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El pelotón del Tour de Francia sobrevive feliz en la batalla del pavés

Porte, que se rompió la clavícula sobre el asfalto, única baja de entre los favoritos un día de polvo, coraje y sudor que terminó con victoria de Degenkolb

Carlos Arribas
Novena etapa del Tour de Francia.
Novena etapa del Tour de Francia.Stephane Mantey (AP)
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El ciclismo antiguo, salvaje, celebró su día en los pavés polvorientos de los viejos caminos rurales del norte de Francia, donde por un día no mandaron los tractores con depósitos de purines goteantes. La crónica, como la de una batalla, no puede ser sino una relación de bajas, heridos, caídos; y, también, de la victoria de todos los supervivientes, ciclistas de todas las edades, pesos, tamaños, estilos y nacionalidades, que pudieron sentirse un día no gotas de un río, engranajes de un mecanismo llamado pelotón, sino dueños de su voluntad, y orgullosos de su valor. Felices de ser capaces de sobreponerse y dominar al estrés y al miedo.

En Roubaix, a la sombra del velódromo de cemento y su tribuna clásica que recibe en abril todos los años a los supervivientes del infierno del Norte, el ramo de flores como ganador de la etapa la recibió un alemán, John Degenkolb, un especialista que ya ganó la clásica y se llevó a casa el adoquín de 25 kilos en 2015; sigue líder Greg van Avermaet, que lucirá el amarillo desde el martes en los Alpes, a donde saltará el Tour volando en tremendo brinco desde el valle del Somme; allí no peleará por la victoria final uno de los de la la larga lista de pretendientes, el australiano Richie Porte, que se rompió la clavícula antes incluso del primero de los 15 tramos adoquinados; también se retiró José Joaquín Rojas, víctima de la misma caída que le costó al australiano su segunda retirada roto consecutiva; se cayeron, pero aguantaron, Chris Froome, que no perdió tiempo, Mikel Landa (7s) y Rigo Urán (1m 28s); Romain Bardet, el francés, pinchó tres veces, cambió cuatro de bici y se pasó el día persiguiendo, pero gracias al tren de Landa perdió también solo 7s; y las primarias del Movistar acabaron empatadas y con buena cara: la pérdida de Landa por la caída fue el único detalle que separó a los tres, pues Nairo y Valverde, bulliciosos y casi disfrutando, acabaron con los mejores de la general. La fuerza de choque del bloque Movistar será el mayor temor de los Sky, devotos solo de Froome; las posibles dudas y desacuerdos de las relaciones entre los tres, serán el mayor riesgo que corran los del Movistar.

Todos, tan felices, se fueron al avión de los Alpes con un subidón que les ayudará, tanta endorfina, a superar sonrientes los dolores, la resaca en el cuerpo de un día muy duro.

Ver la etapa fue como oír a Billie Holiday sus blues tan tristes y tan hermosos, su Loverman: la profundidad del sudor empapado de polvo, hecho barro, sobre los rostros de los ciclistas esforzados, sus muecas, sus gestos de dolor, llegan al aficionado, y lo trascienden, y su ebriedad tras el esfuerzo bien recompensado, y también los lamentos de los directores, tan sensatos.

El ciclismo antiguo cuentan que era así. Eran tan malas las carreteras que el ir a rueda de otro no ahorraba prácticamente todo el esfuerzo como ocurre en el ciclismo de cálculo y carreteras de asfalto finísimo, y tubulares hinchados a la perfección y llantas de carbono, y bolas de cerámica en los rodamientos, en los que la pérdida de energía por rozamiento es ya casi ínfima. Para ir a rueda había que esforzarse antes y ahora, en 2018, en las carreteras de adoquines donde la bici salta, y cada pedalada es un sprint con el 54x13 para no perder el paso, y donde las ruedas siguen pinchándose y rompiéndose, y las bicis enteras, como hace un siglo, y los brazos temblequean y minan la voluntad, y aceleran el deseo de los ciclistas de gritar: ya no aguanto más. Pero siguen, se superan, y se sienten poderosos por ello. Y felices. Forman parte de la épica, la palabra que tanto les gusta, tanto como mítico.

Los equipos, el Bora de Sagan, sobre todo, y el Sky de Froome, se organizan en los tramos de enlace en asfalto para entrar enfilados en el pavés, por delante, donde, saltándose las reglas, 40 ayudantes del Sky con camisetas amarillo fosforito están pendientes de sus chicos con dos ruedas de repuesto cada uno. Fue ciclismo salvaje pero practicado por chicos civilizados. Otros años del siglo, de lluvia, de otros hábitos, los equipos poderosos entraban al pavés atacando, buscando hacer daño, sangre, como una compañía de acorazados llamados Ekimov, Hincapié o Armstrong. Ahora los fuertes son finos. Nadie buscó eliminar a nadie, solo sobrevivir.

Allí, sobre los pedruscos con enormes huecos entre ellos, la táctica deja paso a la suerte y a la habilidad. Y al coraje de alguno, como Nairo, pequeño pero feroz para defender su posición y darle fuerte a los pedales. Fue una sensación casi surrealista. A pocos kilómetros de Roubaix, el día más alejado de su educación y su cultura ciclista, Nairo salió a frenar un ataque de Froome a la salida de un pavés, como si aquello fueran sus Pirineos o las piedras grandes de Villa de Leyva, el único pavés cercano a Tunja. Fue la transformación de un gran corredor. Y él y todos se sintieron gigantes.

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Sobre la firma

Carlos Arribas
Periodista de EL PAÍS desde 1990. Cubre regularmente los Juegos Olímpicos, las principales competiciones de ciclismo y atletismo y las noticias de dopaje.

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