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Djokovic-Wawrinka: virtuosismo contra el caudillo

El suizo, ganador de sus 10 últimas finales, reta a Nole por el trono de Nueva York. El serbio, tocado de una muñeca, llega al pulso definitivo tras invertir 8h 58m en el trazado previo; el de Lausana, 17h 54m

Wawrinka celebra su triunfo contra Nishikori en las semifinales.
Wawrinka celebra su triunfo contra Nishikori en las semifinales. AFP

Entre ese elenco de tenistas que juegan a destellos, aquellos que desconciertan porque dependen de la motivación que les suscite el presente más inmediato, Stan Wawrinka es tal vez el más imprevisible. El suizo, citado de noche (22.00, Eurosport) en la final del US Open con Novak Djokovic, es un virtuoso de la raqueta: posee el revés más mortífero del circuito, juega con inteligencia y si está inspirado es prácticamente imposible frenarle. Ocurre, sin embargo, que al de Lausana las musas solo le visitan a ratos, a días o en pequeñas proporciones de tiempo. Y él, jugador con tendencia a la pereza, a la dispersión, tampoco insiste demasiado en la llamada.

Sin embargo, cuando las reclama le hacen caso y su raqueta se transforma en una brocha, como estos días en Nueva York. “Creo que todos sabemos que tengo muchos altibajos y a veces tengo que luchar contra mí mismo”, reconoció después de tumbar a Kei Nishikori (4-6, 7-5, 6-4 y 6-2) y lograr el pase a la gran final, su primera en la Gran Manzana, la tercera de un gran torneo para él. Triunfó en Australia (2014) y París (2015) y ahora tiene ante sí el reto de volver a derribar al caudillo serbio (6-3, 6-2, 3-6 y 6-2 a Gael Monfils), al que ya noqueó la temporada pasada en Roland Garros (aunque 4-19 en el particular).

Pero, ¿cómo? La receta sale directamente de su boca. “El secreto es simple: tengo que jugar mi mejor tenis, mi mejor juego. Él es el número uno, un luchador increíble, pero confío en mí mismo. Si juego a mi mejor nivel puedo ganarle”, avisa Stan, 31 años, jugador al que le van los grandes escenarios, la ascensión de Himalayas: cuanto más difícil es el reto, mejor responde. De hecho, ha vencido las 10 últimas finales que ha disputado, y en Nueva York, para desembarcar en el careo con Djokovic, se ha deshecho nada más y nada menos que de Juan Martín del Potro y Nishikori, plata y bronce en los Juegos de Río, verdugo el japonés de Andy Murray.

Ahora bien, el helvético afronta la final después de haber invertido 17h 54m en el trazado previo; Nole, mientras, llega en calesa, con tan solo 8h 58m. “No estoy jugando mi mejor tenis en todos los torneos, pero estoy tratando duro para poder hacerlo cada vez que entro en una pista. En los Grand Slams es donde quiero jugar mi mejor tenis, donde quiero ser el mejor. Si estoy feliz, estoy preparado, y ahora lo estoy”, subraya el número tres del ranking, cuya carrera se traduce en una ciclotímica gráfica, plagada de subidas y bajadas. Todo depende, ya se sabe, de sus citas con las musas.

El dibujo de Djokovic, por el contrario, ofrece desde hace años una curva ascendente. Defiende el trono neoyorquino en su séptima final en Flushing Meadows —solo Ivan Lend y Pete Sampras (ambos ocho) le superan— y apunta al que sería su 13º major, su tercer grande esta campaña tras engarzar los trofeos de Melbourne y Roland Garros. Si vence, se quedaría a solo un Grand Slam de la cifra lograda por Rafael Nadal. “Era escéptico por mi estado físico [tiene la muñeca izquierda tocada], pero estoy donde quería estar”, dijo el de Belgrado.

Y ante él, feliz, un virtuoso indescifrable. La enigmática propuesta de Stanimal.

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