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Lo peor de todo

Queremos creer que Messi no da vueltas a la idea de no firmar su nuevo contrato; no se comprende tanta desorientación en la composición de la primera plantilla

Josep Maria Bartomeu, durante la presentación de Paulinho.
Josep Maria Bartomeu, durante la presentación de Paulinho. AFP

Tradicionalmente, presidir un club como el Barcelona se ha parecido al arte de hacer pasar el interés propio por el interés de los socios. ¿Y el interés del socio barcelonista cuál ha sido siempre? Únicamente éste: que el equipo juegue muy bien y, además, gane. No importa nada más, ni que Obama nos visite, ni que se ganen ligas de baloncesto o de hándbol. En el fondo, cuando el primer equipo va mal (porque se ha descuidado la plantilla, como clamorosamente sucede ahora), hasta sobran las secciones y no digamos los mánagers, secretarios técnicos y asesores italianos. Por eso no se acaba de comprender —pues cualquier barcelonista sabe lo que acabo de exponer— tanta desorientación o negligencia en la composición de la primera plantilla a lo largo sobre todo de estos dos últimos años. En el pasado junio, vista la catástrofe de la temporada anterior, ya tendrían que haber fichado, por ejemplo, a un claro sucesor de Iniesta, al portugués Bernardo Silva. Pero lo fichó Guardiola para el City, qué casualidad. Tanta lentitud, provocada por la ausencia de planificación deportiva, ha acabado pasando factura y, al irse Neymar, estaban todos, absolutamente todos los deberes por hacer. En el fútbol juega un papel importante el azar, pero sólo en el campo de juego; fuera de él, todo lo que es previsible acaba siéndolo; dicho de otro modo, se ve venir, y viene.

Y ha venido. Del tan previsible arranque de la nueva temporada del Barça me quedo con dos imágenes que de algún modo lo sintetizan. En la primera tenemos un elocuente primer plano de Valverde en Miami, en el minuto uno del partido contra el Madrid. Neymar acaba de detener el juego y está simulando un jodido problema con las botas para que las cámaras desvíen la atención global hacia la marca de sus zapatillas. Es un momento curioso porque la implacable mirada de Valverde, oteando el cálculo egoísta del brasileño, lo dice todo. Qué es esto, parece preguntarse. Neymar y su deliberada cuña publicitaria representan el nuevo fútbol, cada vez más alejado del fútbol. Neymar y los juguetes bobos de su márketing o cómo situar sus zapatos en el pedestal de la silla más alta del mundo. Y ésta es otra (que diría Cruyff): Qué suerte haberle literalmente perdido de vista a Neymar desde que se montara en su impaciente poltrona descomunal.

Volvamos al interés casi único de los socios. Al final de la temporada pasada, la dirección deportiva admitió que era imprescindible mejorar la composición de la plantilla. Pero ni en junio ni julio hubo apenas movimientos, ni entradas ni salidas. Eso sí, ante las cámaras y en calidad de “embajadores” veíamos cada dos por tres firmar contrato con el presidente a exjugadores como Ronaldinho, Abidal, Rivaldo, Belletti. Una extraña modorra, estilo día de la marmota, se fue apoderando del ambiente. “¿Y de lo nuestro qué?”, parecían preguntar de vez en cuando los socios todavía con algo de memoria, los que veían que todo iba a peor, y encima seguía jugando Arda Turan con su imitación cada día más genial de la pasmosa lentitud de la dirección deportiva.

“Como las cosas no podían ir a peor, mejoraron”, escribió Kafka. Y ahí entra la segunda imagen de este arranque de la nueva temporada: es también un primer plano de un estado de ánimo; en este caso, el de un Messi en la ida de la Supercopa —se repitió idéntico en la vuelta, en el Bernabéu— retirándose cabizbajo a los vestuarios, como si estuviera pensando directamente en aventurarse con André Gomes en una balsa y escapar del naufragio. Algunos queremos creer que no daba vueltas a esta idea ni a la de no firmar su nuevo contrato y más bien pensaba en la maniática tarea, que decía Onetti, de construir eternidades con elementos hechos de fugacidad, tránsito y olvido. Y también queremos creer que no hemos de renunciar al humor aplicado al Barça. Por eso a veces nos calma pensar que estar situados en el centro mismo de lo peor de todo sólo nos puede llevar a ir hacia arriba. Claro que por ahí tampoco va bien la cosa. Porque Lo peor de todo es el título de un libro de Ray Loriga, y esto precisamente no nos da muchas posibilidades de respirar. Porque Ray es del Madrid y si quiere se transforma en Kovacic. ¿Y Dembélé de quién es?

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