Brasil abraza al Chapecoense

Tras solo tres años en la élite del fútbol brasileño está considerado un club de gestión modélica resaltada por sus éxitos deportivos

Los jugadores de Chapecoense, en una foto de archivo del 23 de noviembre antes del partido de San Lorenzo.
Los jugadores de Chapecoense, en una foto de archivo del 23 de noviembre antes del partido de San Lorenzo.FERNANDO REMOR (EFE)

El pasado domingo las gradas del flamante estadio Allianz Arena de Sao Paulo se teñían de color verde y emociones desbordadas: El Palmeiras se proclamaba matemáticamente campeón brasileño. Un club cuya historia centenaria han escrito colosales leyendas del fútbol brasileño y que sigue fabricando grandes promesas: Sobre el césped derramaba lágrimas de alegría el delantero Gabriel Jesús, que a sus 19 años se despedía del club con la medalla de campeón al cuello y un contrato con el Manchester City bajo el brazo.

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Entre el delirio de la torcida, que llevaba 22 años sin celebrar el título nacional, nadie reparaba en el convidado de piedra. Los jugadores del Chapecoense, que acababan de caer derrotados por uno a cero, abandonaban la fiesta de los anfitriones con la mente enfocada en un escenario de gloria distinto y propio. Las palabras de su entrenador, Caio Junior, en las horas previas al partido, así lo manifestaban: “Tal vez Dios nos ha colocado hoy aquí para sentir ese sabor y valorizar más lo que significa un título”. El Chapecoense, noveno clasificado, ya tenía la salvación asegurada y esperaba con impaciencia el partido más importante de su corta historia: el duelo de ida por la final de la Copa Sudamericana que iba a disputar el miercoles en Medellín ante el Atlético Nacional. Fundado en 1973 en la ciudad de Chapecó, al oeste del sureño estado de Santa Catarina, el club alcanzó relevancia en los últimos años protagonizando una meteórica ascensión. En 2009 estaba en la cuarta categoría del fútbol nacional. Ahora lleva tres años instalado en primera y despertando simpatías en Brasil por la modestia de su proyecto y su carácter competitivo que también ha exhibido en el ámbito continental.

El presidente del club Sandro Pallaoro, que falleció en el accidente aéreo en Colombia junto al grueso de la expedición brasileña, era un reconocido empresario en Santa Catarina que dirigía una empresa de distribución de frutas y desde 2010 el Chapecoense, un ejemplo de gestión en tiempos complejos para el fútbol local. Y estaba orgulloso de ello: “El mundo del fútbol es más corrupto que la política brasileña. Pero en el club hemos conseguido unir a gente de diferentes clases sociales, ideologías y religiones con una profunda reestructuración. Fortalecimos la marca, invertimos en infraestructuras y categorías de base. Tomamos iniciativas para que la región creyera en el club. Mostramos un modelo diferente, sin salarios astronómicos y pagando siempre al día. El éxito del club se resume en cuatro palabras: Planificación, compromiso, responsabilidad y transparencia. Despertamos simpatías, y así Brasil abrazo al club”.

Alexsandro de Souza “Alex”, aquel magnífico zurdo que exhibió su clase en la selección nacional, en el Palmeiras y en otros clubes brasileños y europeos, es hoy un reputado comentarista en televisión, y reconoce los grandes méritos de un club capaz de crecer tanto: “La ciudad y la región acogieron con firmeza la idea de tener un club fuerte. Se construyó un estadio de 18.000 localidades que proporciona un clima amistoso a la afición adversaria. Y se contrataron jugadores que salieron de otros clubes muy cuestionados y encontraron un ambiente saludable para hacer una temporada espectacular”. El técnico Caio Junior dirigía al Chapecoense desde el mes de junio. Dirigió a muchos equipos importantes en Brasil sin éxitos relevantes. También trabajó en el fútbol árabe y mostraba mucho interés en el aprendizaje continuo. Admiraba a Guardiola, y hace dos años pasó una semana en la Ciudad Deportiva de Valdebebas estudiando la metodología de Ancelotti en el Real Madrid. Siempre hablaba del “Chape” como un ejemplo para el fútbol brasileño: un grupo de jugadores fantástico, muy aplicado tácticamente y que sabe lo que hacer en el campo.

Más allá del veterano capitán Cleber Santana, junto al entrenador fallecieron en el accidente aéreo futbolistas de distinto perfil y alejados de la popularidad y el prestigio mediático. Algunos eran jóvenes con proyección. Otros parecían haber encontrado en Chapecó, una ciudad de 200.000 habitantes, su lugar en el mundo tras largas y sinuosas carreras. Viajaban a Colombia con el anhelo de vivir su exclusivo momento de gloria en una final. En un escarpado valle del Cerro Gordo, junto a Medellín, se apagaron para siempre las ilusiones de jugadores como Willian Thiego, central de 30 años que jugó en el Gremio pero también en Japón y en Azerbayán. Su buena temporada había despertado el interés del Santos. O Bruno Rangel, máximo artillero de la historia de un club con el que había marcado 77 goles en dos años. O el habilidoso Lucas Gomes. También murió Anderson Paixao, preparador físico que aprendió la profesión de su padre Paulo, integrante del cuerpo técnico de la selección brasileña con Scolari, Dunga y Tite. Y el guardameta Danilo Padilha, héroe del Chapecoense en la Copa Sudamericana: en octavos de final detuvo cuatro penaltis en la tanda decisiva que ganó el equipo brasileño ante el Independiente argentino. En la vuelta de semifinales, ante San Lorenzo, salvó con el pie un remate del delantero Blandi en el último suspiro del partido para ratificar el pase a la final. No pudo celebrar otro milagro: Tras ser rescatado con gravísimas heridas del lugar de la catástrofe falleció unas horas después en el hospital. Hace unos meses había rechazado una oferta del Corinthians para ser suplente. Prefirió intentar hacer historia con un modesto club cuya desgracia tiñe ahora de luto a todo Brasil.

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