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Nadie ayuda a las niñas que atravesaron el techo del fútbol

El AEM Lleida, equipo femenino campeón en una liga de niños, está dando la vuelta al mundo, pero no han conseguido sumar apoyos para seguir adelante

Andrea Gómez, 13 años, capitana de la AEM Lleida.

El AEM Lleida es una fiesta. Este humilde club de fútbol catalán lleva días instalado en una nube. Se auparon el sábado 1 de abril, cuando su equipo infantil se proclamó campeón de liga. No es la primera vez que un equipo de los 33 que componen este club termina en cabeza. En esta ocasión, sin embargo, hay una particularidad: el equipo victorioso está compuesto íntegramente por niñas, mientras que el resto de sus rivales -derrotados- cuentan sus efectivos como niños.

Las jugadoras del AEM tienen 12 y 13 años. Su categoría, infantil, es la última en la que se permiten equipos mixtos. “Aunque no hay demasiadas niñas”, explica Sergio González, presidente del AEM Lleida. “A esta edad las diferencias de fuerza y velocidad empiezan a ser evidentes, así que las niñas optan por buscar campeonatos infantiles exclusivamente femeninos. Y apenas hay”. En Lleida, por ejemplo, las niñas de 12 y 13 años que quieran competir en torneos femeninos deben integrarse en equipos de campeonatos autonómicos. Es decir: tiempo, dinero y kilómetros. Así que la mayoría abandona. Las pocas que se deciden a seguir en el campeonato local se unen a los equipos de la ciudad y figuran, casi siempre, con la etiqueta de la única niña del equipo.

Hay una tercera vía, que fue la que los responsables del AEM Lleida decidieron encarar. “En lugar de que las niñas se perdiesen entre equipos autonómicos o el abandono, las unimos a todas en un equipo y las inscribimos en el campeonato local. Cuando tomamos aquella decisión los padres de las niñas nos preguntaron que si estábamos locos. Un equipo de niñas compitiendo contra niños. Y mira tú, no estábamos locos”. Sergio sonríe.

Las guerreras del AEM, contra pronóstico, acaban de ganar la liga que no les correspondía. Y el revuelo está siendo estupendo. En una cafetería de barrio, a las afueras de Lleida, Sergio revisa el móvil y enumera: “Desde que el sábado nos proclamamos campeones, nos han llamado de televisiones, radios, periódicos… De Colombia, Argentina, México… La próxima semana viene el New York Times a hacernos un reportaje”, dice asombrado. “Nos felicitan jugadores profesionales a través de las redes sociales y el Barça nos ha pedido los datos para enviarnos un regalo. Es una locura”.

El equipo disfruta en el epicentro de una tormenta tan inesperada como grata. Dice Andrea Gómez, la capitana del equipo, que “hoy en el cole nos han hecho la ola. Y los profes nos felicitan. También por la calle. Es como ser famosa”. El equipo ha visitado el Ayuntamiento y la Diputación. Y entre acto y acto, revisan portadas y telediarios donde se reparten entrevistas y declaraciones. El AEM es una fiesta.

Parte del equipo de la AEM Lleida, con Sergio González, el presidente y Dani Rodrigo, entrenador.
Parte del equipo de la AEM Lleida, con Sergio González, el presidente y Dani Rodrigo, entrenador.

“La ola bajará. Esto es importante tenerlo en cuenta”, dice Sergio, el presi. Tiene claro que esta burbuja de felicidad cuenta con fecha para explotar. “Es un sueño bonito y me alegro de que las niñas lo estén disfrutando. Pero como sueño, va a terminar”. Sabe de lo que habla Sergio, un hombre que, desde hace años, apuesta por el fútbol femenino. Y apostar por el fútbol femenino en España es como tirar el dinero por la ventana.

“La realidad es que aquí nadie cree en el fútbol femenino. Nadie pone un duro. Sobre todo si hablamos de categorías inferiores”. Lo explica Sergio de pie en la pequeña oficina que el club tiene en sus instalaciones. Tras él hay un panel en el que figuran los cuatro patrocinadores del AEM Lleida. Sergio señala: “Este se fue a pique, este hace dos años que no pone dinero, este nos da chándales para los entrenadores, pero no equipaciones para las jugadoras y este soy yo, es mi propia empresa”.

“Aquí en Lleida hay empresas grandes que podrían poner 10.000 o 20.000 euros en fútbol femenino, para que las niñas puedas jugar y para ellos no supondría nada. Pero no quieren. Ni te puedes imaginar a la cantidad de puertas que he llamado yo, pero cuando les explico que es un equipo femenino, ni un duro”.

El equipo que acaba de lograr el campeonato fue avalado para su inscripción por Sergio. También el césped artificial sobre el que juegan proviene de un préstamo que él firmó personalmente. “Aquí sale algo mal y a ver cómo pago yo todo esto. Acabo en la cárcel”, dice riendo.

“Yo pensaba que este revuelo despertaría el interés de algún patrocinador o alguna marca, pero nada. Cuando les explico que es un equipo femenino, ni un duro".

Lo cuenta todo en las instalaciones del club, a las afueras de Lleida. Dos campos de hierba artificial, una mínima grada, vestuarios y una oficina. Hay hasta un pequeño palco con butacas recuperadas de un cine y un equipo de sonido para la megafonía. Antes de los partidos, suena el himno del AEM. Todo levantado con el bolsillo y el empeño de Sergio. “Yo pensaba que este revuelo despertaría el interés de algún patrocinador o alguna marca”. “¿Y nada?”. “Nada”.

La cabeza de Sergio gira estos días alrededor de cómo sacar partido a la repentina visibilidad. Y nadie responde a sus reclamos. “¿De verdad a ninguna marca le atrae la historia de un equipo de niñas que le gana a todos los equipos de niños?”, se pregunta mirando al campo vacío. El sol empieza a bajar y los primeros gritos y risas de niños llegan a las instalaciones para entrenar.

El techo por ser mujer

El fútbol femenino pelea desde hace años por mejorar su situación. Hace meses, el recién creado Comité de Fútbol Femenino de la AFE, logró que todas las jugadoras de Primera División tuvieran contrato. Esto no significa que puedan vivir del fútbol. Apenas un puñado de ellas tiene un salario que le permita decir que el fútbol es su profesión.

Fe Robles es la presidenta del Comité. Explica que están trabajando en un convenio colectivo y un salario mínimo para las jugadoras. Unas mínimas garantías para que las niñas vean un futuro, una salida, y no solo un techo contra el que inevitablemente se dirigen.

“Las cosas han mejorado, pero queda muchísimo. La inversión por sí misma no es suficiente. Tiene que repercutir en las condiciones de trabajo de las jugadoras”, explica Fe.

Instalaciones de la AEM Lleida, con niños y niñas de categoría infantil entrenando.
Instalaciones de la AEM Lleida, con niños y niñas de categoría infantil entrenando.

En la actualidad, y según datos de la Real Federación Española de Fútbol (RFEF), existen unas 11.000 licencias federativas de mujeres. Pero sólo un porcentaje mínimo son profesionales. Y, de ellas, un puñado pueden vivir del fútbol.

Por eso, Andrea Gómez, la capitana y máxima goleadora del AEM, sueña ya, con 13 años, con irse a Estados Unidos, el paraíso del fútbol femenino. “Quiero una beca e irme allí a estudiar, para poder ser profesional”, dice. Y su mejor amiga, Sofía Milla, que juega de central, lo repite: “mi sueño es irme a Estados Unidos, con Andrea. Es que aquí es imposible…”.

Andrea, Sofía y las demás niñas ganaron la liga de calle. Solo perdieron un partido y empataron otro. El resto, victorias. Alguna aplastante, como un 8-0. A falta de cuatro jornadas para el final del campeonato, le sacan 16 puntos al segundo. “A los niños les da mucha rabia que les ganemos. Muchos acabaron llorando. Porque se creen que esto es solo para ellos”, dice Andrea. Sofía coincide. “Cuando llegamos a un campo y ven que somos niñas, se creen que lo tienen ganado. Después, cuando ven que no tocan la pelota, pues ya cambia”. Sofía ríe. Con 13 años mide más 1,70. Lo mismo que Andrea. Son altas, rápidas, pero, sobre todo, muy técnicas y disciplinadas.

"Las niñas no son conscientes de lo que han conseguido. Han roto barreras, tabúes. Han derribado un tópico. Y, sobre todo, se han demostrado a ellas mismas que, si pelean, consiguen las cosas".

Dani Rodrigo es su entrenador. Sentado en el banquillo donde ha disfrutado de muchas victorias este año, explica que “las niñas, a esta edad, ya tienen menos fuerza que los niños, así que decidimos que nuestro camino tenía que ser la técnica y la táctica. Son muy disciplinadas y tienen mucha calidad. Mucha más que la mayoría de niños de la competición”.

En algún partido, las campeonas del AEM recibieron insultos. Andrea recuerda que, en un encuentro que iban empatando, un niño -de 13 años- les dijo que se fueran a casa a fregar. “Fue justo antes de que yo tirara una falta. Su madre, desde la grada, nos gritó guarras. Pero nosotras no decimos nada, no entra por un oído y nos sale por otro. Así que tiré, marqué gol y ganamos. Así les respondemos nosotras”. Y Andrea vuelve a reír, burlona.

“Cuando llevábamos seis o siete partidos -explica Dani, el entrenador- nos dimos cuenta de que teníamos opciones de ganar la liga. Ellas se los creyeron, hicieron piña y no encontraron rival”. Y toca Dani una de las claves de esta historia. “Para ellas, que el equipo sea solo de niñas, es un plus. Se sienten más cómodas, pueden hablar libremente en el vestuario, no tienen que esperar solas para ducharse las últimas…”.

Las campeonas se conjuraron y barrieron a todos sus rivales hasta la victoria definitiva. Fue la semana pasada. A falta de pocos minutos iban empatando y Alba Caño, la mediocentro, tiró una falta que coló en forma de liga. “Es una de las mayores satisfacciones que he tenido como presidente de este club”, dice Sergio rememorando el partido. “Se lo merecen. Tienen que disfrutarlo ahora”.

Su victoria trasciende lo deportivo. Es un grito desde el fútbol para la sociedad. Una reclamación basada en un éxito sin dobleces. “Cuando acabó el partido en el que ganamos la liga, les dije que todavía no eran conscientes de lo que habían conseguido. Han roto barreras, tabúes. Han derribado un tópico. Y, sobre todo, se han demostrado a ellas mismas que, si pelean, consiguen las cosas”. De fondo, mientras Dani concluye la conversación, Andrea, Sofía y las demás niñas comienzan el entrenamiento. Se han acercado periodistas a verlas. A ver a las campeonas.

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