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La gran mentira

El pacto de conformidad alcanzado por el Barcelona, la Fiscalía y la Abogacía del Estado admite múltiples interpretaciones y una conclusión: el único condenado es el Barça

Bartomeu, este viernes en las oficnas del Barcelona.
Bartomeu, este viernes en las oficnas del Barcelona. EFE

El pacto de conformidad alcanzado por el Barcelona, la Fiscalía y la Abogacía del Estado admite múltiples interpretaciones y una conclusión: el único condenado es el Barça. Argumentar que el club corría el riesgo de una sanción mayor, evitar el depósito de un aval millonario en un momento de penuria y rebajar el desgaste institucional, no mitigan la pena con la que carga el club, y menos después que Bartomeu anunciara que el caso Neymar acabaría “en nada”, un chiste como el que contó Rosell cuando anunció que el fichaje del brasileño costó 57,1 millones.

La mentira que han contado y la solución encontrada les desacredita como fiscales y les sitúa como acusados

No hay mal menor que valga después que la directiva escribiera un cuento a partir de un contrato chapuza y emprendiera una acción de responsabilidad por mala gestión contra Laporta. Bartomeu y Rosell convirtieron su mandato en un ejercicio económico impecable, una lección de cómo sanear un club en quiebra, hasta el punto de modificar los estatutos, crear un código ético y dignificar el Senat del Barça. Nadie podía dudar de su palabra y, por tanto, si alguien cuestionaba su obra era por revanchismo o por una rivalidad expresada en una mano negra o, si se quiere, en los poderes fácticos de Madrid.

La junta no se ha dado nunca por vencida cuando ha mediado una sentencia contraria a sus intereses, incluso cuando la otra parte afectaba a personas vinculadas al Barça. No ha sido el caso en el asunto Neymar: se carga el muerto al club mientras salen de rositas Bartomeu y Rosell. No hacía falta montar ningún ideario, presumir de moral ni manchar mandato alguno, para defender su mérito de ganar por la mano al Madrid en el fichaje de Neymar. La mentira que han contado y la solución encontrada les desacredita como fiscales y les sitúa como acusados. Es el efecto boomerang.

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