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Blancos

Cristiano Ronaldo, ante el Sporting.
Cristiano Ronaldo, ante el Sporting. AP

Cuando el fútbol llegó a España, y podían leerse crónicas tan bonitas como esta de El Imparcial (“jugaron muy bien los madrileños, pero con la desventaja de ser casi todos gente nueva en este vigoroso sport”), el Madrid, como club decano de la ciudad, impuso jugar de blanco porque era el color de la ropa interior con la que todos jugaban entonces; los jugadores se quitaban la ropa de calle y usaban el calzón y la camiseta como uniforme. Como los equipos se distinguían por una banda cruzada tipo Miss que terminaba cayendo, el Madrid dijo que como decano él siempre de blanco: que los otros se hiciesen calzones de colores. Con ese primer gesto totalitario el Madrid no sólo aseguraba el negocio de Adidas medio siglo antes, sino que fundaba algo tan importante como el madridismo: el antimadridismo.

El sábado, en atención a una campaña en favor de los océanos, las estrellas jugaron con camisetas hechas cada una con 28 botellas de plástico lanzadas al mar. Una camiseta reciclada, una prenda casi de coleccionista a la que le ocurrió lo mismo que la pistola hecha con jabón de Woody Allen en Toma el dinero y corre. Dos planes perfectos, la camiseta y el arma, arruinados por la lluvia. En el caso de Allen, para que vuelvan a ganar los bancos. En el caso del Madrid la tormenta sirvió para despojar a la camiseta del patrocinador y del escudo. El resultado fue una camiseta blanquísima que se pegaba a los músculos y dejaba una imagen antigua y formidable. Era un equipo intimista despojado de épocas, como un huevo abriéndose por primera vez. Por unos minutos el Madrid fue el Madrid Foot-Club de 1902, con tanta fidelidad que hubo jugadores que parecían gente nueva en este vigoroso sport.

La última gran camiseta blanca inmaculada y sin publicidad le dejó al Madrid una Champions en Glasgow y un centenariazo en el Bernabéu. De la morada que se ha recuperado este año sólo se echa de menos el Zanussi, la nieve y a Hugo con musleras jugando en Moscú un partido a las seis de la tarde. Como la belleza en el fútbol va reñida con el negocio, y sin negocio no hay supervivencia, el Madrid acudirá a Barcelona el sábado con su camiseta habitual en lugar de una camiseta hecha con 28 botellas de champán Armand de Brignac para suplir la baja de Bale: en ciertos lugares hay que presentarse siempre con lujo. Y los lujos que se da el Madrid, arriesgados como pocos, son llenarse de bajas antes de irse a Barcelona para viajar blancos como corderos.

 

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