. Es un novato en las grandes ligas del ciclismo. En el País Vasco, en abril, dejó un detalle de gran clase ante Nairo y Landa, pero la Vuelta es otra cosa. Superman es un gigante. Pero Mas, joven y desconocido para muchos, no es cualquier cosa. Si Superman es killer él lo es más, y tiene más ambición, y quiere dejar su sello de grandeza, la tarjeta de visita en la que se leen sus sueños y sus deseos, en la llegada más complicada de la Vuelta. Tiene ya segura la segunda plaza del podio. Quiere ganar la etapa. Arranca una décima de segundo antes que Superman, quien aún se cree superior y desarrolla tanta velocidad que le come la ventaja pedalada a pedalada. Hasta que se encuentra, víctima de su desafuero, con una curva cerrada a derechas por la que no puede pasar ni superar a Mas, de Artà (Mallorca), que cruza la meta con una bicicleta de ventaja. El sello del campeón.

El ciclismo tiene una nueva estrella. Nace el día en el que la Vuelta regala al mundo el podio que más deseaban todos aquellos que dan a la juventud el valor de renovadores de la raza. Es el podio más joven de la historia de la Vuelta, proclaman algunos. Qué grande, qué de esperanzas, aplauden todos, y sonríen, como sonríen a los casi niños Mas y Superman, al ganador, a Simon Yates, de 26 años, quien ha sabido triunfar sin renunciar del todo a su fe, ni siquiera el día que más temía.

Antes de comenzar la etapa en la que lo perdieron todo por querer, como es su obligación, ganarlo todo, la gente del Movistar recordaba un detalle del gemelo Yates que les daba un mínimo de esperanza. No se trataba de su bancarrota en el Giro, que creían imposible en la Vuelta, donde no hay ni Finestre ni un Froome ebrio, sino de la forma en que perdió la París-Niza el último domingo, ante el ataque de Marc Soler, el otro nuevo del ciclismo español que ilusiona y esperanza. El sábado, Simon Yates, como es su costumbre, había ganado exhibiéndose y derrochando. El día siguiente, el Movistar atacante le dejó sin equipo. Perdió con Soler.

De eso se trataba ayer. De que le pasara lo mismo. De que sufriera un ataque de pánico. Por ello se sacrificó Nairo en un trabajo de desgaste al que se sumó el Astana en pleno. Era el día de las grandes maniobras en las dos subidas de los muros de Beixalís, en La Gallina final. El día se lo salvó Adam Yates a su gemelo Simon Yates, quien confesó que se levantó nervioso, y que pensó, por supuesto, en el Giro que perdió. Adam él solito mantuvo el tipo y la distancia medida tras el ataque de Superman con dos ayudantes del Astana a tope en el segundo Beixalís. Adam, también solo, mantuvo a tiro a Nairo en el descenso acelerado hacia la Gallina. Adam, con una barbita para distinguirse que quería decir, no, nunca he dado el cambiazo con Simon esta Vuelta, solo se apartó de su gemelo cuando a este le pudo el instinto y, de manera innecesaria pues el control era absoluto, se fue a por Superman y Nairo en la última subida.

“No sé correr a la defensiva”, se disculpó luego el ganador de la Vuelta de 2018 (si no se cae hoy en el circuito de Madrid), al que llegado el momento más duro, con Superman acelerando a muerte, le entró vértigo y un soplo de prudencia insólito le obligó a levantar el pie, a regularse, a no subir a tope, a tope, a olvidar su esencia.

Su movimiento, inesperado, innecesario, instintivo, como todos los gestos de grandeza, y gratuito, dio paso a uno de los momentos que se convertirán en símbolo del deporte español. No fue Valverde, que no podía más, quien salió a su rueda, sino su alumno más aventajado, Enric Mas. Fue una fotografía perfecta, insuperable, de lo que se llama relevo generacional. Los últimos metros de Mas fueron, por eso, no solo el sello de su grandeza, sino un homenaje al campeón que se quedó atrás.

Última señal del dominio británico de las grandes vueltas, Simon Yates es el último de una lista de ganadores consecutivos que hacen que la última vez que no se oyó el God Save the Queen en un podio final fue en el Giro del 17. Después, Froome (Tour y Vuelta 17, Giro 18), Thomas (Tour 18) y Simon Yates, hoy en Madrid, lo hicieron inevitable.

Quién será el próximo británico, le preguntaron, y él, sin parpadear ni dudar respondió: “Mi hermano Adam, por supuesto”.

 

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