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El último pase de Xavi

El medio lidera el equipo y es elegido el mejor jugador del partido

El fútbol da para mucho; sobre todo, los días de partido. Todo el mundo habla, todo el mundo opina y, como dice Vicente del Bosque, todos llevan su parte de razón. Puestos a darle vueltas a por qué España no estaba jugando bien, el debate empezó después de perder contra Suiza señalando a Busquets, convencidos de que no podía jugar con Xabi Alonso, como si no lo hubiera hecho antes de llegar a la cita sudafricana sin que nadie se hubiese quejado.

Le refrendó su confianza de tal manera el entrenador de obra -manteniéndole en la titularidad- y de palabra -"si volviera a ser futbolista, me gustaría ser como él"-. Así que, zanjado ese tema, la crítica miró a Xavi. "Juega fuera de posición", dijeron unos; "está fuera de forma", cuestionaron otros, apuntando a la carga de partidos acumulada por el barcelonista durante la temporada: 48 entre la Liga, la Champions y la Copa.

"Es una rémora", escribió el más osado. De hecho, a Xavi, coronado el mejor jugador de Europa hace dos años, tercer jugador del mundo según la FIFA el pasado, no le cogió por sorpresa. Otra vez, como ha hecho toda su vida, respondió a las dudas con un pase. Tan fácil como eso. Lleva 273 desde que comenzó el Mundial y el 80% bien dados. Gracias a uno de ellos precisamente, Villa se quedó solo y metió a España en los cuartos de final.

Hace 11 años, Xavi ya ganó un Mundial en África. Pase a pase, llevó a aquel equipo, en el que también jugaban Casillas y Marchena -los tres coincidieron al final sobre el campo, anoche, en Ciudad del Cabo- a ganar el sub 20 que la FIFA organizó en Nigeria en 1999. También gracias a que Xavi la tocó en Austria, La Roja de Luis Aragonés se llevó la Eurocopa de 2008 al son del tiqui-taca del volante.

Lideró el equipo a base de encontrar socios porque no puede jugar solo. "Sin el compañero que se ofrece al pase, no soy nada", insiste. Ayer lo volvió a encontrar. Buscó a Torres y no atinó a activarlo, pero, tan pronto apareció Llorente y se iluminó el panorama, Xavi demostró que ni es una rémora ni está fuera de forma. No hay uno como él y, desgraciadamente, no lo habrá nunca.

Tan pronto España encadenó tres pases seguidos, Xavi marcó las diferencias: Iniesta se la dio a Llorente, que, pivotando, se la devolvió a Iniesta. Xavi, de espaldas a la portería y dentro del área, hizo una de las suyas y se sacó de su chistera de mago la penúltima genialidad, un taconazo para Villa. Cómo le dio el pase quedó claro. Xavi debería explicar cómo vio al Guaje porque una cosa es que insista en que en la cantera azulgrana le educaron con ejercicios para tener una visión periférica del juego y otra, distinta, que lleve una parabólica entre ceja y ceja.

Luego, todo fue más fácil. Xavi tocó y tocó, guardó y llenó el juego; eso que Emili Rocart, fisioterapeuta del Barça, bautizó como la pelopina, esa extraña suerte que le sirve para controlar y girarse al mismo tiempo para descubrir una línea de apoyo que no había visto nadie, salvo él, lógicamente. Después, con el encuentro acabado, Xavi prefirió hablar del partidazo de Busquets, de lo mucho que trabajaron Iniesta y Xabi Alonso, de lo grande que es el Guaje y del espectacular estado de forma de Piqué y Puyol. Todo, antes de reconocer que, otra vez, España le debe otro pase. Por supuesto, fue elegido el mejor jugador.

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