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Una segunda oportunidad para Semedo

El central portugués, cedido por el Villarreal al Huesca, asume que la acogida en el club oscense le abre una posibilidad de rehabilitación tras pasar cinco meses en prisión preventiva

Semedo, en un partido del Villarreal en septiembre de 2017.
Semedo, en un partido del Villarreal en septiembre de 2017. Getty

Una luz se enciende de nuevo en el horizonte existencial de Rubén Semedo, gracias a la gestión del Villarreal para ceder al defensa portugués al Huesca, sensible el club oscense para rehabilitar deportivamente al díscolo futbolista que ha pasado los últimos cinco meses en prisión preventiva por un turbio asunto de violencia extrema. Para Semedo, la llegada a la entidad aragonesa resulta “una oportunidad de jugar de nuevo en Primera División”, que no piensa dejar escapar agradeciendo la “confianza” depositada en él. “Todos nos hemos equivocado, y ahora tiene una segunda oportunidad para demostrar que es un jugador de primera línea”, redundó en su presentación Emilio Vega, director deportivo del Huesca, que ha pedido comprensión y respeto para Semedo.

En la vida no siempre resulta sencillo huir del pasado. Karim Benzema no tuvo la posibilidad de ser campeón del mundo con Francia, cerradas las puertas de la selección gala por un turbio asunto de chantaje a su compañero en el combinado bleu, Mathieu Valbuena, en la que se vio involucrado el delantero del Madrid por las amistades peligrosas que arrastra el francés desde su infancia. Lealtad barrial que ha afectado a Benzema en su carrera deportiva. En el mundo del fútbol existen muchos ejemplos de camaradas rémora que viven a costa del éxito del deportista, un séquito de acompañantes gorrones y animadores festivos.

Cinco años atrás, el Sporting de Portugal, entendió que por su bien, Rubén Semedo debía alejarse de Lisboa y de su entorno nocivo. Y lo envío a España cedido al Reus, por aquel entonces en Segunda B. “Era importante alejarme del ambiente en el que estaba y las malas influencias. Me encontré una ciudad tranquila en la que me trataron bien”, reconoció Semedo en su día. La experiencia en la entidad tarraconense resultó positiva, más en el aspecto vital que en lo deportivo. Semedo regresó más tranquilo y maduro al Sporting de Portugal, fue nuevamente cedido al Vitoria de Setúbal para retornar una temporada después a su club de origen y asentarse como titular y alcanzar la internacionalidad sub-21 con la selección lusa. El salto al Villarreal, previo pago de 15 millones de euros al club lisboeta, concedían aspiraciones a Semedo para entrar en la lista de la selección absoluta portuguesa en el Mundial de Rusia. Dependía de él y de su esperado alto rendimiento en el club de Roig como vaticinaban desde Portugal. Semedo vio el Mundial desde la prisión valenciana de Picassent.

Las condiciones atléticas y técnicas le dieron a Semedo la ocasión para salir de la miseria, de dejar atrás una infancia difícil, marcada a los cinco años de edad cuando su padre ingresó en prisión, siendo criado por su madre que tuvo que llevar el peso de la familia, educando a un hijo rebelde y a su hermana en el humilde distrito lisboeta de Amadora. En edad infantil tuvo que renunciar al fútbol durante tres años porque en casa apenas llegaba el dinero para mantenerse. Semedo se formó en la calle.

El fútbol y el Villarreal alejaban de nuevo a Semedo del ambiente marginal de su niñez y adolescencia en Lisboa. A su llegada al club amarillo, el defensa de origen caboverdiano cometió el error de instalarse lejos de la tranquila Vila-real o Castellón, de la plácida Benicàssim. Semedo se domicilió en una urbanización de lujo próxima a Valencia, una ciudad abierta, cosmopolita, con gran oferta cultural y ocio nocturno. Y con Semedo viajó una parte de Amadora, un séquito de oportunistas sin nada que perder que arrastraron al defensa del Villarreal a la vida crápula incompatible con la profesión de futbolista. En el sótano de su chalet instaló una discoteca y eran sonadas las fiestas nocturnas de Semedo y sus acólitos.

Por las mañanas, el defensor portugués, se subía a su vehículo de alta gama y recorría los 60 kilómetros que le separaban de la ciudad deportiva del Villarreal, entrenaba como buenamente podía, o se recuperaba de sus reiteradas dolencias musculares, terminaba sus obligaciones contractuales y a mediodía regresaba a su residencia donde sus vividores amigos le preparaban el plan festivo de la noche que en ocasiones se alargaba hasta la madrugada. En más de una ocasión el jolgorio terminaba con peleas y amenazas. La última trifulca, con estafas y deudas de por medio, llevó a prisión a Semedo acusado de los delitos de homicidio en grado de tentativa, lesiones, detención ilegal, amenazas, tenencia ilícita de armas y robo con intimidación. Sus amigos desaparecieron del mapa huyendo de la justicia y dejando el marrón al pagano de Semedo al que el Huesca le da una oportunidad de redimirse y volver a ser futbolista.

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