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Campeón con oficio

El Valencia recurre a su mayor experiencia para ganar a costa de un cándido Getafe su séptima Copa

El orgullo de un puñado de jugadores con oficio conquistó la séptima Copa del Rey para el Valencia. La experiencia en estas citas, en las que pesa más el control de los tiempos que el momento de forma, dio al equipo de Koeman el éxito en su temporada más esquizofrénica. Liderado por un Baraja superior, el Valencia aprovechó el principio y el final del duelo para marcar las diferencias. Entre medias, se dejó llevar por un vaivén que no supo aprovechar la candidez del Getafe. El cuadro de Laudrup empezó tiritando, reaccionó al filo del descanso y, cuando el rival estaba contra las cuerdas, no supo buscarle la yugular. Salvo Granero, en el Getafe se arrugaron todos. En el Valencia, a Baraja le acompañaron Silva, Villa y Hildebrand, decisivo en todo el torneo. Además de Morientes, que surgió en el último tramo para cabecear en plancha un tirazo de Baraja desde lejos. Sorprendentemente, la hinchada valencianista entonó su famoso "¡Koeman, vete ya!" a pesar de la victoria.

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Encogido al principio el Getafe tanto en la grada como en el césped, el Valencia entró a porta gallola . Quería ganar y de qué manera. Así lo expuso Baraja, que movió el compás hacia el ángulo que le marcaba Villa. Éste vio que penetraba por el pasillo Silva y el centro del grancanario lo cabeceó Mata, su cuarto tanto en la Copa, favorecido esta vez por el rebote de un defensa. Un ataque de manual que dejó tocado al grupo de Laudrup, que recibió un nuevo golpe antes de reponerse. Alexis marcó el típico gol del central que arrasa con todo para cabecear el centro enroscado de córner de Silva. Dos pases de gol de Silva y de nuevo el triángulo mágico de Silva, Villa y Mata a pleno funcionamiento. Curiosa la historia de Alexis, fuera a última hora por decisión de Schuster de la final de la pasada edición, cuando pertenecía al Valencia, y dentro ayer tras una carambola de lesiones y más de seis meses para superar la rotura de ligamentos de la rodilla.

El Getafe comenzó a carburar a la media hora. Empezaron a encajar los automatismos de su ataque. Más que nada, por el espíritu indomable de Granero, en una pugna apasionante con Miguel. Había algo en el espíritu del barbudo centrocampista que invitaba a pensar que la final no estaba resuelta. Cada vez más metido en su área el Valencia, cada vez sufriendo más para salir de ella, Contra aprovechó que le cayó la pelota dentro del cajón para agradecer el tren de mercancías que le salía al paso. Le arrolló Moretti y, a pesar de que el árbitro ordenó seguir el juego, las protestas de los jugadores azules, que se negaban a sacar de banda, surtieron efecto. La consulta con el juez de línea convirtió la acción en un penalti que, al límite del descanso, se intuía decisivo. Lo transformó Granero a media altura, enroscado y pegado al poste.

El Valencia volvió a su idea primigenia tras el descanso, la de llevar la iniciativa y jugar en campo contrario. Le duró diez minutos. En los que Villa acaparó todo el protagonismo posible. Hasta en tres ocasiones consecutivas ganó la espalda a Tena. En dos de ellas, el número 7 tuvo en el punto de mira desajustado. En la de en medio fue cazado por Tena sin que el árbitro lo interpretara como penalti. La lesión de Albiol aumentó los problemas defensivos del Valencia, que hubo de jugar casi toda la segunda parte con una pareja inédita de centrales: Alexis y Caneira. A eso se unió la posterior lesión de Moretti, que complicó aún más el puzzle defensivo de Koeman.

El Getafe vio la sangre y aceleró. Sobre todo, Granero, que continuó varias cabezas por encima del resto. El disparo que escondió hasta el final entre una nube de defensores fue repelido por el larguero sin que Hildebrand advirtiera siquiera cómo había llegado ese bombardeo. Tan apurado se vio el Valencia que Baraja ya estaba perdiendo tiempo a falta de 22 minutos. No terminó ahí el cúmulo de lesiones valencianistas: Villa, lastimado, se enfadó con Koeman por retrasar en demasía sustitución. Entró Morientes y se desplegó la zancada de avestruz de Arizmendi, el mejor recurso en caso de escasez física.

Laudrup veía que se le escapaba la final y recurrió a la bala que tan buen resultado le dio ante el Bayern: Braulio. Y a fe que tuvo el empate a tiro. Su cabezazo picado junto al palo izquierdo lo paró Hildebrand en una estirada de gato. Menos resolutivo resultó Ustari en la otra portería. Y lo aprovechó Morientes para reivindicar el orgullo de los viejos rockeros. El espíritu de un club histórico que,pese a las apariencias, nunca está muerto.

El cara a cara de Laudrup y Koeman en lalistaWIP

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