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España y el riesgo del desafecto

La estrella requiere un do de pecho, el apetito voraz de los que llegan y la defensa a ultranza de los que ya se matricularon

España durante el minuto de silencio por Cruyff ante Rumania.
España durante el minuto de silencio por Cruyff ante Rumania. EFE

No aprende España, que corre más riesgos de los que supone. La Roja ha vuelto a decepcionar con dos amistosos de aliño ulceroso y esta vez no como resaca de un éxito, lo que sería un eximente, sino como una deriva más de unos tiempos borrosos. No se trata solo de los resultados, de dos malos días en la oficina. Está en juego mucho más. Es inevitable que, tras el espanto de Brasil, la gente vea lejanas las cumbres de 2008, 2010 y 2012 y esta España sin chicha, sin gancho, afronta un peligro inminente: el desafecto general, el regreso a un pasado tan cercano como oscuro. No parece que los jugadores, la inmensa mayoría acunados en los tiempos de bienaventuranzas, hayan percibido el trance. Sabio y reflexivo como es, seguramente lo barrunta el seleccionador, Vicente del Bosque, cuyas malas caras ante Italia y Rumania evidenciaron un disgusto que no merece.

Cabe aceptar que a los futbolistas les suponga un cierto engorro pasar la Semana Santa por Údine y Cluj, pero llegado el caso la profesionalidad les debería hacer recapacitar sobre la importancia de la selección, cuyo rescate popular de las tinieblas llevó décadas y décadas. Desde una memorable noche en Viena, España por fin se convirtió en un club con el apego incondicional de la afición, sin guerras federales, filias, fobias y otras zarandajas. Más allá de los títulos, ese era su gran legado, su ruptura con la España más casposa, la perdedora infinita en las citas principales, la que de tanta furia acababa por enfurecer al personal. Por Viena, Johanesburgo y Kiev se llegó a la España del afecto. Hoy, un tesoro en peligro.

En el fútbol, el mañana es el ayer y lo mismo que se pierde un partido en un parpadeo se puede desvanecer la estima en un suspiro. La grandeza de la etiquetada como Roja pasaba por tener el mismo grado de exigencia que Madrid o Barça, a los que no se tolera ir de “mirandas” bajo ninguna circunstancia. Es lo que infunden muchas camisetas, las que tienen tonelaje. Se puede jugar mejor o peor, pero no basta con la foto gremial durante el himno. La estrella requiere un do de pecho, el apetito voraz de los que llegan y la defensa a ultranza de los que ya se matricularon. Alistarse con esta selección no puede ser un día cualquiera, un simple trámite.

No es que el equipo haya transmitido desgana, pero sí escasa pujanza, con muchos, la mayoría, de puntillas, sin que casi nadie se rebelara. Lo mismo da que fueran amistosos, jugar con España debería interiorizarse como una oposición al alcance de muy pocos. Se trata de un equipo campeón, con un plantel cualificado y un seleccionador idóneo, flexible, dialogante. Un técnico que es escudo de todos en las malas y da un paso lateral en las buenas, aunque en la caseta se disparan los egómetros. Un ecosistema ideal en una selección estilosa, que divertía y se divertía, que despertaba admiración entre sus competidores más hidalgos. Aunque en algunas ocasiones pecara de retórica, España presumía con la pelota, su hilo conductor.

En Italia y Rumanía, ni eso, tan pobre ha sido el rendimiento que hasta el balón salió malparado, ni el mimo a la pelota vale esta vez de tapadera. Esta Roja desteñida fue la nada, una pérdida de tiempo a poco más de dos meses para defender el trono europeo. Nadie tiene la pócima para ganar siempre, pero lo mínimo es mostrarse de cuerpo entero, con las señas de identidad propias, con el empeño por salvaguardar una camiseta que tantas veces se arrastró por el lodo. En caso contrario, como en este apesadumbrado cartel de Semana Santa, el equipo está de nuevo ante el abismo, pasar de ser un conjunto para el gozo a convertirse en una diana cainita. De la España Fútbol Club al incordio de una selección a la que ya no se le miden sus pases y sus posesiones, sino cuántos blancos y azulgrana se alinean antes del clásico. Una selección a la que no se festeja, sino se juzga por el Periscope de tal y cual. Una selección que ya no se mira como un nexo, sino que encona a los batallones de De Gea y de Iker Casillas. Con el desapego se reproducen los pirómanos. Esta es la gran derrota a la que se enfrenta España. Por suerte o por desgracia, la Eurocopa está a un paso. Pero ocurra lo que ocurra en Francia nadie debería volver a descamisarse. España no es un apeadero, exige lo mejor de los mejores. De lo contrario, estos futbolistas que se vieron en la cima padecerán muy pronto lo que resulta ser un fastidio y no interesar a nadie cuando vistan de rojo. Que pregunten a tantos antepasados por lo que era un calvario, un auténtico marrón.

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