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Lydia Valentín se lleva la medalla de bronce en halterofilia

La haltera leonesa suma el cuarto metal para la delegación española

Decía Lydia Valentín el día que llegó a la Villa Olímpica que esperaba que le enviasen pronto la medalla de Londres porque le pertenecía. En Londres fue cuarta, pero las tres halteras que subieron al podio han sido sancionadas por dopaje. Cuatro años después, la española de 31 años, ya tiene su medalla. La que no pudo colgarse en su día, la que no pudo celebrar, la que le otorgaron –que no entregaron- cuatro años después. Sí la celebró en Río, un bronce, con su coleta rubia, sus gestos coquetos a la grada y los labios pintados de rosa-fucsia. Fue un grito de liberación el suyo después del último levantamiento. Y sonrió contenta antes de recibir el abrazo de su técnico.

Halterofilia Halterofilia
· 75 kg Femenino
Oro Jong Sim Rim (PRK) 274
Plata Darya Naumava (BLR) 258
Bronce Lidia Valentín Pérez (ESP) 257

“Estoy feliz. Mientras recibía la medalla en el podio pensaba en lo que me ha costado llegar hasta aquí, los plazos de recuperación de la lesión [de espalda] que he tenido que adelantar. He pensado también que se ha hecho justicia y que el trabajo tiene su recompensa, que si luchas consigues lo que quieres”, comentó Valentín que consiguió la primera medalla olímpica para la halterofilia española. "He hecho historia", decía. Tenía ganas de ir a enseñarle ese bronce a sus padres. “Pobres, me han dicho que estaban muy nerviosos y que ni han podido mirar”, contaba.

Maestra, así la definió Emilio Lozano, el presidente de la Federación. “Había que coger medalla, si arriesgaba podíamos quedarnos sin el bronce. Por eso hemos asegurado levantando 141 kilos. Igual intentas levantar más y te quedas sin medalla. Habéis visto la frescura y la tranquilidad con la que ha levantado el peso Lydia, lo ha hecho como la maestra que es”, decía Lozano.

En halterofilia hay dos modalidades para levantar la pesa: arrancada y dos tiempos. Después de la arrancada Valentín era segunda. Bajó una plaza en la de dos tiempos. Levantó 257 kilos en total (116 + 141) por los 258 de la ucraniana Naumava y los 274 la de la inalcanzable coreana Rim que ganó el oro. El día de Valentín empezó pronto por la mañana. Estaba citada a las 13.30 en el Pabellón Río 2: las halteras tienen que presentarse dos horas antes del comienzo de la competición para el pesaje (-75 es su categoría).

Después de pasar por la báscula, la española suele comer arroz y pollo y ponerse los cascos con música rap. Es la que la relaja y la ayuda a visualizar la competición. Dicen que es importante no activarse antes de tiempo. Por eso, hasta que el entrenador no le da el OK no entra a la sala para comenzar con los vendajes y los estiramientos. Es lo que hizo también ayer mientras un grupo de bailarines brasileños amenizaba la espera del público con un pequeño espectáculo de música y danza.

Cada haltera tiene un minuto de tiempo para levantar el peso. Y cada haltera tiene su ritual de preparación. El de Valentín fue largo, parecía apurar mucho. Pisaba la tarima (un cuadrado de parqué), estiraba los brazos hacia arriba, lanzaba un grito ininteligible, cogía la barra y tras juguetear con el piercing en la lengua, se ponía de cuclillas, concentrada al máximo, para levantar la pesa. Nunca dio la sensación de que le estuviese costando hacerlo. Celebraba sus movimientos -así los llama- dibujando corazones con los dedos. A veces también apretando los puños y sonriendo feliz. Con los ojos pintados de negro. “Yo no sé ni lo que hago en ese ritual… sólo intento concentrarme y cuando veo los vídeos digo: ¡ostras, en serio he estado haciendo eso!”, bromeaba después de bajar del podio con todo el maquillaje en su sitio.

Lydia Valentín durante la final de halterofilia. ampliar foto
Lydia Valentín durante la final de halterofilia. REUTERS

Dice que su bronce sabe a oro porque hace diez meses se lesionó la espalda y hasta hace dos no sabía siquiera si podía competir en Río. Sí lo consiguió. Tuvo recompensa Valentín al sacrificio y al trabajo diario, ese que reivindicó el día que llegó a Río en sus duras declaraciones contra los tramposos en el deporte, entre ellos la kazaja Svetlana Podobedova, la rusa Natalia Zabolotnaya y la bielorrusa Iryna Kulesha, que subieron al podio en Londres. Unos re-análisis certificaron que lo habían hecho dopándose. “Yo valoro el deporte olímpico como horas de dedicación, sin trampas. Es muy feo lo que ha sucedido. Un deporte en el que todo el mundo sospecha de todo el mundo es triste. Se fomenta la falsedad, hay mucho tramposo. Da rabia tener que enfrentarte a deportistas con antecedentes de positivos. Sabes que hay gente que te está ganando haciendo trampa”, se desahogó. Acordándose, quizás, de lo mucho que le costó llegar a la elite y de lo mucho, también, que le costó adaptarse a los ritmos de trabajo del CAR cuando entró en el año 2000. Nada que ver con los entrenamientos que hacía en Camponaraya, su pueblo. “Fue difícil cuando llegué al CAR, me quedaba dormida por las esquinas”, contaba en el libro “A por más” de la Agencia EFE.

En la puerta de la sala de halterofilia del Centro de Alto Rendimiento de Madrid era imposible quedarse dormido. Cada día se lo recordaba un cartel colgado en la entrada: “Le llaman suerte, pero es constancia; le llaman casualidad, pero es disciplina; le llaman genética, pero es sacrificio. Ellos hablan, tú entrena”. Entrenó mucho. Hasta conseguir su recompensa con cuatro años de retraso. En su pueblo, Camponaraya, montaron unas pantallas gigantes para no perdérselo.

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