DAMAS Y CABELEIRAS
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Despedidas

Imagino que no soy el único que se ha dado cuenta de lo mucho que quería a Luis Enrique justo en el instante en que dijo que se marchaba

Luis Enrique, en el banquillo, ante el Sporting.
Luis Enrique, en el banquillo, ante el Sporting.M. Fernandez (AP)

Supongo que nos habrá sucedido lo mismo a muchos de nosotros. Imagino que no soy el único que se ha dado cuenta de lo mucho que quería a Luis Enrique justo en el instante en que dijo que se marchaba, que nos dejaba. Tres años inolvidables, como él mismo reconoció en su despedida, que con el paso del tiempo se convertirán en un recuerdo perfecto e imborrable pues la memoria y el corazón suelen combinarse con el calendario para sepultar los roces y conservar los buenos momentos, lo mismo con aquella primera novia de instituto que nos abandonó por un surfero francés que con el último entrenador de tu equipo de fútbol favorito.

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Para todos los que nos reconocemos como viudas del cruyffismo, para quienes sentimos en los huesos cómo el mundo se detenía el mismo día en que Pep Guardiola anunciaba su marcha del club y nos dejaba huérfanos de liderazgo, la llegada del asturiano se convirtió en una amenaza difícil de soportar, en un recordatorio molesto de lo que estaba por venir. Desde el primer momento, por mucho que nos empeñásemos en mirar hacia otro lado, su presencia se confirmó como un halo de esperanza que no habíamos pedido, una ilusión que nos recorría el cuerpo a traición y se enfrentaba a nuestros motivos, la tan temida certeza de que tarde o temprano nos veríamos obligados a aliviar el luto autoimpuesto y salir a celebrar, otra vez, la dicha de sentirse culé, de ser barcelonista.

Nunca se lo pusimos fácil a Luis Enrique, es justo reconocerlo aunque sea al final del camino. Primero le exigimos la luna y cuando apareció con ella en la puerta de casa, apenas nueve meses después de hacerse cargo de un equipo roto y deprimido, alegamos con mucho remilgo que aquella no era la que nosotros habíamos pedido, que la suya era una luna abollada por el ajetreo del contraataque y sudorosa de tanto correr, una luna indigna para los amantes más orgullosos y recatados del fútbol control. Ahora que su partida es inevitable, no somos pocos los que nos hacemos cruces pensando en todas esas noches en que nos propuso irnos a la cama y nosotros contestamos que no, que su pasión desbordada no conjugaba bien con nuestra ética del paso a paso.

Hace un año, más o menos por estas mismas fechas, me pasé una tarde entera tratando de convencer a un amigo de cuánto se había equivocado con Luis Enrique a pesar de mis constantes advertencias. Ocurrió en la habitación de un hospital donde el coma le había borrado su habitual sonrisa y yo aprovechaba la última derrota frente al Real Madrid para llenarme de razón con un monólogo que terminó demostrándose equivocado pues aquella Liga, como todas las disputadas a las órdenes del asturiano, terminó cayendo de nuestro lado. “Lucho es lo mejor que le ha pasado al Barça desde que un médico argentino le dijo a los padres de Messi que el niño no crecía”, me sermoneaba Pablo en uno de esos mensajes de WhatsApp que conservo como oro en paño desde que decidió dejarme plantado e irse sin avisar. Aquel día comprendí que las cosas que no se dicen suelen ser las únicas importantes. Por eso, a Luis Enrique, prefiero despedirlo como se merece, en silencio.

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