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Sin Blatter no es suficiente

Dimite Joseph Blatter
El sillón vacío de Blatter en la sede de la FIFA ap

Por fin, el fútbol ya está en deuda eterna con Estados Unidos. Si prospera en la dirección adecuada, el golpe a la FIFA será recordado como su mayor contribución a un deporte que no ha anidado del todo en su territorio. Estados Unidos jamás se implicó tanto en el fútbol, quizá porque ese aire feudal de la plutocracia de la FIFA le ahuyentaba. Ahora, con la entrada en escena del FBI, Washington se apunta un golazo para la historia. Blatter y su nomenclatura se veían a salvo incluso de los tentáculos estadounidenses. Los fifos se amparaban en una organización tan mastodóntica que presumían de tener más afiliados que la ONU. No les faltaba razón. Pocas organizaciones mundiales han acumulado tanto poder a costa del gancho mundial del balón. Se acabó, tampoco el fútbol de la calle, metáfora de la vida, está dispuesto a soportar más corruptelas, más cloacas.

A la luz de los investigadores de Estados Unidos, tal y como se sospechaba, el gigantismo no era una señal democrática, un síntoma del pluralismo de un deporte con semillero en todos los rincones del planeta. La sobredimensión permitía el refugio palaciego de una especie de politburó en el que con el fútbol por bandera se ensuciaban y lavaban los platos en familia. La familia del fútbol, decían sin pudor. En el patio particular el alcanfor ya huele a podrido.

Pero el intervencionismo estadounidense no tendrá los frutos debidos si tras la salida de Blatter no se produce una catarsis. Lo corrosivo es el sistema implantado por el dirigente suizo y muchos de sus gregarios. Entre todos han exprimido a gusto la veta mercantil del gran espectáculo universal. Blatter se sintió tan inmortal como su maestro Havelange, o como sus inquilinos Grondona y compañía. Llegó el maná y la FIFA se quedó más a oscuras que nunca. Sin velas siquiera, eran sus propios mandamases los que recaudaban, barajaban votos por aquí y por allá, siempre a espaldas de la clientela. Los poderosos no dan explicaciones. Tolerancia interna sí, transparencia cero. Ni siquiera repararon en Salt Lake City, el escándalo que dejó a la intemperie al COI. Lo mismo les da vender votos a Sudáfrica que el compadreo con Qatar o la compinche Rusia de Putin y Gazprom.

Para que el despeje de Blatter sea efectivo es imprescindible que cambie el modelo. No hay que olvidar que 133 delegados le dieron su voto el pasado viernes. Una palmada a Blatter y su rancho. Es ahí donde está el nudo. Ha llegado la hora de que la FIFA se ventile, se convierta en una organización luminosa, diáfana, dirigida por ejecutivos profesionales. La dimensión extraordinaria del fútbol obliga a que tenga una cierta autonomía de gestión para no interferir a menudo en la sociedad civil. Pero ello no puede ser la excusa para plantar un corralito y regatear la ley. La gente, esas hinchadas millonarias a las que ignoran, ya no tragan con la indecencia, ni en nombre de la política, el dinero o el mismísimo fútbol. Es el fin del establishment. Lo sabe, o hace saber que lo sabe, Michel Platini, probable sucesor de Blatter.

Por casa, nadie sabe qué sabe o no sabe, dice o no dice Villar. Para él también ha llegado el día de cavilar. Está ante el adiós del antiguo régimen. Le guste o no, ya no puede enroscarse en su personaje.

 

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