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Del tirador a la ciudad
Coordinado por Anatxu Zabalbeascoa

Nuevo urbanismo cívico y digital

El mundo actual, informático y analógico, redefine los elementos arquitectónicos

Proyecto Cubo Gym, en Madrid.
Proyecto Cubo Gym, en Madrid.Miguel Berrocal

El vocabulario arquitectónico se está quedando obsoleto. O por lo menos confuso. Desde hace unos años comparte uso con elementos, con frecuencia intangibles y, aparentemente ajenos a la arquitectura. Son muchas las palabras que ya no refieren únicamente a la construcción. ¿Qué mundo dibujan muros intangibles y granjas digitales?

En nuestra familia, es difícil que nuestra hermana mayor nos sorprenda. De ella no esperamos nada —incluido nada malo, que no es poca cosa— y a la vez lo esperamos todo: cualquier tipo de ilusión, fantasía o excentricidad. Eso sí, sabemos que sabiamente prefiere el descanso al esfuerzo, la tranquilidad a la incertidumbre y la creatividad a cualquier otra cosa. Por eso hace unos años nos sorprendió diciéndonos que se iba. Tenía que regar la granja. Supimos que llevaba dos días sin hacerlo porque nos lo contó apresurada, mientras se levantaba de la mesa. Y, entonces sí, se nos pasó por la imaginación, que había sentado la cabeza poniéndola en una cosecha de tomates, judías verdes y pimientos con olor y sabor. Cuando le preguntamos qué cultivaba nos espetó: un poco de todo, pero últimamente he empezado a plantar soja. Se había convertido en una granjera a gran escala.

—¿Pero tú puedes hacer eso? ¿No te cansas? –quiso saber mi madre.

—Solo tengo que estar atenta. Lo único que hago es apretar botones para el riego. Está todo informatizado.

La gran escala de sus cultivos tenía, por fin averiguamos, truco. Cabía en la pantalla de un ordenador. Nuestra hermana cuidaba campos virtuales. No había dejado de ser ella.

Hace poco, intentando reinventarse de nuevo tras tener que cerrar su negocio durante la pandemia, dijo otra vez que tenía que irse “a hacer farming”. No mencionó la granja esta vez, lo dijo en inglés: hacer farming. Y se calzó para salir a caminar. Había encontrado trabajo en una agencia inmobiliaria donde, para poder vender casas y pisos, tenían que cultivar el terreno consiguiendo la exclusividad de los pisos y casas en venta. Eso era la nueva granja de nuestra hermana, una granja de pisos que se sembraba con buzoneos.

El mundo digital parece dispuesto a redefinir muchos de los términos paisajísticos y arquitectónicos. Lo más básico: el muro no se puede ya ni derribar ni calcular. El muro de hoy delimita la intimidad, sí, pero se construye más con deseos que con realidades. Está formado por imágenes. Remite más a las vivencias que los jóvenes comparten en Facebook que a cualquier plano vertical construido con piedra, ladrillos u hormigón. Es, exactamente, lo contrario a un muro. Eso sí, puede tener el impacto de un muro de carga.

Sin necesidad de cruzar al lado virtual del espejo, los parques se reinventan continuamente. De cotos de caza real pasaron a ser espacios para el ocio, y la tranquilidad que evita revoluciones, ciudadana. El pasado otoño, el Ayuntamiento de Madrid tuvo una idea: instalaron contenedores que eran gimnasios portátiles. Querían llevar el deporte al parque. La iniciativa era buena. Pero llegaba tarde. ¿Por qué? Hacía ya mucho tiempo que la ciudadanía había convertido El Retiro en un gimnasio temporal. Uno que se despliega a unas horas del día y es capaz de dejar hueco para el paseo dominical, los juegos de los niños o la feria del libro. Hoy muchos jardines se han convertido en gimnasios, sin necesidad de anunciarlo, y antes fueron escenarios de fiestas infantiles, de cortejos y de encuentros sexuales.

El Retiro madrileño convertido en gimnasio.
El Retiro madrileño convertido en gimnasio.Santi Burgos/ El Pís

Como los parques, el mobiliario urbano también vive tuneado. No trata de demostrar ninguna creatividad, aunque la tenga. No intenta singularizar lo producido en serie. Se esfuerza por convertir bancos en camas de cartón para gente sin hogar. En esa línea de piezas únicas, son muchos los portales, y los cajeros cubiertos que doblan su uso como dormitorios cuando llega la noche. Ese doble uso rebela el estado de nuestra sociedad. La parte buena está en quien no evita que eso suceda sembrando alféizares de pinchos para que nadie pueda sentarse o sustituyendo bancos por butacas para que al que no tiene un techo bajo el que dormir no se le ocurra estirarse e incomodarnos con su presencia recordándonos que el mundo es un lugar difícil. La parte mala también está en todo lo que no evita que eso llegue a pasar, claro.

Cualquier tuneado del espacio público, analógico o digital, es una protesta. Y, a la vez, un signo de libertad, un anuncio de las carencias de una ciudad implantado con audacia en el espacio público.

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