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La galerna del Telón de Acero

Oleg Blokhin, brillante extremo izquierdo y hoy seleccionador, fue el sueño imposible de Bernabéu para reemplazar a Gento en el Madrid

Blokhin gesticula en un entrenamiento. Ampliar foto
Blokhin gesticula en un entrenamiento. AFP

"Los nombres no juegan al fútbol. Si fuera así, yo seguiría haciéndolo”, dice con cierta flema Oleg Blokhin (Kiev, 1952), el que fuera sueño imposible del Real Madrid en la década de los setenta. Retirado Gento en 1971, Santiago Bernabéu llevaba tiempo buscando un extremo izquierdo que reemplazara el vacío dejado por el cántabro. El 7 de marzo de 1973 creyó encontrarlo en el actual seleccionador de Ucrania. Ese día el Madrid jugó en Odessa ante el Dinamo de Kiev el partido de ida de los cuartos de final de la Copa de Europa (0-0). Mariano García Remón, que salió de la cita con el sobrenombre de El Gato de Odessa por sus prodigiosas paradas, aún recuerda el impacto que le causó aquel habilidoso y veloz extremo. “Nos hizo muchísimo daño. Por entonces no había las posibilidades que existen ahora para conocer a los rivales. Cuando fuimos a jugar allí se hablaba de él, pero no le habíamos visto. Era muy profundo y desequilibrante. Aquel partido fue el de su explosión internacional porque el gran y único escaparate era la Copa de Europa”.

Después de aquella cita el Madrid puso toda su maquinaria en marcha para intentar que los dirigentes de la Unión Soviética aceptaran una excepción en su norma de no dejar traspasar el Telón de Acero a deportistas menores de 29 años. “El club se interesó mucho por su fichaje, estaba entre los mejores jugadores de Europa sin ninguna duda”, rememora García Remón. “Ofrecieron nueve millones de dólares, una locura, pero nunca pensé que podría salir de la Unión Soviética, sabía la represión a la que podían ser sometidos mis padres”, confesó recientemente Blokhin. Tenía por entonces 21 años e iniciaba una carrera que bien pudo haber enfocado hacia el atletismo. Su madre, Ekhaterina Adamenko, fue campeona de Rusia en 80 metros vallas y a él se le cronometraron 10,8 segundos en los 100 metros. Su infancia está repleta de imágenes entrenándose junto a su madre y su amigo el velocista Valeri Borzov, oro olímpico en 100 y 200 metros en Múnich 72.

En 1975, tras conquistar la Recopa ante el Ferencvaros y dejar boquiabierto al estadio Olímpico de Múnich con un eslalon prodigioso que terminó en gol en la ida de la final de la Supercopa de Europa ante el Bayern, Blokhin se convirtió en el segundo jugador soviético en ganar el Balón de Oro tras el legendario guardameta Lev Yashin. Aquel revolucionario Dinamo de Kiev dirigido por Lobanovsky se convirtió en un emblema propagandísitico de la extinta Unión Soviética, lo que complicó aún más su salida pese a la persistencia de Bernabéu. Las autoridades soviéticas premiaron a los jugadores con un Volga matriculado especialmente para ellos y el de Blokhin era el 000-1. Por entonces, en una entrevista concedida a El Mundo Deportivo, desvelaba un secreto que aún hoy lleva a confusión: “No soy zurdo, aprendí a manejar la pierna izquierda en los partidos de la calle. Se puede decir que manejo las dos piernas por igual”.

El Madrid nunca le perdió la pista e hizo dos últimas intentonas. En 1977, Santiago Bernabéu ofreció a Ramón Mendoza un cargo en su junta directiva. Mendoza, conocido como el hombre de Moscú porque mantenía negocios con los soviéticos en plena dictadura franquista, fracasó en este intento y en otro posterior en 1981 con Luis De Carlos en la presidencia. Con la edad ya cumplida para poder traspasar el Telón de Acero, las autoridades soviéticas exigían que sus deportistas en el exilio tuvieran que desempeñar labores de entrenador. El Madrid pensó en traer a Blokhin como jugador-entrenador, dándole la responsabilidad de dirigir a uno de sus equipos infantiles. Mendoza volvió de nuevo con el no de la URSS.

Un accidente de tráfico y una lesión de rodilla marcaron la última etapa de Blokhin, que dio sus últimos grandes coletazos como futbolista como líder de una nueva generación del Dinamo de Kiev engendrada por Lobanovsky, la de los Belanov, Zavarov, Demianenko, Kutnesov y Baltacha. Ese equipo pasó por encima del Atlético en la final de la Recopa en 1986. “Blokhin ya no era el mismo, tenía 33 años y había perdido la velocidad, pero era el líder de un equipo que era una máquina, y aún conservaba la clase. Tanto imponía aquel equipo que Luis Aragonés se negó a ponernos vídeos de ellos antes de la final para no rebajarnos la moral”, recuerda Miguel Ángel Ruiz. En aquel partido Blokhin hizo el segundo gol en una jugada que rememoró al gol de Carlos Alberto a Italia en la final del Mundial del 70. “Fue un contragolpe en el que llevaron la pelota de un lado a otro a gran velocidad y Blokhin lo culminó con una vaselina por encima de Fillol”.

En 1988, Blokhin por fin pudo salir al extranjero para jugar en Austria y en Chipre. Como entrenador se estableció en Grecia durante 13 años hasta que en 2003 fue reclutado como seleccionador de Ucrania. Nunca ocultó sus sentimientos nacionalistas cuando su país formaba parte de la Unión Soviética. En pleno apogeo de su carrera no dudó en fotografiarse junto al monumento levantado en Kiev en honor a los futbolistas ucranios del Start que murieron torturados y fusilados en campos de concentración tras negarse a perder ante un combinado de la Luftwaffe alemana en 1942.

Como seleccionador, Blokhin llevó a Ucrania a los cuartos de final del Mundial de 2006. Allí, harto de que le compararan con Lobanovsky, se reveló contra la prensa y en cierto modo renegó de él: “No soy como Lobanovsky. ¿Pero qué entienden ustedes por estilo soviético?”. Su primera etapa como seleccionador finalizó en 2008. En 2011 regresó para intentar que Ucrania haga un papel digno en la Eurocopa que organiza su país. Recientemente renovado hasta 2014, sus mensajes hablan de un carácter hosco —“nunca está feliz”, dicen en la Federación— e intimidatorio. “Aquí no juega nadie por sus ojos bonitos”, dijo en alusión a Shevchenko y a los jóvenes Milevski y Voronin cuando creyó necesario dar un toque de atención a sus estrellas.