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Estulticia, fraude y mediocridad

la vinculación de la política con el deporte es evidente. La del cine y la literatura, también: James Bond, Shakespeare, Dickens y Mary Poppins se dan cita en un Londres de fantasía

Rafa Nadal, en su derrota en Wimbledon ante Rosol. Ampliar foto
Rafa Nadal, en su derrota en Wimbledon ante Rosol. REUTERS

“Tras dos semanas de vacaciones, el país sigue, más o menos, como lo dejé o casi peor”, constata un pequeño o mediano ciudadano, leyendo un periódico en el chiringuito de la playa. “Pese a lo cual, yo me encuentro mejor”, admite para sus adentros, y mira a uno y otro lado, abochornado, por si alguien descubre sus secretos pensamientos.

No es el único pequeño o mediano ciudadano que se avergüenza de lo mismo este verano: ¿cómo puede irnos medianamente bien, o moderadamente mal, mientras a otros les va tan desastrosamente fatal? ¿Acaso no parecen felices esas gentes que juegan a las palas antes de darse el chapuzón o esos que charlan y ríen en los merenderos o pasean plácidamente con sus hijos como si nada zozobrara a su alrededor? Al menos, ellos no son de los que piensan y dicen lo de “¡que se jodan!”, ni de los que aplauden el coraje de un líder que solo hace lo que le mandan hacer y, para colmo, lo hace lo peor posible para los más desamparados, incluidos aquellos que están por nacer.

“¡Es la derecha, imbécil!”, proclama una voz interior. Y otra voz replica: “No, no es la derecha, sino una parte de un partido de una derecha pertinazmente nuestra donde perduran especímenes que celebran la amnistía al fraude fiscal, el retorno del ladrillo a nuestras costas, los recortes a la dependencia o a la educación de la que carecen, con similar entusiasmo al que dispensaron, en su día, a la guerra de Irak. A esos, por sus cuentas corrientes los conoceréis, aunque lo que nunca conoceréis son sus cuentas corrientes”.

Nuestros parados tendrán el triste privilegio de compartir su paro con el de Nadal. Uno originado por la raqueta. El otro, causado por la rapiña ajena 

Llegados a este punto, una voz severa, proveniente de la zona del horizonte más azul, me recuerda que esta es una página dedicada al deporte y, si bien la cultura ya es deporte menor, la política todavía no es natación, aunque estemos con el agua al cuello y un tal Draghi nos haya echado el penúltimo flotador. Atendiéndome al aviso, recapacito y caigo en la cuenta de que, para alivio de nuestras pequeñas y medianas conciencias, ya vuelve el fútbol a nuestros bares y a nuestras casas. Digo el fútbol y no los Juegos Olímpicos, donde nuestros parados tendrán el triste privilegio de compartir su paro con el de Nadal. Paros diferentes, por supuesto. Tendinitis de muy distinto diagnóstico. Una, pasajera, originada por la raqueta que ha dado a nuestro mejor tenista merecida gloria y fortuna. La otra, causada por la rapiña ajena que ha creado permanente desesperanza y miseria.

No obstante, seamos ecuánimes: a falta de fórmula para que nuestros mineros provean a nuestros reyes del carbón que su Urdangarin requiere estas navidades, siempre nos quedará la Fórmula 1 en la que Fernando Alonso demuestra cómo un español, con coche italiano diseñado por un griego, gana en Alemania. Todo un simbiótico símbolo europeo. En contrapartida, el periódico del ciudadano pequeño o mediano de la playa, informa de otro tipo de hazaña deportiva que suscita, mal que me pese, reminiscencias de esa España de antaño que algunos añoran: en el río Narcea han pescado un salmón. De 5,200 kilos, para mayor precisión. La noticia no viene acompañada de la correspondiente foto. Bajo el influjo del pasado, no alcanzo a imaginar ningún salmón que, apenas pescado, no sea fotografiado junto a un hombrecillo de caña en ristre y sombrero tirolés.

La memoria tiene estas inoportunas asociaciones y el acontecer propone extrañas relaciones entre hechos dispares. Por ejemplo, el apoyo del BCE, que relaja los mercados y baja la prima, ha tenido el colateral resultado de relajar también a nuestra selección olímpica que, en aparente solidaridad con los parados, pierde sus partidos y queda, a la primera, humillantemente eliminada.

A falta de fórmula para que nuestros mineros provean a nuestros reyes del carbón que su Urdangarin requiere estas navidades, siempre nos quedará la Fórmula 1

Como se puede comprobar, la vinculación de la política con el deporte es evidente. La del cine y la literatura, también: James Bond, Shakespeare, Dickens y Mary Poppins se dan cita en un Londres de fantasía, mientras en la cancha del Rucker Park del Harlem de New York, el base de los Golden State Warriors, Nate Robinson, sale ileso de un cinematográfico tiroteo con balas de verdad. Claro que, para saber por dónde van los fuegos fatuos en nuestro país, conviene no tomarse a la ligera las muy olímpicas prescripciones de la condesa Gunilla von Bismark, entrevistada por Nieves Herrero en el Magazine de El Mundo: “Los españoles tienen que gastar menos, no hacer tantas fiestas y trabajar más”, afirma la susodicha con tanta impudicia como impunidad, y concluye nostálgica que, con esta crisis, no se puede ser feliz ni en Marbella.

He aquí un deportivo consejo de nuestra muy ahorrativa, poco dada a festejos y ejemplarmente trabajadora, aristocracia local. Ante tanta estulticia, fraude y mediocridad, algún que otro pequeño y mediano ciudadano experimenta un creciente hastío o una profunda repugnancia y no es extraño que se avergüence de encontrarse bien en tan mustio entorno.

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